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El ultimo Turno by PELUQUERO


El ultimo Turno

Siempre tuve la fantasa de que me pelaran al cero, pero siempre encontr una excusa para esquivarla. En mi juventud, llevar la cabeza rapada te converta en un paria, un bicho raro mirado como si fueras de otro planeta. Hoy, cuando cruzo la barrera de los 45 aos y el rapado es la norma, siento que el tren ya pas. Sin embargo, cada verano, el deseo residual volva en forma de un corte muy corto. Hasta ayer. Ayer, tras un repentino e irracional ataque de valenta mientras terminaba unos clientes, decid que era el momento, no sabia donde ir no estaba en mi ciudad soy visitador medico y estaba en mar del plata.

Busqu en Google, elegi un lugar al azar y mande un WhatsApp. La respuesta fue cortante Turnos agotados por los prximos diez das. Ya cerramos. Pero el peluquero todava esta adentro. Si vens ya, te espera, confirma con tu nombre, confirme Andres.

Cuando llegu, las persianas metlicas ya estaban bajas, dejando pasar apenas un hilo de luz de la calle. El ambiente era espeso, iluminado por un tubo fluorescente que parpadeaba con un zumbido imperceptible pero molesto. Cuatro sillones vacos se alineaban como centinelas en la penumbra. Detrs del ltimo me esperaba l. Ricardo. Un hombre de unos 48 aos, de mirada indescifrable y manos pesadas.

Mientras el ultimo cliente salia apurado, esquivando mi mirada, Ricardo sacudia una capa blanca en el aire con un chasquido seco.

cuando entre me miro y me dijo ANDRES! respondi si sr - Sentate me ordeno, mas que invitarme.

Antes de que pudiera acomodarme, revoloteo la tela sobre mi cabeza. El nudo en mi cuello fue tan firme que senti que, en un segundo, habia quedado completamente a su merced, inmovilizado bajo el lienzo. Me peino hacia un costado y me clav la mirada a traves del espejo.

Como lo usas? oCmo te corto? pregunto, carente de la cortesa habitual de un comerciante.

Trague saliva, buscando el coraje que se me estaba escapando por los poros.

Me gustara algo corto... atine a decir.
Bien. Que tan corto? replico el, sin parpadear.
No se... lo mas corto que se pueda a tijera.
Una media americana, entonces?
Si, creo que eso estara bien.

Ricardo dio dos tijeretazos rapidos, implacables, y detuvo su mano. Me mostro el espejo. En ese instante, una pulsion autodestructiva me domino. Si no lo haca ahora, no lo hara jamas.

Ricardo... quiero que vaya ms corto.
Cuanto mas corto? Su tono se volvio mas seco, casi desafiante.
Al cero solte. Las palabras pesaron como el plomo en el aire silencioso de la peluquera.

Ricardo detuvo todo movimiento. Su reflejo en el espejo esbozo una sonrisa lenta, cargada de una superioridad que me helo la sangre.

Seguro? pregunto, entornando los ojos. Mira que al cero es nada, eh? Aca no hay espacio para arrepentimientos. Si meto la mquina, no hay vuelta atras. Estas en mis manos.
Entonces... adelante dije, aunque mi voz tembl notablemente.

La sonrisa de Ricardo se ensancho, transformndose en una mueca de burla fra.

Bueno. Despus no quiero llantos ni reclamos, estamos? Pero para esto... tengo que pasarte la mquina de verdad.
mientrs tomo la maquina electrica .
No hay otra manera? pregunte, sintiendo un sbito ahogo, no me gustasn las cosas electricas .
A ver... Ricardo camino hacia un mueble del local, sus pasos resonando en el piso. Creo que tengo una vieja mquina manual aca, de cuando les cortaba el pelo a los colimbas. De las que no perdonan.

Lo vi sacar de un cajn oscuro un artefacto de hierro, opaco, pesado. El pnico me oprimi el pecho. Quise levantarme, quise decirle que era una broma, que me dejara la media americana, pero el cuerpo no me respondi. Me aferr a los brazos del silln con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Todo mi cuerpo se volvi rgido, una estatua de nervios esperando la ejecucin.

Ricardo hizo funcionar la mquina en el aire. El sonido metlico, el clac-clac-clac de las cuchillas ajustadas por la mariposa del muelle, son macabro en el local cerrado. Se par detrs de m.

Con una firmeza desmedida, me empujo la cabeza hacia adelante. Su mano izquierda me aplasto la nuca con tanta fuerza que mi menton se hundio violentamente en el pecho. No poda mirar el espejo. Estaba a ciegas. Senti el acero helado apoyarse directamente en la base de la nuca. El frio me recorrio la espina dorsal. Ya no hay retorno, pense, y un profundo sentimiento de arrepentimiento me invadio. Que carajo estaba haciendo?

La mquina empezo a subir. No era el andar suave de un aparato moderno esta tironeaba, cortaba al ras de la piel con una lentitud sadica. Senti como subia hasta la coronilla. En mi mente, visualice perfectamente el surco desnudo que iba dejando en mi cabeza.

Ricardo volvia a la base. Otra franja. Y otra. El frio del aire de la peluquera empezo a golpear las zonas desnudas de mi craneo. Yo respiraba agitado, con los ojos abiertos de par en par, viendo fijamente la tela blanca cubierta de mi propia identidad cayendo al suelo.

Cuando me permiti levantar la cabeza, Ricardo vio mi rostro desencajado a traves del espejo. El sudor me caia por la frente. el no disimulo me miro fijamente y sonrio con una burla cruel, disfrutando abiertamente de mi humillacion y de mi miedo. Su mirada me decia, con absoluta claridad Jodete por boludo. Vos lo pediste.

Termino de rapar los laterales con la misma parsimonia destructiva, saboreando cada milmetro que me quitaba. Cuando el piso quedo cubierto de una alfombra de pelo, se detuvo.

Levant el espejo de mano para mostrarme la nuca. Yo no era yo. Era un extrao, un prisionero, alguien despojado de todo.

Si lo queres bien liso... te puedo pasar la navaja y afeitar me susurro al oido, con un tono falsamente servicial, disfrutando de mi vulnerabilidad.
No, no... asi esta bien logre articular, con la voz rota por el arrepentimiento. Estaba totalmente rapado. Mi fantasia se habia cumplido, pero se sentia como una condena.

Me saco la capa con un movimiento brusco, levantando una nube de pelo fino. Bajo del sillon casi tambalendome, llevandome las manos a la cabeza, asimilando el tacto extrano y frontal de mi propia piel desnuda.

Ricardo, mientras guardaba la vieja maquina militar en el cajon, solto una carcajada limpia, ruidosa, que reboto en las paredes de la peluqueira vacia.

Si de camino a tu casa te arrepentis y lo queres ms corto, volve que sigo, eh? se burlo, mirndome desde arriba.

Force una risa nerviosa, patetica, solo para intentar recuperar un poco de dignidad. Los dos nos reiamos,. l, por haber gozado con sadismo de mi humillacin y mi absoluto nerviosismo yo, como un mecanismo de defensa para no ponerme a llorar en medio de la noche.




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