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Eugenio by Barbero Militar


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En junio de 1981 acabé mis estudios en el colegio de los hermanos salesianos. Tuve que tomar una decisión sobre mi futuro. Decidí cursar la licenciatura de derecho y opté por la Universidad de Navarra, vinculada al Opus Dei. Tan importante era para mí acertar con la facultad como con el lugar en el que me iba alojar. Me informé bien sobre cuales eran los más renombrados colegios mayores de la ciudad. En la mayoría de éstos las crueles novatadas estaban a la orden del día; los veteranos torturaban a los nuevos alumnos a placer, basándose en una tradición ancestral.

Los únicos centros en los que no ocurrían este tipo de cosas eran los colegios mayores del Opus Dei. En ellos existía el ambiente de recogimiento necesario que facilitaba a los jóvenes centrarse en el estudio. Para los miembros de la Obra el estudio es una manera de santificarse; el trabajo es un instrumento para acercarse a Dios. Realicé una entrevista personal en la que me informaron sobre las normas que regían en el Colegio Mayor Los Arcos. El joven caballero que me atendió me comentó entre otras cosas que allí se rezaba a diario el rosario. Desconocía que la oferta de plazas era insuficiente para satisfacer la gran demanda existente. Me llevé un gran disgusto al recibir un mes más tarde una carta en la que se me comunicaba que mi solicitud había sido rechazada. Dios aprieta pero no ahoga y al final busqué una solución ideal al problema de mi alojamiento. En el mundo del Opus, como en casi todos los lugares, las recomendaciones funcionan. Un tío mío tenía un amigo de la Obra que intervino en mi favor. Acto seguido mis padres y yo fuimos convocados de nuevo al colegio mayor.

Nos recibió personalmente el director del centro, Joaquín Soldevilla, quien nos comunicó que no podía ofertarme la plaza; sencillamente no quedaban habitaciones disponibles. Sin embargo tenía una propuesta que hacernos. El colegio disponía de algunos pequeños apartamentos, cercanos a la Universidad, en los que se alojaban temporalmente miembros de la Obra o familiares de personas hospitalizadas. Mis padres le pidieron al director que en cuanto quedase alguna plaza disponible pudiese entrar en el colegio mayor como miembro de pleno derecho, con habitación propia. También mostraron su interés por conocer el apartamento en el que se iba a alojar su hijo, pero Joaquín les dio evasivas.

Lo que no podíamos adivinar, ni mis padres ni yo, era que existía una norma no escrita por la cual las mujeres debían de abstenerse de entrar en lugares destinados exclusivamente para los varones. Tan sólo la conocida como “administración” podía acceder a estos inmuebles para llevar a cabo las tareas de limpieza; se trataba de chicas jóvenes, numerarias de la Obra, que se santificaban sirviendo en las labores domésticas. Requisito indispensable para que entrasen en los pisos era que los inquilinos varones los abandonásemos previamente. Por lo tanto existía un estricto horario para evitar a toda costa encuentros fortuitos con los chicos del colegio. Bajo ninguna circunstancia, desde las nueve de la mañana hasta las trece horas, se podía subir al piso, por muy importante que fuera el motivo.

Y llegó el día de mi incorporación al colegio mayor Los Arcos. Aunque tenía mis temores, por la dureza de los estudios, también iba cargado de ilusión; con diecinueve años se piensa que el futuro te pertenece. Durante los primeros días estuve solo en el piso. El portero de la finca, hombre de confianza de Los Arcos llamado Santos, me abría la puerta para que entrara. Ocupé la habitación que estaba disponible, ya que la otra permanecía cerrada mientras la adecentaban los pintores. A Santos le correspondía coordinar los horarios, evitando que la administración coincidiese con los pintores. Por mi parte yo hacía la vida en el colegio: desayunaba, comía, cenaba y estudiaba en la sala de estudio del mismo.

No habría pasado una semana cuando apareció mi compañero de habitación. Procedía de la provincia de Alicante y no sé por qué motivo tardó más que nadie en llegar. Una noche, después de cenar, Joaquín se acercó a la mesa y me comunicó la llegada de Eugenio. Salimos al zaguán de entrada y allí permanecía sentado. Le obsequié con la mejor de mis sonrisas, intentando establecer una buena relación desde el principio. Deseaba tenerlo como amigo, ya que incluso tendría que dormir con él hasta que acabaran las obras de acondicionamiento de la otra habitación. Pero Eugenio se limitó a extenderme la mano, con frialdad, marcando las distancias. Joaquín me dejó las cosas claras:

-Eugenio, que está en segundo de medicina, es el encargado de que todo funcione en el piso. Él me informará sobre tu comportamiento. Ya sabes que están prohibidas las visitas y sobre todo las femeninas. Hasta ahora te has movido a tus anchas en el apartamento, pero Eugenio sabrá ayudarte a poner orden en tu vida, a que le des un sentido cristiano…

Mi nuevo compañero de piso era un joven de complexión fuerte, con el pelo ondulado y castaño; su rostro hierático, raramente esbozaba una sonrisa. Recuerdo que subimos una cuesta sin asfaltar hasta llegar al edificio de apartamentos. Ninguno de los dos abrimos la boca. Yo opté por la prudencia y decidí que fuera el estudiante de medicina quien tomara la iniciativa; pero durante el corto viaje reinó el silencio más absoluto.

Una vez en la habitación, que compartimos todavía por un par de semanas, me leyó la cartilla, dejando las cosas muy claras. Eugenio no malgastaba palabras, sólo decía lo imprescindible y desde el primer momento supo mostrarse como mi superior:

- Tengo que decirte unas cuantas cosas; es muy importante que me escuches con atención. Lo primero de todo, como vamos a estar juntos por un tiempo, te exijo orden, mucho orden; no me gusta ver ropas tiradas por la habitación, libros en el suelo etc. Ya has oído a Joaquín, nada de visitas. Si por una causa justificada alguien tuviera que subir al piso deberás comunicármelo previamente y yo decidiré lo que sea más conveniente. Quiero que se te meta una cosa en la cabeza: yo soy el responsable de que esto funcione, es decir que no somos colegas ni cosa por el estilo. Todas las semanas tendré una charla con Joaquín para informarle de cómo marcha el tema. También me ha pedido la dirección de Los Arcos que te evangelice, que intervenga en tu vida espiritual. Te pondré en contacto con alguno de los sacerdotes del colegio para que te confieses cada semana.

Eugenio decidió deshacer el equipaje con rapidez. Yo me ofrecí a ayudarle. Inicialmente rechazó mi ofrecimiento pero al final acabé echándole una mano; me pedía que le acercara las camisas, o que cogiera los calcetines del fondo de la maleta…

Mi nuevo compañero de habitación empezó a demostrar su autoridad sobre mí. Me exigió que le hiciera un buen sitio en el armario; el espacio destinado a mis ropas se redujo a menos de la mitad. Y como quien no quiere la cosa empezamos a observarnos el uno al otro. Eugenio era extremadamente cuidadoso a la hora de organizar sus pertenencias. Los pantalones perfectamente colgados, para que la raya no se deshiciera; las camisas bien estiradas, sin arrugas…. Y sentí gran curiosidad al observar su ropa interior. Como era un chico tirando a obeso sus calzoncillos eran de una talla mucho mayor que la mía. La mayoría eran los tradicionales braslip de algodón, con camiseta de tirantes a juego. Y de entre todas sus mudas me llamó la atención un juego de punto calado de una marca desconocida para mí. Al contemplar aquellas prendas recordé mi infancia en que las usaba a diario.

