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LA LEY DEL MILMETRO by PELUQUERO
LA LEY DEL MILMETRO
El aire en el despacho principal de la Jefatura de la Polica Federal de Argentina estaba denso, impregnado de un olor penetrante a cera para muebles, y la fragancia ctrica y helada de la colonia Atkinsons que el Mayor usaba despus de afeitarse. Era mayo de 1960, y el fro de Buenos Aires se colaba por los ventanales altos que daban a la calle Moreno, pero adentro nadie se atreva a temblar.
El Mayor camin detrs de su imponente escritorio de roble. Su uniforme militar no tena una sola arruga los pantalones conservaban una lnea tan filosa que pareca capaz de cortar. Para l, el traspaso del Ejrcito a la Jefatura de la Polica no era un cambio de tareas, sino una misin de saneamiento. La sociedad argentina se estaba deshilachando por las hilachas del descuido, y l haba llegado para zurcirla.
Sobre el escritorio, perfectamente alineados junto al tintero y las actas de detencin, no haba armas cortas. Haba una tijera de acero alemn, pesada, de hojas largas y brillantes, y una navaja de barbero de mango de ncar que l mismo asentaba sobre una tira de cuero antes de cada reunin importante.
Se detuvo frente al gran espejo de marco dorado. Con el dedo ndice, repas la lnea de su propio bigote una lnea recta, milimtrica, que no osaba tapar el labio superior. A su lado, el Comisario Inspector un hombre de la fuerza con aos de calle permaneca firme, sosteniendo la respiracin.
El orden, Comisario, no es un concepto abstracto dijo el Mayor. Su voz era baja, pausada, desprovista de cualquier rastro de emocin. El orden se ve. Se mide en centmetros.
S, Mayor respondi el Comisario, manteniendo la vista al frente.
Mire a esa juventud que camina por Corrientes continu el Mayor, girndose lentamente, con las manos entrelazadas en la espalda. Esos flequillos que tapan los ojos, esas patillas que bajan como hiedras por las mandbulas. Sabe qu es eso? Es desidia moral. El que no es capaz de gobernar la simetra de su propia cabeza, mucho menos puede ser un ciudadano til a la Patria. El comunismo no empieza con un manifiesto empieza con un mechn que tapa la oreja.
El Mayor camin hacia la puerta del despacho y la abri de par en par. El pasillo de la Jefatura era un eco de botas y murmullos. En el suelo de granito gris, sentados en hilera contra la pared, haba seis muchachos detenidos en una redada esa misma madrugada en un stano de San Telmo. Tenan guitarras criollas, camperas de gamuza y cabelleras que desafiaban la gravedad de la poca.
El Mayor se plant frente a ellos. Los jvenes levantaron la vista, infundiendo una mezcla de rebelda y terror primitivo. El Mayor no los mir a los ojos sus pupilas recorrieron, con asco quirrgico, las melenas revueltas, las patillas anchas, el contorno desprolijo del cuello. Se agach frente al que pareca el lder, un chico de no ms de veinte aos con el cabello largo hasta los hombros. El Mayor estir la mano y tom un mechn entre sus dedos, tomndole el peso, como el agrnomo que evala la maleza antes de erradicarla.
Traigan la mquina orden el Mayor, sin levantar la voz.
Un cabo de la Federal apareci de inmediato con una cortadora manual, de esas de palanca que tiran del pelo si se usan con prisa.
Ac adentro, muchachos, la palabra es ley dijo el Mayor, ponindose de pie y regresar a su despacho. Y la ley es corta, limpia y despejada.
Se sent detrs de su escritorio y tom un expediente, ignorando los primeros ruidos que llegaban desde el pasillo el crujido metlico de la mquina, el caer pesado y silencioso de los primeros mechones oscuros sobre el granito, y el silencio sepulcral de una Jefatura que entenda, por fin, que el nuevo Director no iba a dejar un solo centmetro de rebelda sin podar.
Al caer la tarde, los seis detenidos ya haban sido completamente rapados al ras. Quedaron bien asicalados, con las nucas blancas expuestas al fro, vibrando con un orden higinico y casi militar. Estaban, efectivamente, impecables.
