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Bien Macho by Juan Pablo


Esto me pasó el año pasado. Yo tenía 21 años y viviendo en Rosario tenía que buscar una peluquería para cortarme el pelo. Tenía que ir a una fiesta y en ese momento tenía el pelo bastante largo, casi por los hombros, y como lo tengo ondulado se había vuelto bastante desalineado. Por casualidad volviendo de la facultad pasé por una peluquería por calle 3 de febrero. Es una peluquería antigua, que pasa desapercibida porque está en un local que está más abajo del nivel de la calle. Paré en la puerta y pensé que ya que estaba ahí podía aprovechar el momento. Entré y me recibió el peluquero, un señor de unos 50 años de una actitud un tanto distante. Le pregunté cuál era el precio del corte mientas atendía a otro señor. Me senté en las sillas de espera y me entretuve leyendo una revista, pero me distraía mas que seguido viendo como le cortaba al otro hombre.
Cuando terminó con ese cliente, pasó un cepillo por el asiento para sacar los restos de pelo y me dijo que me sentara. Me ató la capa al cuello y puso una toalla por encima, metiendo el borde para adentro. Me preguntó cómo me lo cortaba y le dije que corto a lo que volvió a preguntar qué tan corto: "Puede ser corto con tijera o bien corto con máquina". Parecía estar de mal humor, o como enojado por lo que con el tono de mi voz trataba de amenizar el momento pero igual su actitud no cambiaba. Le dije: "corto con tijera, a la máquina no me animo todavía". El me respondió que alguna vez en la vida había que hacerlo y que si quería me lo hacía en ese mismo momento. Yo respondí que siempre había tenido ganas pero que no me animaba, era un cambio muy radical. "No te preocupes, yo sé como arreglar eso", respondió con su voz bien gruesa.
Se fue a un cuartito que había en el fondo y volvió con unas sogas. Me dijo : "te ato a la silla y no va a haber forma de que no te animes". No supe que responder. Era una sutiación muy rara que no me esperaba para nada. El silencio que hice por unos segundos le dio pie a que empiece a pasar las sogas por la silla cromada antigua. Era de esos sillones de peluquería, tapizados en cuero marrón, que tienen el apoyo para los pies también en metal cromado. Mis nervios sólo me permitían hacer una sonrisa incómoda. Me había pasado la soga por la cintura, por debajo de la capa, después la pasó por los pies. En ese momento empecé a sentir miedo amagando a levantarme. Él me decía que no había problema, que me quedara tranquilo. Fue hasta la puerta, cerró con llave y corrió las cortinas. "Listo", dijo.
Volvió hacia la silla y ajustó las sogas y las aseguró en mis brazos. Me preguntó: "¿Qué peine te parece que usa un hombre bien macho?", mientras me mostraba todos. Yo respondí que el más corto y él me señaló la máquina sin ningún peine diciendo "La doble cero sería. ¿Y vos pibe sos bien macho?" Yo respondí que si. Él me volvió a preguntar: "Entonces si sos bien macho, ¿con cuál te vas a cortar? Me dejó dudando unos segundos porque sabía cuál tenía que ser mi respuesta. No me animaba a decirlo. "eee..este...la doble cero" Prendió la máquina y me dijo que lo repitiera más fuerte, con voz de macho. Elevando la voz repetí "la doble cero !!"
Con su mano agarró fuerte la máquina y con la otra me sostenía la cabeza. La empezó a pasar sin demoras sin prestar atención a que yo estaba diciendo que no, con una cara de susto que podía ver el espejo. Podía ver en el espejo como me iba quedando la cabeza pelada. Me había arrepentido pero ya no había opción a volver atrás. "Viste pibe que no era difícil, hay que hacerse hombre" decía mientras seguía pasando la máquina doble cero, con un gesto sobrador en su cara. La máquina pasaba bien al ras y la presión que el le ponía me hacía sentir la vibración que producía. Terminé totalmente pelado, como si faltara algo en mi cabeza. Sentía un sensación rara por ese pelo que ya no estaba y que ahora estaba desparramado en el piso. El cuero cabelludo bien blanco y con algunas heridas de cuando era chico que ahora quedaban a la vista. Me sacó la toalla y la capa sacudiendo los pelos que me habían quedado en el cuello. Desató las sogas y me levanté del sillón. "Ya sabés como es la cosa acá, la próxima vez no va a haber sogas porque ya vas a venir como un macho y lo vas a tener que soportar como un hombre. Con mi voz más gruesa le respondí: "Si, a voy a volver". Todavía no lo hice pero cada vez que paso por ahí me da ganas de entrar, sentarme en el sillón y dicerle "rapame a cero que soy bien macho".



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