Eugenio, mientras organizaba sus pertenencias, aprovechó para aleccionarme sobre como debía vestir para encajar en el ambiente de Los Arcos:

-Tendrás que hacerte con un traje oscuro; es imprescindible para acudir a las fiestas del colegio, como la de Navidad. Si tienes algún vaquero desgastado no te lo pongas aquí, da mala imagen. La ropa interior la debes echar a lavar todos los días y cámbiate de camisa como mínimo cuatro veces por semana. En el cuarto de baño, debajo del lavabo, encontrarás dos cubos, uno metálico y el otro negro. En el primero depositas la ropa blanca (calzoncillos y camisetas), en el oscuro la ropa de color. La administración quiere la ropa clasificada para que el lavado sea más rápido; no pueden perder el tiempo separando la blanca de la de color. Dúchate todos los días, sin excepción. Hazlo deprisa porque el tiempo es oro y hay que saber aprovecharlo…

Después de darme estas instrucciones Eugenio decidió que era ya hora de acostarse. Sin mediar palabra se quedó en paños menores. Usaba camiseta y braslip clásicos y calcetines altos de hilo de Escocia y canalé en color gris oscuro. Yo hice lo propio y por unos instantes estuvimos los dos en ropa interior, frente a frente. Pero con la velocidad del rayo, Eugenio cogió un pijama de rayas marrones y se vistió. Yo fingí buscar mi pijama, para así permanecer un poco más de tiempo en calzoncillos delante de él, simbolizando así que me encontraba sometido a mi nuevo compañero de cuarto. Pero Eugenio, un puritano poco amigo de este tipo de exhibiciones, me recriminó por ello:

-Si tuvieras las cosas más ordenadas ya tendrías puesto el pijama. Vas a pillarte un resfriado…

Una vez estuve vestido con el pijama, Eugenio apagó la luz de la mesilla y nos dormimos. Le oía respirar con fuerza y moverse inquieto de un lado para otro. A media noche me levanté al cuarto de baño, con gran sigilo, para no molestarle.

A las 7 de la mañana sonó el despertador. Observé como mi compañero de habitación dormía plácidamente. Me levanté y dirigí al cuarto de baño. Quería ser el primero en ducharme. Debía darme prisa para no ser acusado de acaparar el baño. Sabía que Eugenio no era precisamente un compañero complaciente; era yo quien debía intentar contentarlo, evitar cualquier tipo de roce. Me lo había dejado bien claro, él no se andaba con paños calientes; tenía la sartén por el mango. Pronto comprobé que los comentarios que hizo sobre él Joseba, un chico de Los Arcos estudiante de medicina, eran ciertos. Pensé que me estaba vacilando, que exageraba:

-Deberás armarte de paciencia con Eugenio. Es muy inteligente y estudioso pero tiene la leche en bolas; a veces parece que desayuna vinagre. Como es tan perfecto a los demás no les pasa una. Y así tuvo lo que tuvo con el director anterior. Bueno, ya te enterarás…

Como Joseba me decía estas cosas con una sonrisa en la boca no tomé demasiado en serio sus palabras. En los días posteriores pude constatar que el alicantino no era precisamente una malva. Los dirigentes del Opus Dei sabían que era alguien muy valioso desde el punto de vista académico pero quisieron darle un buen escarmiento, someterlo a una cura de humildad desterrándolo a un piso. Se atrevió a enmendar la plana al anterior director de Los Arcos. Le acusó de falta de celo en el cumplimiento de sus obligaciones y de aprovecharse del cargo para recibir prebendas económicas. Llevó sus denuncias hasta las más altas instancias y no tuvo pelos en la lengua a la hora de criticar al director y a quines le apoyaban. Y ante la evidencia de la falta no tuvieron más remedio que defenestrar al acusado y enviarlo a la provincia de Pontevedra; éste era un joven con muchas aldabas. Pero Eugenio fue castigado “por no seguir los cauces adecuados” y se quedó sin cama en Los Arcos. Tuvo que pagar un precio demasiado alto por su victoria. Además tenía taxativamente prohibido hablar de este tema con nadie. Se corrió un tupido velo sobre el asunto.

El agua templada caía sobre mi cuerpo desnudo, acariciándolo. Me apliqué una buena cantidad de gel Agua Brava. Quería que penetrase aquel aroma amaderado en cada poro de mi piel. Me restregué con energía, como si quisiera borrar las huellas del pasado y empezar simbólicamente un nuevo tiempo. Había adquirido todos los productos de la línea Agua Brava. Utilicé el desodorante y la colonia. Me enjaboné la cara con jabón de afeitar Agua Brava y después del rasurado me apliqué el bálsamo cremoso de esta marca.

Estaba vestido sólo con la bata de poliéster azul marino. Mi camisa, ropa interior y calcetines del día anterior los deposité en los cubos, tal y como me habían ordenado. Abandoné en cuarto de baño y entré de nuevo en la habitación. Eugenio estaba de pie, con cara de sueño. Le di los buenos días y él me contestó con desgana. Encima del pijama llevaba una bata marrón. Se metió en el cuarto de baño. Yo pensé que le agradaría el aroma a Agua Brava que había quedado esparcido por la estancia. Cogí una muda limpia y me la puse, también los calcetines altos grises de Ejecutivo. Aquella mañana había una misa para conmemorar el inicio del curso en la capilla de la universidad y por supuesto no iba a dejar de asistir. Así que decidí ponerme mi jersey gris de pico, con los pantalones de vestir del mismo color y una corbata de fondo gris con rayas estrechas blancas. Me encontraba en paños menores cuando se abrió de nuevo la puerta. Pensé que Eugenio se habría olvidado alguno de los útiles de aseo, pero estaba equivocado:

-Ponte la bata encima y ven al baño de inmediato.

Obedecí sin rechistar, un tanto intrigado por aquellas prisas. Una vez dentro la cara de Eugenio se agrió aún más de lo habitual. Me señaló con el dedo la bañera y me recriminó con severidad:

-Macho, has dejado toda la bañera llena de pelillos. Da asco meterse así. Haz el favor de quitarlos, pero que ya mismo…

Abrí el grifo y con la mano fui quitando los restos de vello. Me sentía muy mal conmigo mismo. Por querer correr no dejé el cuarto de baño presentable. Pensé hacerlo después de afeitarme pero se me olvidó. Tenía ya la primera falta. Le pedí perdón a Eugenio y éste se mostró frío y distante. Pero no acababan allí sus reproches:

-Te has levantado por la noche y me has despertado al abrir la puerta del baño. Te voy a enseñar cómo se abren las manillas para no molestar a los demás.

Eugenio me dio una lección magistral sobre como se debía manejar la puerta sin meter ruido. Y yo tuve que seguir la senda marcada por él; era algo obligatorio.

Pasaron los días y una mañana de sábado ocurrió algo que me llamó poderosamente la atención. Me encontraba en la sala de estudio, lidiando con el Derecho Romano cuando se abrió la puerta y apareció Eugenio. Pasó delante de mí y al levantar la vista observé que se había cortado el pelo como si fuera un marine americano. La zona trasera de su cabeza se transparentaba por completo. Yo me quedé perplejo. ¿Cómo era posible que en 1981 un joven se rapara de aquella manera tan brutal? Incluso los reclutas en aquel tiempo llevaban el pelo más largo. Me pareció percibir algún cuchicheo a medida que Eugenio avanza por la estancia. Ocupó una de las mesas del fondo. Fue ver aquella cabeza redonda y descentrarme totalmente. No conseguí aprenderme ninguno de los artículos.

La curiosidad me picaba de veras. Pero conociendo lo arisco que era Eugenio no me atreví a acercarme a él para hacer algún comentario al respecto. Me mordí la lengua y con el mayor disimulo posible pasaba cerca de él para evaluar el alcance del rapado. Decidí indagar por fuera aparte. Cuando en la sala de lectura encontré a Joseba leyendo el periódico me acerqué a él y en cuanto pude comenté el asunto:

-¿Te has fijado Joseba que rapado se ha metido Eugenio?; ¿tal vez se vaya a la mili?...

Con su socarronería habitual Joseba me respondió:

- Los pelados de Eugenio son una tradición en el colegio mayor. Si no quieres tener problemas con él mejor no le comentes nada. Uno de su clase le pasó la mano por detrás, en plan broma, y Eugenio montó un numerito; el tipo acabó pidiéndole perdón por tomarse demasiadas confianzas…

Aquella noche, cuando caminábamos los dos hacia el apartamento, me esforcé por permanecer en silencio. Deseaba más que nada en el mundo preguntarle por el tema. Pero como siempre Eugenio no me dio pie a hacer ningún comentario. El silencio más absoluto nos acompañó.