El Mayor mand a llamar al Comisario Inspector a su despacho. El silencio que sigui a su entrada fue tan denso que el zumbido de los tubos fluorescentes del techo pareci multiplicarse por mil. El Mayor se levant de su silln, camin hacia el ventanal con las manos en la espalda y, tras observar el gris de la tarde portea, se gir despacio. Sus ojos, dos rendijas oscuras, se clavaron en su subordinado.
Comisario... A usted le parece que los detenidos estn ms prolijos que ustedes? pregunt con un susurro glido. Cmo piensan remediar esto?
El Comisario Inspector sinti una gota de sudor fro bajndole por la nuca. Mir de reojo hacia el pasillo y luego pens en s mismo y en los oficiales de la guardia. Llevaban el uniforme reglamentario, s, pero las patillas de algunos tocaban la mitad de la oreja, y el cabello de la nuca, aunque corto, no mostraba la rigidez matemtica que el Mayor exiga.
No, Mayor atin a decir el Comisario, enderezando la espalda. No corresponde.
La autoridad, Comisario, no se ejerce desde la ventaja del cargo se ejerce desde la superioridad esttica sentenci el Mayor, extendiendo la mano para tocar la pesada tijera alemana que descansaba sobre el roble. Si un delincuente o un melenudo tiene la cabeza ms despejada y limpia que el oficial que lo custodia, el principio de jerarqua se destruye. Quiero a toda la dotacin de la Jefatura con el corte correcto. Tienen dos opciones o van al subsuelo ahora mismo y se aplican el corte "media americana", con la nuca despejada, maana a las seis de la maana me encargo yo mismo de la inspeccin. Y usted sabe que mi pulso no es tan amable como el de una mquina.
Entendido, Mayor trag saliva el Comisario. En una hora no va a quedar una sola patilla fuera de escuadra. Permiso para retirarme.
Ya eran las 2100 y el reloj del hall central clav la hora con un campanazo sordo. Afuera, la noche de mayo haba cado pesada sobre Buenos Aires, y con ella, el pnico. A esa hora, todas las peluqueras y barberas de la ciudad ya haban cerrado y bajado las persianas de hierro. Para los oficiales de la Federal, las horas que faltaban para el amanecer se convirtieron en una carrera desesperada contra el tiempo... y contra la tijera del Mayor.
La urgencia dividi a la Jefatura en escenas de pura angustia. Algunos oficiales que tenan auto o vivan cerca salieron eyectados a la calle antes de que cerraran el portn, corriendo por las veredas de Monserrat para golpear desesperados las persianas de chapa de los viejos barberos de barrio, rogndoles que les abrieran por lo que ms quisieran para salvar sus carreras. Otros, los veteranos de la vieja escuela, decidieron apostar a su antigedad, convencidos de que el Mayor no se atrevera a tocar a los hombres que realmente manejaban la calle, y se quedaron tomando caf fro en el casino de suboficiales.
Pero la gran mayora termin en el subsuelo. Entre el olor a humedad y los archivos viejos, la cuadra de oficiales se transform en un purgatorio de sombras y ansiedad, en una barbera clandestina de campaa. El miedo al castigo y a la humillacin pblica era una presencia fsica en el aire.
Sin espejos para guiar el pulso e iluminados apenas por la luz mortecina de un tubo fluorescente que parpadeaba, tres sillas de madera hacan de improvisados sillones. Los agentes ms jvenes se entregaron a las manos de cualquiera que se animara a sostener una herramienta. Usaron tijeras de oficina de esas largas, para cortar papel y maquinillas mecnicas manuales que encontraron en el fondo de un armario.
Quedate quieto, por Dios te lo pido, quedate quieto susurraba un cabo primero, cuyas manos temblaban tanto que la pesada tijera de escritorio tintineaba contra un peine de plstico.
Cmo va? Decime que va bien... rogaba el que estaba sentado, con los nudillos blancos de tanto apretar los apoyabrazos de la silla.
El resultado era un catlogo de espanto esttico. Al no haber espejos, los cortes eran una sucesin de trasquilones brutales. Haba "escalones" marcados en la nuca, zonas donde la tijera haba entrado de ms dejando parches de cuero cabelludo expuesto, y lneas de patillas completamente asimtricas. Para colmo, las maquinillas viejas no cortaban el pelo, sino que lo atrapaban y lo arrancaban de cuajo al cerrar la palanca. Los hombres apretaban los dientes para no gritar cuando el metal se trababa en sus nucas. El dolor no importaba lo nico que importaba era la mirada matemtica del Mayor a las seis de la maana.
Cada vez que se escuchaban pasos pesados en la escalera de caracol que bajaba del piso principal, el taller clandestino quedaba en un silencio sepulcral. El sonido de las tijeras se detena en el aire y las respiraciones se contenan, temiendo que fuera el mismsimo Mayor. Cuando el peligro pasaba, el frenes volva. Estaban quedando deformes y ridculos, despojados de cualquier gracia, pero las nucas empezaban a quedar peladas.
De pronto, la puerta de hierro del stano se abri con un quejido largo. Por la escalera de caracol baj el mismsimo Comisario Inspector. El hombre duro que llevaba ms de veinte aos manejando las calles entr al taller con el rostro demudado, la gorra en la mano y la mirada fija en el suelo cubierto de mechones oscuros. Traa el mismo terror reverencial que los reclutas de veinte aos. Saba que sus propias patillas anchas eran una declaracin de guerra para el Mayor.
Quin es el que mejor pulso tiene ac? pregunt el Comisario. Su voz son extraamente apagada, casi un ruego.
Los oficiales se miraron entre s, aterrorizados. Nadie quera ser el responsable de arruinarle la cabeza al jefe.
Usted, sargento, venga orden el Comisario.
Se quit la gorra, el saco, y la camisa del uniforme con una lentitud casi ceremonial, dejndola colgada con cuidado para que no se arrugara. Qued en mangas de camisa, se sent en la silla de madera del medio, cerr los ojos y apoy las manos sobre las rodillas.
Dele sin asco, sargento. Media americana. Que no quede nada abajo dijo, apretando las mandbulas. Si el Mayor me ve una sola hilacha tocando el cuello de la camisa a las seis de la maana, estamos todos afuera.
Al sargento le temblaban tanto las manos que el metal de la tijera de oficina tintine antes de rozar la nuca del jefe. El primer tijerazo son seco, rotundo. Un mechn grueso y grisceo de la patilla derecha del Comisario cay sobre su propio hombro. El sargento avanz a ciegas, hachando el cabello sin ninguna sutileza. El Comisario senta el fro del acero rozndole el cuero cabelludo, pero no se mova un milmetro. Ver a su jefe mximo sometido a esa humillacin esttica termin de demoler el poco coraje que les quedaba a los agentes jvenes.
En diez minutos, el trabajo estuvo hecho. El Comisario abri los ojos, se pas la mano por la nuca y sinti el desastre estaba extraa, spera, llena de desniveles, escalones y parches fros donde la mquina vieja haba arrancado el pelo de cuajo. Tena una oreja despejada hasta la mitad del crneo y la otra con un contorno torcido. Se puso de pie, se coloc la camisa azul con movimientos mecnicos y se calz la gorra hasta las cejas para tapar los costados.
Limpien todo esto dijo, mirando el cementerio de cabello en el piso. Que no quede un solo rastro. Maana formamos a las cinco y media.
El Comisario subi las escaleras de piedra con un peso asfixiante en el pecho. Esquiv la mirada de los pocos centinelas del pasillo y se meti directo en el bao de oficiales del primer piso. Necesitaba mirarse.
Se plant frente al gran espejo de tres cuerpos sobre los lavatorios de loza. Se quit la gorra con manos temblorosas y, al levantar la vista, el pnico se apoder de l de una manera brutal. Lo que vio en el reflejo era una caricatura grotesca. El sargento, devorado por los nervios, le haba destrozado la cabeza. Del lado izquierdo, el corte suba casi vertical hasta la mitad del crneo del lado derecho le quedaba un remanente de pelo largo que caa como un hachazo torcido sobre la oreja. La nuca era un mapa de trasquilones.
Presentarse as ante la mirada clnica e implacable del Mayor a las seis de la maana sera su fin. El Mayor lo vera como un payaso, un hombre incapaz de controlar su propia presencia, y el castigo sera la destitucin inmediata. Volver a bajar al stano no era una opcin las tijeras de papel solo empeoraran el desastre.
Entonces, sus ojos bajaron al estante de mrmol. Ah estaba una barra de jabn Federal de barra gruesa y la vieja maquina de afeitar de acero que guardaba en su neceser. El miedo se transform en una fra resolucin.