Una vez en el cuarto no pude contenerme y desoí los consejos de Joseba:

-Eugenio, ¿te puedo hacer una pregunta personal?

El estudiante de medicina me respondió.

-Depende de lo que me preguntes te contestaré o no.

Yo ya había dado el primer paso y no pensaba echarme atrás. No podía frenar mi curiosidad. Me arriesgaba a recibir una mala contestación pero aún así lo intenté:

-He visto que te has cortado el pelo muy cortito. A mí también me gustaría cortármelo así, pero no sé cómo se pide. Me podrías explicar…

Eugenio me frenó en seco:

-¡Más despacio, muchacho! ¿No estarás intentando quedarte conmigo, verdad? Ya sabes que a mí las bromitas no me hacen gracia…

Yo me disculpé lo mejor que pude:

-No, por Dios, Eugenio, nada más lejos de mis intenciones que querer ofenderte. Es que me quiero cortar el pelo así de corto desde hace años pero no me atrevo por el qué dirán. Al verte así de peladito me has dado envidia y me gustaría imitarte en esto también. Ya sabes que intento ser cada día más ordenado.

Entonces Eugenio bajó la guardia:

-Bueno, veamos cómo te lo voy a explicar para que lo entiendas. De lo que te voy a contar ahora me debes prometer no decir nada a nadie. Los miembros de la Obra que somos numerarios elegimos la castidad y el celibato como medio de santificación. Renunciamos a placeres mundanos como el sexo por alcanzar un ideal supremo. Pero esto, que en teoría parece tan sencillo, en la práctica es algo muy difícil de alcanzar. Yo voy a clase y todos los días estoy expuesto a tentaciones. Cerca de mí se sientan compañeras muy guapas y debo tomar mis precauciones para no dejarme arrastrar por mis pasiones. A nuestra edad somos un volcán en ebullición pero hay que mantenerse a raya. Cada uno de los numerarios busca una forma de protegerse de la tentación. Yo, después de consultarlo con un sacerdote llamado don Alberto, que ya no está en Los Arcos, decidí que debería levantar un muro protector y opté por cortarme el pelo de esta manera, como si fuera un recluta. En mi pueblo, a los quintos pelones, las muchachas los rechazan porque no están en la onda, no son modernos, son los pelusos. Para mí es un sacrificio que gustoso se lo ofrezco al Señor. El corte de pelo que llevo es un escudo contra el pecado. ¿Lo has entendido ahora?...

Yo estaba totalmente fascinado por su explicación. Me apetecía prolongar aquella conversación todo el tiempo que fuera posible. Me recreaba morbosamente en aquellas palabras. Quería saber todo tipo de detalles. El deseo de que me raparan a riguroso cepillo parisién lo tenía desde que en 1973 se jubiló el viejo barbero de la calle San Gregorio. Mi padre me acompañaba cada veinte días a la barbería y le exigía un rapado de tipo militar. Pero a partir del año 73, los nuevos barberos (peluqueros como se les empezó a llamar) me fueron dejando el pelo cada vez más largo. Y, paradojas de la vida, yo que envidiaba hasta entonces a los compañeros modernitos que lucían pelo largo, empecé a sentir interés por el único chico de mi clase al que seguían rapando como un recluta. Había nacido mi fetichismo por el cabello corto, rapado con maquinilla. Tenía planeado, aprovechando la lejanía de mi familia, cortarme el pelo muy corto. Escogería el día más adecuado. Sentía vergüenza con sólo imaginarme que mis familiares y conocidos me viesen como un recluta pelón. Por lo tanto debería estar al menos un mes sin ir por casa, para dar tiempo a que el pelo me creciera.

A la semana siguiente mi habitación estuvo lista para ser ocupada, consiguiendo así una mayor independencia. A partir de aquel lunes pude bajar la guardia. Cuando en medio de la noche me entraban ganas de orinar podía encender la luz sin arriesgarme a ser recriminado por ello. Pero por otra parte sabía que iba a echar de menos al estudiante de medicina. Me había acostumbrado a sus resoplidos, a sus miradas despectivas, a mantener cortas conversaciones con él antes de que se apagase la luz. Solía hablarme de religión o me comentaba cosas del colegio mayor. Era el momento de las intimidades.

Pasó menos de un mes cuando, mientras caminábamos en dirección al apartamento, Eugenio me hizo una proposición:

-Fran, este sábado voy a cortarme el pelo de nuevo. Así que si quieres puedes acompañarme.

Yo enmudecí, se me cortó el habla. Era una oportunidad única para disfrutar de un rapado en toda regla. Reconozco que aquella sugerencia de Eugenio produjo una reacción extraña en mí. Me encontraba ante una disyuntiva. Si me cortaba el pelo como lo hacía Eugenio el placer sería máximo. Durante el tiempo que durada el rapado en la barbería el grado de excitación alcanzaría cuotas insuperables. Pero aquel mismo día debería enfrentarme a los comentarios maliciosos de mis conocidos. Mis compañeras de clase no permanecerían en silencio y tendría que darles explicaciones de algo que no tenía lógica aparente. Y además estaba el cumpleaños de un familiar al que debía asistir dentro de diez días. En mi casa pensarían que me había vuelto loco; No entenderían aquel brutal rapado.

De momento dije que sí, acepté. Pero cuando llegó la hora de la verdad le di largas. Le expliqué lo que ocurría y con cara de desprecio el estudiante de medicina me contestó:

-Ya me imaginaba yo que te ibas a rajar. Tú no eres un hombre de palabra. Tomas tus decisiones en función de lo que opinan los demás. Eres un tibio que jamás actuarás con valentía. Léete “Camino” (el libro estrella para los miembros del Opus) y reflexiona sobre lo pusilánime que eres.

No supe defenderme. Balbuceé algunas palabras pero reconozco que a Eugenio todo aquello le sonó a disculpa barata. Sencillamente me ignoró. Nuestra incipiente y frágil relación de amistad se rompió en aquel mismo momento. Apenas me dirigía la palabra. Y yo me sentía culpable por haberle fallado, por ser tan poco valiente.

Cada quince días, aproximadamente, Eugenio visitaba al barbero. Casi siempre la mañana del sábado, hacia la hora del Ángelus, hacía acto de presencia en la sala de estudios con su riguroso rapado militar. Yo deseaba imitarle más que nada en el mundo. Incluso intenté sonsacar a Joseba para que me dijese en qué local se cortaba el pelo. Estaba dispuesto a merodear por allí. Tal vez el salón de barbería fuese visible desde el exterior y yo podría observar, con el mayor disimulo posible, cómo se ejecutaba el corte de pelo de Eugenio. Tengo que reconocer que yo tenía el vicio de mirar en todas aquellas peluquerías de caballeros en las que algún cliente se cortaba el pelo cortito. Me solía quedar junto a la puerta, disimuladamente, y esperaba a que el barbero echase mano a la maquinilla. Disfrutaba viendo como se la pasaban por detrás.

Pero no conseguí enterarme de cual era la barbería elegida por Eugenio. Nadie lo sabía. Todas mis indagaciones fueron infructuosas.

Y pasaron los meses. Llegaron las vacaciones de navidad y empecé a desear con más fuerza si cabe imitar a Eugenio. Aquello casi se convirtió en una obsesión. Tomé una decisión en firme. Nada más pasar las fiestas y volver al piso iba a tomar al toro por los cuernos. No podía vivir en aquel estado de ansiedad permanente. Estaba dispuesto a cortarme el pelo. Debía evitar a toda costa acudir a casa antes de que pasase un mes. Joseba me informó de que el cabello crece al mes un centímetro y medio, longitud suficiente para que el cuero cabelludo no se me transparentase.