Abri la canilla de bronce y dej que el agua caliente corriera hasta que el espejo empez a empaarse. Con las manos rgidas por la tensin, frot la barra de jabn entre sus palmas hasta generar una espuma densa, blanca y pesada. Sin dudarlo, se cubri la cabeza, tapando los trasquilones y los mechones largos bajo una gruesa capa de espuma que pareca nieve.
Tom la maquina de afeitar. Su mano, que haba empuado armas en los tiroteos ms duros, ahora sostena el filo con un pulso de cirujano. Apoy la hoja de acero templado en la parte alta de la frente, justo donde naca el pelo.
Ras.
El primer trazo baj limpio, arrastrando la espuma y el cabello de cuajo. El sonido del acero cortando al ras retumb en las paredes de azulejos.
Ras. Ras.
La navajamaquina de afeitar avanzaba con velocidad vertiginosa pero precisa, recorriendo las curvas de su crneo, bajando por los costados, eliminando de una vez por todas las patillas y las marcas del desastre del sargento. Limpi la nuca a ciegas, pasando la hoja con firmeza de abajo hacia arriba, raspando hasta la ltima resistencia de queratina.
Cuando termin, meti la cabeza directamente bajo el chorro de agua fra, lavando los restos de espuma. Se incorpor y us una toalla blanca para secarse. Al mirarse de nuevo al espejo, el aire le volvi a los pulmones. El desastre haba desaparecido. Su cabeza estaba completamente lisa, suave al tacto y brillante bajo el reflejo de los tubos fluorescentes. No quedaba un solo milmetro de cabello. Ahora, su aspecto era el de un monje guerrero. El pnico se retir, dejando en su lugar la fra certeza de que, a las seis de la maana, el Mayor no encontrara una sola falla en l.
A las cinco y cincuenta y cinco de la maana, la Jefatura era un iceberg de piedra gris. El fro de mayo se haba encajado en el patio central del edificio, un enorme rectngulo de baldosas donde la luz del alba todava no lograba disipar las sombras. La tropa estaba formada en tres hileras perfectas. El silencio era total solo se escuchaba el castaeteo de dientes que algunos oficiales intentaban disimular apretando las mandbulas.
A las seis en punto, la pesada puerta doble del despacho principal se abri. El Mayor sali al balcn de la galera interna. Su uniforme pareca blindado las jinetas doradas brillaban, el cuello de la guerrera rgido como el mrmol, y su bigote recortado con una precisin quirrgica. Detrs de l, dando un paso firme, apareci el Comisario Inspector.
Al ver al Comisario, un escalofro invisible recorri las filas de los oficiales. Su cabeza, completamente rapada, lisa, suave y brillante, reflejaba la luz cruda de los tubos como una esfera de acero. Caminaba con la vista al frente, llevando su calvicie forzada como una medalla de absoluta sumisin.
Atencin firmes! tron la voz del Comisario.
Cien botas impactaron contra el suelo en un solo golpe seco. El Mayor baj las escaleras de piedra con paso lento, rtmico, letal. De su dedo ndice colgaba, balancendose apenas, la pesada tijera de acero alemn. El sonido del metal chocando suavemente contra su anillo era el nico ruido en el patio.
El Mayor inici la inspeccin. Camin fila por fila, detenindose exactamente a treinta centmetros de cada hombre. Frente a la primera fila los muchachos del subsuelo, el Mayor se detuvo. Sus nucas eran un poema de desesperacin, llena de parches grises y lneas asimtricas. El Mayor recorri la hilera con una mueca que rozaba el asco, pero no dijo nada. El pelo no estaba. Haban cumplido, por las malas, pero haban cumplido. El terror haba funcionado.
El verdadero drama ocurri en la tercera fila, donde estaban los veteranos que haban decidido apostar a su antigedad. El Mayor se plant frente al Sargento Primero que la noche anterior fumaba confiado. Las patillas del sargento, densas y oscuras, bajaban desafiantes hasta la mitad de la mandbula. Su cabello trasero rozaba levemente el cuello de la guerrera.
El silencio en el patio se volvi asfixiante. El Mayor no grit. Dio un paso ms, quedando a milmetros del rostro del veterano.