Eugenio y yo coincidimos en la misma mesa a la hora de la cena. Le saludé cortésmente y él siguió mostrando su frialdad habitual. De nuevo silencio sepulcral durante nuestro caminar hacia el apartamento. Pero una vez dentro me decidí a dar el paso. En realidad no tenía planificado como abordarle pero lo hice:

-Eugenio, me gustaría hablar contigo de un tema. ¿Tienes tiempo?

Eugenio me dijo que le acompañara a la pequeña salita donde en contadas ocasiones veíamos la televisión; existía censura previa para poder utilizarla. Eugenio era el encargado de encenderla, sin su permiso el aparato no podía funcionar. Cuando salían escenas subidas de tono la desconexión estaba asegurada. Recuerdo que por aquel entonces se estrenó “Los gozos y las sombras”. Como era una obra de reconocido valor literario convencí a Eugenio para que viéramos los dos primeros capítulos. Pero en la serie aparecían frecuentes alusiones sexuales y el tercer capítulo nunca lo pude visionar. El estudiante de medicina me pidió que fuera al grano y yo le expuse mi proyecto:

- Me gustaría pedirte un pequeño favor. Sé que te defraudé hace unos meses pero quiero que me des una segunda oportunidad. Me quiero cortar el pelo…

Y Eugenio me interrumpió con brusquedad:

- ¡A mí cachondeos no! Ya me hiciste perder el tiempo una vez y al final te rajaste. Olvídate del tema.

Pero yo insistí, casi le supliqué que me escuchara. Y al final conseguí convencerle de que mis intenciones eran buenas:

-Ya sé que te fallé, pero te pido una nueva oportunidad. Me preocupa mucho el que dirán y debes ser más comprensivo conmigo. He estado leyendo sobre el tema de la personalidad y creo que todavía no la tengo formada. Eugenio, me gustaría cortarme el pelo como tú, con maquinilla. Dame una nueva oportunidad. De lo contrario me demostrarás que eres incapaz de perdonar y eso tú y yo sabemos que no es muy cristiano que digamos…

Me expresé con tal firmeza que resulté convincente y al final oí lo que deseaba:

-Está bien, te voy a dar una última oportunidad. Si esta vez te echas atrás es mejor que te olvides de mí. No me gusta que nadie juegue conmigo, y menos en un tema tan trascendental. No se trata de un simple corte de pelo, es un compromiso de sacrificio, una muestra de abnegación. No debes vivirlo como un experimento de adolescente.

Tuve que concretar la cita. El sábado 9 de enero de 1982, a las 10 de la mañana, me presentaría en la llamada sala gótica, donde me estaría esperando Eugenio. La noche anterior me costó conciliar el sueño. Iba a dar un gran paso, pero tenía temor a las consecuencias. Sin embargo no dudé, ni por un instante, en presentarme en el lugar acordado a la hora prevista. Tenía la sensación de haber firmado la sentencia de muerte de mi pelo. En realidad no estaba demasiado largo. En aquel tiempo solía cortármelo a navaja. Lo llevaba peinado hacia atrás. Las orejas siempre despejadas y el cuello bien pulido; lo único que necesitaba era un arreglo.

El despertador sonó a las 7 de la mañana. Quería aprovechar el tiempo. Me levanté diligentemente. Recuerdo a la perfección todos los detalles. Después de encomendarme al Señor, me puse mi bata marino y me dirigí al cuarto de baño. Me aseé a conciencia. Dudé entre afeitarme o no. Jamás me había rasurado la cara ningún barbero y sentía deseos de vivir una nueva experiencia. Por lo tanto no utilicé los bártulos del afeitado. Todo yo olía a Agua Brava. El aroma amaderado impregnaba mi piel y pulvericé una buena cantidad de colonia en mi ropa. Los días anteriores estuve cavilando sobre que ropa era la más apropiada para vivir aquella experiencia. Al final fui muy osado. Sabía que iba a llamar la atención usando mi traje gris marengo. Mis compañeros de colegio no entenderían que me pusiera de tiros largos así por las buenas. Pero estaba dispuesto a vencer todos mis prejuicios y temores. Debería a partir de aquel día hacer lo que realmente creyese correcto, sin tener en cuenta la opinión de los demás.

Delante de mí tenía el traje gris, muy bien planchado. Antes debía ponerme la muda. Aquella mañana estaba de estreno. En una mercería del casco antiguo me había comprado un par de juegos de ropa interior y los tenía sin estrenar, reservados para algún acontecimiento especial; sin duda aquel era el momento. Empecé por el braslip calado Ocean, alto de cintura y continué por la camiseta de tirantes a juego. Me gustaba mirarme en el espejo mientras me estiraba la camiseta para que quedase bien encajada. Por último me coloqué los calcetines grises oscuros de Ejecutivo, imitando a la silueta masculina que aparecía en la caja de cartón donde se guardaban. Me miré una y otra vez en el espejo, por delante y por detrás, ayudándome con un espejo de mano.

Luego me puse la camisa blanca, de un blanco radiante, con los gemelos de imitación oro, la corbata gris oscura de brillo, con el prendedor dorado a juego de los gemelos. Terminé subiéndome los pantalones; para sujetarlos mejor les había colocado unos tirantes grises con hebillas metálicas doradas, que gradué hasta que se me encajaron bien en la cintura. El chaleco gris, de la misma tela que el resto del traje, me daba un aspecto elegante y solemne. Había llegado el momento de calzarme y me senté en la única silla que había en la habitación. La noche anterior había lustrado mis zapatos negros, lisos y de cordones; brillaban tanto que se reflejaban en ellos las bombillas de la lámpara. Por último me coloqué la americana y me miré una y otra vez en el espejo. Quería retener en mi memoria aquel momento sublime. Al fin iba a poder convertir mi deseo más profundo y oculto en una realidad. Eugenio se había metido en el cuarto de baño. Me sobraba tiempo, porque el desayuno no era hasta las ocho y media de la mañana. Estuve repasando un tema de Historia del Derecho que trataba sobre la Inquisición. Cuando oí salir del baño a Eugenio me acerqué a él para decirle que si quería le esperaba para bajar juntos a desayunar:

-Vale, tardo poco. ¿Oye pero es que hay alguna fiesta?; ¿lo del traje y la corbata a qué santo viene?; ¿ya te acuerdas de dónde hemos quedado para ir juntos?

Yo me sonrojé ante tanta pregunta irónica. En aquel momento pensé que había errado vistiéndome así porque lo único que iba a conseguir era llamar la atención de los demás. Y bastante iba a estar en boca de los residentes después del corte de pelo. Me justifiqué lo mejor que pude:

-Verás, Eugenio, yo creo que para acompañarte a la barbería debo ir bien vestido. Quiero causar buena impresión, estar a la altura de las circunstancias…

Pero al futuro médico no le convencí:

-Te van a llenar de pelillos el traje. Yo voy a ponerme un jersey y unos pantalones grises, ropa sufrida. De todas las maneras ya no tienes tiempo para cambiarte así que trajeado tendrás que venir. El caso es llamar siempre la atención. Creo que no estás aprovechando demasiado las enseñanzas de “Camino”. Debes leerte los párrafos en los que se habla de la humildad…

Me puse mi abrigo marino y reforcé aún más mi imagen de caballero elegante. Además me había perfumado con insistencia con la colonia de Agua Brava. Toda mi ropa desprendía aquel aroma penetrante y Eugenio me recriminó por ello:

-Tan desagradable es desprender mal olor como echarse colonia a raudales. Como decimos los médicos saturas con tu aroma a Agua Brava la pituitaria de mi nariz.

Yo me disculpé lo mejor que pude por toda cadena de errores cometidos pero Eugenio no se conmovió. Rara vez coincidíamos por la mañana para bajar juntos a desayunar. Yo deseaba estar lo más cerca posible de él. En mi interior albergaba el temor de que en esta ocasión fuera él quien me diera plantón. De ser así me buscaría la vida solo. Yo, aquella mañana de sábado, debía cortarme el pelo como un marine. Veía aquel día como una oportunidad única. Durante las vacaciones navideñas había estudiado de firme para disponer de aquel sábado al completo para el recreo de mis sentidos.