Sargento Primero susurr el Mayor, con voz glida. Veo que usted todava habita en el pasado. Veo que para usted la disciplina es una sugerencia.
Mayor, mis veinte aos de servicio empez el sargento, con los ojos fijos al frente.
Sus veinte aos de servicio no lo eximen de la ley, Sargento lo interrumpi el Mayor con suavidad paterna. Lo obligan a dar el ejemplo.
En un movimiento rpido, el Mayor descruz las manos. El fro acero de la tijera alemana roz la mejilla del sargento. Con una precisin espantosa, meti las hojas largas en la patilla derecha y cerr la herramienta. Clac! Un mechn espeso de vello oscuro cay al suelo, dejando un hueco blanco y ridculo en la cara del veterano. Luego, el Mayor se gir hacia el Comisario.
Comisario Inspector orden el Mayor. Este hombre no est en condiciones de portar el uniforme de la Nacin. Llvelo al subsuelo. Que le dejen la cabeza tan limpia y despejada como la de usted. Y que permanezca en el calabozo de guardia.
Entendido, Mayor respondi el Comisario con voz de hierro.
El Mayor subi el primer escaln de la escalera de piedra, pero se detuvo. Lentamente, gir el cuerpo. Sus ojos militares se posaron sobre la figura del Comisario Inspector. La luz cruda del alba golpeaba de lleno en el crneo del Comisario era una superficie matemtica, lisa y brillante.
El Mayor baj el escaln, camin directo hacia l y extendi su mano enguantada. Con un movimiento casi ritual, pas las yemas de los dedos por la parte superior del crneo del uniformado, comprobando la suavidad absoluta que no pona la ms mnima resistencia. Una leve y glida mueca de satisfaccin dibuj los labios del Mayor.
Su corte es ejemplar, Comisario Inspector dijo el Mayor, y su voz reson clara en todo el patio. Esto es lo que la Patria necesita. Despojo absoluto de la vanidad civil. Rigor. Dgame... quin se lo hizo? El pulso que logr esta simetra es el de un profesional. Quin fue el autor de este trabajo?
El Comisario Inspector sinti un segundo de vaco. En su mente relampague la imagen de s mismo, solo en el bao, temblando de pnico frente al espejo. Pero ante el Mayor, el miedo deba transformarse en doctrina. Enderez an ms el mentn, haciendo que la luz del sol naciente destellara en su crneo perfectamente afeitado.
Me lo hice yo mismo, Mayor declar con voz firme. Consider que la mxima autoridad operativa de esta Jefatura no poda delegar el cumplimiento de su orden en manos de un subordinado. El orden empieza por uno mismo, y con mis propias manos apliqu la ley de esta Jefatura en mi cabeza.
El Mayor lo sostuvo la mirada durante unos segundos eternos. Finalmente, asinti despacio, con una aprobacin profunda.
Excelente, Comisario. Esa es la respuesta de un verdadero conductor concluy el Mayor, sacndose el guante y acaricio a piel desnuda el crneo, no solo con los dedos si no, que esta vez con toda la mano, dejando ver un gesto de satisfaccin y disfrute a la vez mientras lo haca, le dio un golpe seco pero paternal en el hombro. La autodisciplina es la base de nuestro poder. Que toda la fuerza tome nota. Es ms, un conductor no solo da el ejemplo con su propia persona esculpe a sus hombres a su imagen y semejanza. A partir de este momento, usted queda nombrado Censor Esttico de esta Jefatura. Quiero que le aplique su mismo corte al resto de la oficialidad. Uno por uno. Con sus propias manos.
Un murmullo unnime e involuntario, como el siseo de una serpiente, recorri las tres filas de la tropa. Las nucas trasquiladas parecieron encogerse. Esto era la humillacin total, el despojo absoluto de su identidad.
Silencio! rugi el Comisario, aunque por dentro sinti un vuelco en el estmago.
Pero el descontento ya haba encontrado una grieta. Desde el fondo de la segunda fila, un subinspector de apellido Rossi, un hombre joven de familia patricia, dio un paso al frente de manera temeraria. Estaba plido, pero la indignacin le ganaba al miedo.
Permiso para hablar, Mayor dijo Rossi. Con todo respeto a la Superioridad... el reglamento de la Polica Federal exige cabello corto, no el rapado absoluto. Esto atenta contra la dignidad del personal. En la calle nos van a confundir con convictos, seor.
A los costados de Rossi, otros dos oficiales asintieron con la cabeza. Es verdad, Mayor. Parecemos de la colimba, no oficiales de la ley.
El Mayor permaneci inmvil. En su rostro haba una sonrisa casi compasiva. Baj lentamente los escalones y camin hacia el Subinspector Rossi.
Su dignidad, Subinspector? pregunt en un susurro glido. Usted cree que la dignidad reside en unos filamentos de queratina muerta que le crecen en el crneo? Su dignidad es el uniforme. Y el uniforme no tolera la vanidad el Mayor se gir hacia el resto de la tropa, elevando la voz. Las quejas que escucho son el eco de una sociedad enferma. Si ustedes le temen a una navaja, cmo van a enfrentar la subversin en las calles? Quien no es capaz de entregar su cabello a la Patria, no es digno de portar sus armas.
El Mayor regres al centro del patio, al lado del Comisario Inspector.
No hay excepciones. No hay debates. Ante las quejas, la respuesta es el doble de disciplina el Mayor clav sus ojos en el Comisario. Comisario Inspector, proceda. Traigan las sillas al patio. Que toda la fuerza observe cmo se construye el orden. El que se resista a su navaja, queda exonerado de la fuerza en este mismo instante por insubordinacin.
El Comisario Inspector trag saliva, sintiendo el peso de cien miradas de odio y terror clavadas en su nuca calva. Mir sus propias manos. Horas antes, esas manos haban empuado la navaja por puro miedo ahora, tendran que empuarla por orden superior, transformndose en el verdugo esttico de sus propios hombres.
Traigan los taburetes, el jabn y las navajas de la guardia orden el Comisario. Subinspector Rossi... pase al frente y sintese. Vamos a empezar con usted.
El sol de la maana ya iluminaba por completo el patio central, reflejndose con una intensidad cegadora en las seis cabezas que, horas ms tarde, suban las escaleras de piedra hacia el despacho del Mayor. Al frente marchaba el Comisario Inspector, escoltado por cinco guardias de la dotacin. Todos tenan los crneos idnticos perfectamente calvos, lisos, suaves y relucientes bajo la luz del da. El patio abajo haba quedado en un silencio de tumba, con el resto de la tropa observando la procesin.
El Mayor los esperaba de pie junto al ventanal de su despacho, saboreando el triunfo de su filosofa. Al ver entrar a la comitiva, una sonrisa de profunda satisfaccin militar cruz su rostro.
Excelente trabajo, Comisario. Veo que la leccin fue aprendida dijo el Mayor, acomodndose la gorra impecable. Una tropa despejada es una tropa obediente. Ya pueden retirarse a sus puestos de guardia.
Pero nadie se movi. Los granticos cinco guardias y el Comisario permanecieron firmes, en una posicin de atencin rgida, con los ojos clavados en el infinito. El silencio en el despacho se volvi repentinamente espeso, pesado. El Mayor frunci el ceo, extraado por la falta de reaccin. Dio dos pasos hacia ellos, acortando la distancia.
Le dije que pueden retirarse, Comisario repiti, esta vez con un tono marcial. Rompan filas.
El Comisario Inspector no baj la mirada. Gir lentamente la cabeza hacia el Mayor. Su crneo calvo brill bajo el tubo fluorescente de la oficina. En sus ojos ya no quedaba el pnico de la madrugada ahora haba una frialdad matemtica, la misma que el Mayor le haba infundido.
Tengo que cumplir una orden suya, Mayor dijo el Comisario con una voz montona, casi reglamentaria.
Qu orden? pregunt el Mayor, retrocediendo un milmetro por instinto.
Usted lo dijo frente a toda la fuerza, seor. Sus palabras fueron "Quiero que le aplique su mismo corte al resto de la oficialidad. Uno por uno. Con sus propias manos". Usted es un oficial del Ejrcito Argentino, Mayor. Es parte de la oficialidad de esta Jefatura. Y su palabra ac adentro es la ley. As que... falta usted.
Antes de que el Mayor pudiera asimilar la audacia de las palabras, el Comisario hizo una leve sea con la mirada.