Me senté en la misma mesa que Eugenio para desayunar. Él me ignoró; estuvo charlando sobre los estudios con Joseba. Éste último me comentó que veía raro que me sentara en la mesa de los matasanos, que mejor estaría junto a los picapleitos, como se conocía cariñosamente a los estudiantes de derecho. Pero permanecí allí, pendiente de que el café con leche no me salpicara los puños de la camisa, o que una magdalena empapada cayese a traición en mi regazo, manchándome mi pulcro traje.

Yo no podía perder de vista a Eugenio. Me sentía como un perrillo que no se despega de su dueño. Pero mi amo era muy frío conmigo y no me daba pie a que me tomase confianzas con él. Le seguí hasta la sala de lectura, donde estaban los periódicos del día y el televisor, como casi siempre apagado. Me senté en otro asiento, guardando una distancia prudencial y cogí un periódico. Ni que decir tiene que no me enteraba de nada de lo que leía. Estaba tan nervioso que era incapaz de concentrarme. Me di cuenta de que Joseba y Eugenio mantenían una buena relación de amistad. Joseba se dirigía a él con el diminutivo de Eugeni y le sonreía constantemente. Todos mis intentos por llevarme bien con Eugenio habían sido en vano. Constantemente me miraba por encima del hombro y me recriminaba mis fallos. Pero lo que él no sabía es que aquella mañana se iba a convertir, involuntariamente, en un instrumento de placer. El morbo que había estado alimentando en mi interior, el fetichismo por los cortes de pelo rapados, se iba a hacer realidad en aquel día. Lo que para Eugenio era motivo de mortificación para mí era una fuente de placer. Pero debía fingir resignación ante aquel aparente castigo al que iba a ser sometido. Me apetecía que Eugenio se regocijase al verme pelado como un recluta, que creyese haberme sometido a un acto penitencial.

Y no llegué a pisar la sala gótica, el lugar de encuentro establecido, porque a eso de las diez menos cuarto Eugenio me miró, y me hizo un gesto con la cabeza, indicándome que le acompañara fuera de la sala. Se limitó a ordenarme lo siguiente:

-No perdamos más tiempo. Veo que estás preparado y podemos coger la Villavesa (autobús urbano de Pamplona) de las diez. Me puse mi abrigo marino, la bufanda gris y los guantes negros y salimos al Campus. Observé los chopos pelados, sin hojas, la típica estampa invernal. Un viento gélido soplaba en aquella mañana de enero. Eugenio permaneció en su habitual silencio. Yo sabía que si hacía algún comentario podría salir malparado; era todo un experto haciendo desprecios a los demás. Avanzamos a gran velocidad. El autobús urbano iba casi vacío a esas horas. Nos sentamos juntos en aquellos asientos de madera. Cuando el motor se puso en marcha tenía un nudo en la garganta. Según iba avanzando sentía más próxima la ejecución de mi supuesto castigo.

Nos bajamos en la populosa y céntrica Plaza del Castillo. En pleno casco viejo, en una calle llamada Santo Domingo, se encontraba el local al que nos dirigíamos. Recuerdo una puerta pintada de claro y un cristal esmerilado, que no permitía que los fisgones como yo nos recreásemos la vista. En el interior el tradicional sillón de barbero giratorio, con los brazos de porcelana blanca, el posapiés metálico labrado y el respaldo y asiento de rejilla. Una estufa de butano, la popular catalítica, servía para calentar el establecimiento. Era una barbería antigua y un tanto desvencijada. Al parecer al viejo barbero le quedaban pocos años para la jubilación y no invertía su dinero en arreglar el negocio. El señor posiblemente había superado la barrera de los sesenta años. Recuerdo a un hombre calvo, con una modesta franja de pelo en la zona posterior, bajito y que vestía una bata azulada, más propia de un ferretero que de un barbero.

Me llevé una gran sorpresa al descubrir que los únicos clientes que había en aquel momento eran dos soldados. Estaban uniformados de caqui. Uno de ellos permanecía sentado. Al llevar el pelo bien corto de atrás deduje que ya había pasado por las manos del fígaro. El compañero ocupaba el sillón giratorio, cubierto con una capa blanca, estaba a punto de ser despachado. El señor mayor usaba la navaja para perfilarle el corte.

Aquella presencia de militares en el local me provocó todavía más. Creo que sufrí una especie de taquicardia. Estaba a punto de vivir una de las experiencias más excitantes de mi vida. Desde principios de 1973 no había lucido un corte de pelo a cepillo. Me quedaban minutos para gozar de una imagen capilar similar a la de los reclutas.

Cuando el barbero terminó con el soldado pronunció las siguientes palabras.

-¡Servido! Ya no podrán arrestarle por llevar el pelo largo. Va a estar más fresquito que una lechuga.

Era el turno de Eugenio. Éste se sentó con diligencia en el sillón y fue tapado por la capa blanca. Le sujetaron el cuello con una tira de papel que en forma de rollo se almacenaba en la pared dentro de un contenedor metálico. El viejo oficial le preguntó cómo se encontraba y Eugenio contestó con frialdad. Era considerado por éste como un cliente habitual y seguro:

-Bueno, joven, ¿cómo cortamos ese pelo?, ¿cómo siempre? Meteremos la maquinilla bien hasta arriba, la del cero…

Fue oír aquellas palabras y alcanzar un nivel máximo de excitación. No era capaz de controlar mis actos. Temía que cualquier frotamiento involuntario provocara una eyaculación precoz. Estaba dispuesto a llegar al éxtasis. Si era capaz de controlarme el placer resultaría mayor. Pero es que aquellas expresiones que empleó el barbero desencadenaron por si mismas mi pasión secreta por el tema.

El barbero tenía encima de la repisa un contenedor especial para desinfectar la herramienta, de color crema y que se asemejaba por su forma a una panera. Allí guardaba las maquinillas de mano, las únicas que usaba. A principios de los años ochenta estos instrumentos apenas se utilizaban en algún servicio. Por ese motivo tal vez aquel señor mayor no invirtió dinero en una maquinilla eléctrica y se arregló hasta el final de su vida laboral con las manuales. Escogió una de ellas y la movió en el aire como si quisiera desentumecer sus dedos. Acto seguido la encajó en el cuello de Eugenio y empezó a subírsela. Yo no quitaba ojo. Me incliné todo lo que pude para contemplar, lo más de cerca posible, como aquel señor mayor movía con su mano la maquinilla, de manera rítmica y como pequeños mechones de pelo caían al suelo o se quedaban incrustados en las oquedades de la capa barbera.

La maquinilla a su paso por la cabeza de Eugenio limpiaba ésta de pelo, de tal forma que se le transparentaba perfectamente el cuero cabelludo. Al ser el pelo de Eugenio castaño claro daba la sensación de que no le quedaba absolutamente nada de cabello. En la cabeza de Eugenio aparecían grandes franjas, a modo de calles, que me recordaban los claros de un bosque. Y aquel sonido tan entrañable de la maquinilla, que se movía gracias a un sistema de muelle, me trajo gratos recuerdos de la infancia.

A los pocos minutos Eugenio tenía la parte posterior de la cabeza completamente despejada. El barbero reemplazó la maquinilla del cero por la del uno para disimular la raya que deja este instrumento. Por último recurrió a la del número dos, terminando todo el proceso con la tijera. Lo que más le costó fue recortar la zona de arriba. Utilizó la tijera de entresacar, dentada, y después otra normal para rematar la faena. Pero el punto final lo puso pasando la brocha de afeitar, que humedeció y enjabonó ligeramente. Ayudado de la navaja barbera fue perfilando las patillas cuadradas, las guías traseras y el cuello de Eugenio. Le aplicó una buena mano de loción capilar Flöid y dio por terminado el trabajo. Con la ayuda de un espejo de mano, de considerables dimensiones, mostró a Eugenio el resultado:

-Ya ve, caballero, el pelo cortado como para una inspección militar….

El alicantino asintió con la cabeza y le pidió que le afeitara. La espera se me estaba haciendo eterna. Además, como todos los buenos profesionales, este barbero era muy metódico y detallista. Utilizaba toallas humedecidas en agua caliente para reblandecer la cara. El enjabonado le llevaba también bastante tiempo, una y otra vez pasaba la brocha por la cara de Eugenio, buscando la máxima suavidad. Le dio dos pasadas de navaja barbera, apurando el rasurado. Al final le aplicó una buena mano de loción de afeitar Flöid, mentolado vigoroso.

Eugenio se levantó del sillón y tras pagar dirigió su mirada hacia mí y exclamó:

-Es tu turno. Ya te puedes sentar…

Mientras miraba su reloj, controlando el tiempo, yo ocupé la plaza que mi compañero de apartamento había dejando vacía. Noté que el asiento permanecía aún caliente. Es difícil de describir cómo me encontraba yo en aquel momento; daba la sensación de estar flotando en una nube, de vivir algo irreal por tantas veces deseado. Cruce las piernas y me recogí el pantalón, exhibiendo los calcetines. El señor mayor me colocó la capa blanca, sujetada con la tira de papel. Guardé silencio a la espera de que el barbero preguntara:

-Y a usted joven, ¿cómo le cortamos el pelo?...

Me costó articular las pocas palabras que pude pronunciar:

-Pregúntele mejor a Eugenio….

Éste permanecía en pie, cerca del sillón, y aceptó la responsabilidad de ser él quien diera las instrucciones pertinentes:

-Le va a cortar el pelo tal corto como a mí. La maquinilla bien subida hasta la coronilla y en los laterales hasta las sienes. No tenga cuidado que no va a protestar por mi pelón que quede. Él y yo sabemos el motivo por el cual debe cortárselo de esta manera.

El barbero, hombre prudente donde los hubiere, sintió curiosidad por saber que había detrás de aquellos cortes de pelo tan brutales. A principios de1982 no era normal que dos jóvenes, no militares, sacrificasen sus cabellos de aquella manera, sin tener una justificación aparente. Tanteó el terreno para ver si podía descubrir la causa de todo aquello:

-Tal vez ustedes estén a punto de ingresar en milicias universitarias. Tengo un sobrino que estudia para ingeniero y al que le corté el pelo este verano bien cortito porque se iba de campamento. Pero les tengo que decir que no es necesario tanto rigor en el corte. Si estuviera aquí un señor mayor que viene a visitarme con frecuencia, y que es militar retirado, se lo podría confirmar…

Eugenio, como era de esperar, abortó cualquier intento por parte del barbero de curiosear sobre este, para él, delicado tema:

-Mire, yo estoy muy contento con sus servicios; me gusta como me corta usted el pelo. Pero, no se lo tome a mal, no me apetece contar cosas íntimas. Proceda a cortar el pelo a mi compañero como le he dicho.

El barbero quedó cortado hasta el punto que apenas volvió a dirigirnos la palabra. Yo mismo me sentí violento por la actitud claramente despótica que había mostrado Eugenio. Me hubiera apetecido hacerle preguntas sobre cómo cortaba el pelo a los jóvenes de generaciones anteriores. El horno no estaba para bollos y decidí disfrutar de la experiencia en silencio, interiorizando lo que me iba a ocurrir.

El señor mayor abrió de nuevo aquella especie de panera en que guardaba las maquinillas y tomó la del cero. La movió entre sus manos, para comprobar que estaba en perfectas condiciones y me la colocó en el cuello. Con la otra mano me sujetaba la cabeza, inclinándomela ligeramente para que el instrumento se deslizara con mayor suavidad.

Había llegado el momento de la verdad. Ya era tarde para arrepentirme. Oía perfectamente mi respiración porque el silencio era casi absoluto. Y de repente sonó el movimiento acompasado de la maquinilla, aquella musiquilla mecánica que apenas recordaba y que permanecía en mi memoria más profunda, la de la ya lejana infancia. Además empecé a sentir un cosquilleo extremadamente placentero, muy difícil de describir con palabras. El grado de excitación era máximo y tuve una potente erección. Recuerdo que el pene me sobresalía por la bragueta del braslip. Con la mano intentaba controlarlo, pero teniendo sumo cuidado de que el rozamiento no produjera un inoportuno derrame.

Notaba como la maquinilla, con su fría cuchilla metálica, avanzaba imparable por mi cogote y subía hasta mi coronilla. El barbero abría calles paralelas para cercenarme el cabello. Tuve que imaginármelo porque lógicamente no podía ver lo que estaba pasando. Tan sólo me veía a mí reflejado en el espejo, con una capa blanca inmensa. Contemplaba como el barbero, cada poco tiempo separaba la maquinilla de mi cuero cabelludo para deshacerse de los mechones de pelo que se acumulaban en la misma. Restos de cabello se incrustaron en los pliegues de la capa, formando grandes copos negros.

Pero lo que más me impactó fue cuando comenzó a pasarme la maquinilla del cero por el lateral derecho. Además del sonido mecánico y el cosquilleo que tanto placer me producía, pude ver como mi patilla se esfumaba; en su lugar quedaba, casi imperceptible, cabello cortado a un milímetro de longitud. La esquiladora metálica avanzaba imparable hacia mi sien, dejando el cuero cabelludo a la intemperie a su paso. Aquel pelado me impactó de verdad. Pensé en el tiempo que sería necesario para que mi cabeza volviera a cubrirse de cabello.

Miré hacia donde estaba sentado Eugenio. Éste a ratos leía El Diario de Navarra y de vez en cuando echaba una mirada hacia el sillón en que me encontraba sentado. En un momento dado, tal vez aburrido de leer, se levantó de su silla y se acercó hacia el lugar de la acción. Yo quería hacerle partícipe de lo que allí estaba sucediendo, me apetecía que opinara, que hiciera algún comentario al respecto.

-¡Menudo pelado que me están pegando, Eugenio! Ni en la mili te lo rapan así….

Pero en vez de contestar él quien tomó la palabra fue el barbero:

-Ya lo creo, majo, ¡aquí van a resbalar las moscas! Me he limitado a seguir las instrucciones recibidas. En la mili hoy en día no lo cortan casi nada. En mis tiempos si que nos rapaban al cero y con la maquinilla del doble cero si te castigaban. Yo, que serví en Zaragoza, tuve un destino de barbero. Recuerdo una tarde en que el capitán Ramírez mandó rapar al dos ceros a más de cincuenta tíos. A mí me dolía la mano de tanto mover la maquinilla. Así que para mí manejarla es coser y cantar; adquirí mucha práctica en el cuartel.

Yo estaba a punto de estallar del gozo que sentía. Aquellas palabras me habían calentado aún más. Le pregunté al barbero la diferencia que existía entre el cero y el dos ceros, también llamado doble cero:

-La maquinilla del cero, que es la que le estoy metiendo ahora, deja una largura de pelo de un milímetro, pero la del dos ceros, deja medio milímetro, o sea la cabeza casi afeitada. A mí en el fondo estos cortes de pelo, que ya no se los hace casi nadie, por no decir nadie, me gusta practicarlos. Son muy rigurosos pero muy masculinos e higiénicos.

Al final Eugenio se decidió a participar de la conversación.