Los cinco guardias rompieron la formacin como una jaura coordinada. Se abalanzaron sobre el Mayor. El oficial militar intent reaccionar, busc con la mano el botn de la pistolera de su uniforme, pero los guardias eran hombres corpulentos de la Federal, endurecidos por la calle. Dos de ellos lo tomaron por los brazos, inmovilizndolo, mientras otros dos lo empujaron con violencia hacia la pesada silla de roble de su propio escritorio. El quinto guardia le forz la cabeza hacia atrs, exponiendo su cabellera perfectamente engominada.
Qu hacen? Esto es insubordinacin! Es traicin a la Patria! Los voy a mandar a fusilar! rugi el Mayor, con el rostro rojo de la furia, perdiendo por primera vez su compostura quirrgica.
El Comisario Inspector no respondi con gritos. Se acerc despacio al escritorio, estir la mano y tom la pesada tijera de acero alemn, la misma herramienta con la que el Mayor haba sembrado el terror.
No es insubordinacin, Mayor. Es disciplina dijo el Comisario, con una sonrisa helada que por fin se dibujaba en su rostro rapado. Estamos cumpliendo su doctrina al pie de la letra. Sin excepciones civiles. Sin vanidades.
Los guardias, conteniendo la risa y desquitndose del miedo de toda la noche, empezaron a burlarse abiertamente. Vamos a ver si el molde es tan simtrico, Mayor! dijo uno de los custodios, mientras le sujetaba los hombros con fuerza.
El Comisario meti los dedos en las anillas de la tijera. El primer tijerazo son ruidoso, brutal, justo en el medio del crneo del Mayor. Clac! El jopo perfecto, impregnado de fijador, cay entero sobre el expediente que estaba abierto en el escritorio.
Entre risas contenidas y burlas de los guardias, la tijera avanz sin piedad. No buscaban prolijidad en esta etapa buscaban el escarnio. Le cortaron el pelo a hachazos desiguales, dejndole mechones largos de un lado, trasquilones ridculos en la nuca y el flequillo mutilado. El Mayor, inmovilizado, respiraba agolpado, viendo cmo sus propios cabellos pulcros tapizaban el suelo de su despacho. Su autoridad se desvaneca con cada mechn que tocaba la alfombra.
Cuando la cabeza del Mayor qued reducida a un nido destrozado y grotesco, el Comisario solt la tijera. Saco la maquina de afeitar y la barra de jabn Federal.
Ahora, terminemos el trabajo dijo el Comisario.
Uno de los guardias verti un chorro de agua fra del termo de la guardia sobre la cabeza del Mayor, mientras el Comisario genera una espuma densa y blanca entre sus manos. Se la aplic en el crneo con movimientos bruscos, tapando los trasquilones y los ojos inyectados en sangre del militar.
El Mayor dej de gritar el fro del acero de su propia navaja apoyado en la frente lo llam al silencio.
Ras.
El Comisario arrastr la navaja con una firmeza implacable, de la frente a la nuca. El acero afeitaba al ras, eliminando el bigote militar milimtrico, las patillas perfectas y cada rastro de la cabellera del Mayor. Los guardias observaban el proceso con un deleite silencioso. En pocos minutos, la navaja recorri todo el crneo.
El Comisario tom la toalla del Mayor, le limpi los restos de espuma con un movimiento enrgico y dio un paso atrs.
Los guardias lo soltaron. El Mayor qued sentado en su silln, jadeando, con el uniforme revuelto y la cabeza completamente lisa, suave, brillante y desnuda. Ya no pareca un interventor militar temible ahora se vea exactamente igual que los seis detenidos de la tarde anterior, exactamente igual que el Comisario, exactamente igual que toda la tropa que custodiaba el edificio.
El Comisario Inspector se cuadr, se coloc la gorra reglamentaria y mir al Mayor, cuyo crneo reluca bajo la luz del despacho.
La oficialidad est uniformada por dentro y por fuera, Mayor. El orden ha sido completado dijo el Comisario con una irona implacable. Le acaricio el crneo con toda la mano, Ahora s, con su permiso, nos retiramos.
Los seis hombres giraron sobre sus talones y salieron del despacho con un paso marcial que hizo temblar el suelo. El Mayor se qued solo en su oficina, rodeado de un cementerio de pelo, mirando su propio reflejo reluciente y calvo en el ventanal, atrapado para siempre en la perfecta y terrible prisin esttica que l mismo haba construido.
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