-Uno de los motivos de que mi compañero de piso y yo nos pegamos estos pelados es precisamente la higiene y la comodidad. Con una largura de pelo normal hay que dedicar un tiempo a peinarse. Tenemos sólo un cuarto de baño y siempre andamos a la carrera…

Eugenio intentó justificar así aquel rapado tan fuera de lugar, pero él y yo sabíamos que había motivos más profundos. A mí de repente me vino a la cabeza una vivencia de la infancia, de cuando tenía doce años. Corría el final de 1974 y en la zona norte de España hubo una oleada de piojos. En algunos colegios de Bilbao y Logroño acudieron efectivos de sanidad y cortaron el pelo casi al rape o incluso al cero a cientos de muchachos. La noticia la dieron en televisión y apareció también en prensa. Nuestro tutor nos aconsejaba que llevásemos la cabeza bien limpia y que nos cortáramos el pelo más de lo habitual, porque si aparecían los de sanidad nos iban a pasar las maquinillas hasta dejarnos la cabeza como un huevo. Pero para mi pesar aquellas amenazas no se cumplieron. Durante semanas el posible rapado general estuvo en boca de todos. Y saqué el tema a relucir delante de Eugenio y el barbero. Mi compañero de piso estaba totalmente desinformado al respecto pero aquel señor mayor lo recordaba perfectamente:

-Ya lo creo que me acuerdo de aquello. En los colegios iban melenudos y no se lavaban el pelo ni de Pascuas a Ramos. La falta de higiene fue la que produjo la infección de piojos. Aquí cortaría el pelo, a cepillo parisién, a unos seis u ocho chavales. Yo al peinarles, con disimulo, me fijaba si tenían liendres. Fue entonces cuando me compré este cacharro que dicen emite ondas eléctricas que desinfectan. El cliente que viene después no tiene porque pagar los platos rotos y salir con lo que no ha traído…

Eugenio hizo alarde de sus conocimientos de medicina ilustrándonos sobre las nefastas consecuencias de la picadura del llamado “piojo verde”:

-En la posguerra, el conocido popularmente como “piojo verde” fue el transmisor de una enfermedad mortal, el tifus exantemático, que no hay que confundir con la fiebre tifoidea. Producía fiebres muy altas, incluso una pérdida de consciencia. Ese fue uno de los motivos por en que en muchas escuelas a los chicos se les rapara al cero.

Aquellos comentarios no tenían desperdicio y ayudaban a caldear más el ambiente. El lateral derecho ya estaba completamente rapado al cero, es decir que mi pelo tenía una longitud de un milímetro. El cuero cabelludo se encontraba a la intemperie. Mi piel, que había estado protegida del sol por una mata de pelo durante muchos años, era tan blanca como la leche, contrastando brutalmente con las zonas cubiertas de cabello. Y le tocó el turno a la zona izquierda. Con la misma rapidez la maquinilla mecánica devoró el cabello que se esparció por el suelo de la barbería. A los pocos minutos tan sólo la zona superior de la cabeza conservaba el pelo. Tanto la parte trasera, invisible para mí, como los laterales se encontraban desprotegidos.

Fue el momento en que el barbero cambió de instrumento, echando mano a la maquinilla de cortar el pelo al uno. Me la fue subiendo en la zona superior trasera y en las sienes. Para continuar con el corte a cepillo se sirvió de la maquinilla del dos, que tenía las púas mucho más anchas. Me la pasó por la parte superior de la cabeza, quedando a salvo la zona del flequillo. Tenía al final de esta operación un ridículo pompón de cabello cuya largura fue drásticamente reducida por aquel señor mayor. Utilizó primero la tijera dentada de entresacar, para rebajar la cantidad de cabello, y luego con otra más larga empezó a esculpir la forma de un cepillo. Se esmeró mucho para cuadrar el pelo, dejando una superficie lisa en la que ningún cabello sobresalía más que otro.

Aquel que veía reflejado en el espejo me parecía un desconocido. Me recordaba a un marine americano. Los soldados que me habían precedido en aquel sillón parecían unos ye-yés al lado mío. Pero el corte aún no estaba terminado, faltaba rematarlo con la navaja barbera. Sentí cómo me raspaba en los laterales traseros y como me perfilaba la zona de las patillas. Después vino el masaje con la loción capilar Flöid. ¡Aquel aroma penetrante me traía tantos recuerdos de mi niñez!

Y llegó el momento más esperado. El barbero cogió el espejo de mano y me mostró el resultado en la parte trasera. Me causó un efecto brutal. Hasta la coronilla el pelo era casi inexistente, tenía la cabeza desnuda, se transparentaba la piel blanca del cuero cabelludo. Me movió la cabeza para mostrarme los laterales que aparecían igualmente repelados. El corte de pelo era técnicamente perfecto. Me resultaba difícil creer lo que estaba viendo. Permanecí mudo, me costaba pronunciar las palabras. Eugenio había sido especialmente severo conmigo al dar las órdenes. El señor mayor, que seguramente también pensaba que aquello era demasiado, intento consolarme, buscar el lado bueno de las cosas:

-Va muy corto, desde luego, cortísimo, cortísimo. Pero usted tiene una cabeza con una forma muy apropiada para este tipo de cortes. Le queda bien. Es un corte de aseo y muy cómodo. Además ¡quién tuviera su edad! ¡La cabeza me afeitaba yo por tener veinte años! Echaba una gorra y arreglado…

También le pedí que me afeitara. Aquella iba a ser la primera vez. Recuerdo que introdujo en la zona superior del sillón el posacabezas y al apoyar mi nuca noté que ésta estaba desprotegida. El afeitado fue una experiencia placentera: las toallas calientes para abrirme los poros; el enjabonado con la brocha de afeitar, que recuerdo tenía un mango de madera clara con un remate cromado y la rasurada de la cara con la navaja barbera, previamente afilada en el suavizador. Después vinieron los paños fríos y el masaje con la loción de afeitar Flöid, mentolado vigoroso.

Cuando terminé y pagué tenía ganas de hacer algún comentario. En la barbería se encontraban otros dos señores mayores a la espera de ser atendidos. Uno de ellos tuvo una intervención que me gustó mucho:

-Estos jóvenes parece que se nos van a la legión. ¡Menudo repelón que les has metido, Lucas! Se les ven las ideas. Ahí os van a resbalar las moscas. Mejor así que con melenas, desde luego.

Yo, mientras aquel hombre tan campechano y entrometido decía sus gracias, aproveché para sobarme el cráneo por detrás. Aquellos milimétricos cabellos raspaban al ser acariciaros a contrapelo como si fueran alfileres. Y aquel señor mayor, con marcado acento navarro, dio un paso más en su atrevimiento y me tocó la cabeza. Sentí su mano cálida en mi cuero cabelludo y le sonreí, agradeciéndole que hubiera tomado esta iniciativa.

Eugenio se despidió con su frialdad habitual y con la cabeza me indicó que era el momento de abandonar el establecimiento. Una vez fuera el frío cruel se cebó en mi rapado cráneo. Sentía el viento gélido soplando en mi desprotegida nuca. Se lo comenté a mi compañero y éste me respondió con su habitual ironía:

-Así te harás un hombre. Debes curtirte la piel. No eres ninguna damisela que deba protegerse la cabeza con tirabuzones. Cuando lleguemos al colegio mayor ya sabes que algunos se burlarán de ti. Ponte en tu sitio e ignóralos. Si te resulta humillante esta situación ofrécesela como un sacrificio al Señor. Al final has sido capaz de hacerlo. Te felicito por ello.

Fue una de las pocas veces que Eugenio me reconocía mis méritos y me sentí orgulloso de ello. Cuando llegamos al colegio mayor nos metimos directamente en el estudio. Creo que alguno nos vio en el zaguán y seguramente comentaría algo al respecto. Pero todo esto no lo recuerdo bien. De lo que sí estoy seguro es de la oleada de murmuraciones que se levantaron cuando Eugenio y yo hicimos acto de presencia en la sala de estudio. Uno de los allí presentes levantó la voz exigiendo silencio.

A la hora de la comida, decenas de muchachos se acercaban a mí. Me preguntaban que cual era el motivo de aquel rapado tan brutal y muchos me tocaban la cabeza para sentir el tacto del terciopelo. Pero hubo un chico, que estaba en tercero de medicina y procedía de un pueblo de Navarra llamado Peralta, al que la cosa le gustó especialmente. Yo tenía la costumbre de leer la prensa diaria en el salón general mientras hacía tiempo para la hora de la comida. El chico de Peralta solía aparecer también a esas horas. Se acercaba a mí, a traición, y me sobaba la cabeza. Solía decirme que ya lo tenía largo y que debía rapármelo más. Imitaba el sonido de la maquinilla y fingía estar pasándomela. Él llevaba el cabello algo largo y se burlaba de mi corte de pelo de recluta.

Aquella tarde de sábado también sucedió algo muy curioso. Como ya he comentado antes había decidido tomarme el día libre. Me hubiera resultado casi imposible centrarme en el estudio después de la experiencia en la barbería. Acudí al salón general en busca de alguna revista interesante que leer. Hacia las seis de la tarde, aproximadamente, apareció Eugenio en compañía de otro chico, al que no conocía de nada. Eugenio se acercó a mí y me pidió que les acompañase un momento. Yo obedecí y recuerdo que me fijé en cómo le brillaba la cabeza a mi compañero de piso. Sentí ganas de acariciarle la cabeza, pero me contuve. Recibí la siguiente proposición.

-Verás Fran, este chico que ves aquí acaba de terminar medicina y anda preparando la tesina de fin de carrera. Necesita experimentar con chicos que son fumadores y con los que no lo son. Pretende demostrar científicamente, por el método experimental, que el tabaco facilita la aparición de arteriosclerosis. He pensado que como estás leyendo y pasando el rato podrías hacer algo de más provecho. Acompáñanos a la Clínica Universitaria y haremos un experimento contigo. Tú vendrás en calidad de no fumador.


Joseba acudió como fumador. Al parecer aquel joven intelectual se había pasado la mañana experimentando con otros chicos de colegios mayores. Le debían faltar pocos especimenes para acabar el experimento. Nos metimos los cuatro en una pequeña sala, con una camilla, una mesita supletoria y un par de sillas. Tenía una máquina, en apariencia bastante sofisticada, que recogía los datos.

Primero pasó Joseba, se tumbó en la camilla y le aplicaron un gel conductor en el brazo derecho. Con la ayuda de una especie de banana metálica, recubierta de plástico, entró en contacto con las arterias del muchacho y fue recogiendo diferentes datos. Joseba tuvo que quitarse la camisa y la camiseta de tirantes, se quedó con el torso desnudo. Sonreía mientras nos mostraba a los allí presentes su fortaleza física. Le aplicaron más gel y de nuevo se repitió el experimento. Después de quitarse los restos de gel con la ayuda de un papel, llegó la parte más comprometida. Aquel caballero recién salido de la facultad de medicina era sin duda miembro de la Obra y poco amigo de las exhibiciones:

-Mira, Joseba, ahora tengo que buscarte una arteria que pasa por la zona del pubis. Te vas a tener que soltar un poco el pantalón y…

Joseba se hizo el gracioso. Me encantó la manera que tuvo de expresarse:

-No hay problema, me quedo en slip porque hoy estoy de estreno.

Pero el médico, frenó en seco sus tendencias exhibicionistas:

-No es necesario, suéltate el pantalón y te sujetas los calzoncillos un poco.

No pudimos admirar el slip recién estrenado de Joseba. El médico realizó la prueba con el mayor de los sigilos. El puritanismo del Opus Dei estaba presente.

Después le tocó el turno a Eugenio, que colaboró silencioso y diligente con el médico. El último en hacer de conejillo de Indias fui yo. Recuerdo que cuando me tumbé en la camilla noté una sensación extraña y excitante. Mis milimétricos cabellos rozaban la superficie lisa de la zona superior de la camilla. Moví la cabeza y sentí la suavidad del terciopelo a través del roce. El gel conductor, de color azul, me pareció frío y pringoso. Esperaba con ansiedad al final de la prueba, lo más excitante sin duda:

-Bien, Fran, Ahora te vas a soltar el pantalón, bájate la cremallera. Sujétate con la mano derecha el calzoncillo para que así te pueda aplicar el gel. Recogí lo mejor que pude mi braslip calado, dejando a la intemperie la zona del pubis. Tuve una erección natural que pasó desapercibida para aquel candidato a doctor. Por los agujeritos del tejido del braslip sobresalían algunos pelillos. Observé que el médico apenas me miraba, una vez que colocó la banana en el sitio adecuado se distrajo, como si se sintiera violento por lo íntimo de la zona. En cuanto termino tanto Eugenio como él me dijeron casi al unísono:

-Tápate, tápate, ponte bien los pantalones.

Después de la cena, unos minutos antes de marcharme con Eugenio al apartamento, tuve ocasión de comentar lo sucedido con Joseba. Éste me dio su opinión sobre el tema:

-Verás, Fran, el chico con el que hemos colaborado en el experimento también es de la Obra, numerario como Eugenio. Sé que te habrá parecido ridículo que un médico sienta rubor por ver a otro varón en paños menores, incluso desnudo. Realmente es absurdo.

Yo expresé mi punto de vista:

-Entiendo perfectamente que se sonroje si fuera una chica la que se tuviera que bajar la ropa interior, pero tratándose de alguien del mismo sexo no veo a santo de que viene tanto puritanismo.

Joseba intentó ponerme al día sobre este tipo de costumbres:

-Verás, Fran, para los miembros del Opus el cuerpo humano es un tema tabú. En otros colegios mayores, las duchas no tienen tabiques, porque así se aprovecha más el espacio. Todos se duchan en pelota, delante de los demás y no ocurre nada. Pero aquí es obligatorio envolver el cuerpo en un albornoz y sólo te lo puedes quitar una vez dentro de tu compartimento. Te doy un consejo, si quieres continuar en Los Arcos es mejor que no preguntes demasiadas cosas y menos que expongas abiertamente tus puntos de vista. Las cosas son como son y es mejor aceptarlas. Por cierto tu corte de pelo también tiene mucho de pornográfico, la cabeza está desnuda. ¿Quién ha sido el pelagatos que te ha rapado así?

Yo le expliqué que detrás de aquel pelado tan riguroso había motivos personales, que para mí era una especie de mortificación. Joseba no quiso indagar sobre el tema pero me dio a entender que se imaginaba la intervención de Eugenio en todo aquello.

- Es una barbaridad hacerse algo así. No se lo comentes a Eugenio, pero este tipo de sacrificios no sirven para nada. En clase tus compañeros te van a mirar raro y no digamos nada las chicas. Bueno, espero que no vuelvas a caer en estos extremismos.

Y le pregunté si me quedaba mal aquel rapado:

- Bueno, date la vuelta que te vea. Verás mal no queda, porque tienes una cabeza muy bien redondeada y no presentas cicatrices, pero es que se te ve casi la calavera. Aquí te han metido la maquinilla del cero pero hasta arriba.

Mientras pronunciaba estas palabras me pasaba, con suavidad y muy despacio, sus dedos por el cogote. Todo esto provocó en mí una erección bestial. Me comento que en un mes aproximadamente tendría un centímetro y medio de cabello, suficiente para que no se me transparentase el cuero cabelludo. Por desgracia Eugenio irrumpió en la estancia y se acabó nuestra conversación. Era el momento de caminar hacia el apartamento.

Una vez dentro del piso saqué el tema del corte de pelo. Me quejé de que algunos compañeros del colegio se habían puesto muy pesados con el tema y que me sobaban la cabeza como si fuera un oso de peluche. Eugenio insistió en que debía darle un sentido penitenciario al asunto. La mortificación era muy necesaria para todos. Cualquier dolor o contrariedad se debían ofrecer al Señor para que así Éste nos perdonara nuestras faltas.

Una vez estuve solo en la habitación abrí el armario de luna y saqué el espejo. Me quedé en ropa interior, con tan sólo el juego de camiseta y braslip calados y los calcetines altos de Ejecutivo. Coloqué el espejo de tal manera que puede verme la cabeza por detrás. No había ninguna duda, aquello era un rapado bestial y tardaría más de un mes en cubrírseme la cabeza desnuda. Me acaricié el cráneo y llegué a la máxima excitación. Con una mano me toqué el miembro y como si fuera la lava de un volcán el semen salió despedido. Tuve la precaución bajarme el braslip para no mancharlo. Con un poco de papel higiénico que guardaba en mi habitación me limpié lo mejor que pude. Luego me enfundé en mi bata y tome una ducha nocturna. Había obedecido a Eugenio en todo, pero éste calculó mal. Si realmente me hubiera querido castigar para mortificarme debería haberme obligado a dejarme el cabello largo.




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