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eluqueria ANGELITO by Santiago


Con el tiempollegué a entender el por qué de mis cortes de pelo extremos en la infancia , que tanta angustia me causaban y que hacían que mis viajes a lo de Don Antonio, el peluquero, estuvieran cargados de miedos. Sin dudas mi padre ( un gran tipo) tenía cierto fetichismo referido a los cortes de pelo razón por la cual , creo, disfrutaba llevandome a la peluquería, independientemente que él se cortara el cabello o no.
Cuando mi pelo empezaba a crecer se repetía la charla en la mesa durante la cena. En ese caso mi padre tomaba una postura autoritaria y la pregunta era siempre la misma:- Y? que espera Ud para cortarse esa melena? Quiere que lo lleve yo? A mi se me hacía un nudo en la garganta y sólo bajaba la cabeza. Mañana mismo , cuando vuelva del trabajo, vamos a visitar a Antonio, estamos? La peluquería estaba a una cuadra de casa por lo que yo podía ir solo, pero no, mi padre cumpliría con la ceremonia. Toda esa noche y el día siguiente mi angustia llegaba a su punto máximo. Cuando se iba aproximando la hora de su regreso ya los nervios me carcomían. Yo ya sabía todo lo que iba a ocurrir. Al llegar mi padre, tomaba unos mates con mi vieja y charlaban de cosas de todo el día mientras yo esperaba el momento haciendo la tarea de la escuela. Cuando todo estaba dispuesto, me decía :- Bueno, che, vamos a ver si Don Antonio te saca toda esa porra (léase pelo crecido). Mi vieja me miraba con resignación, para ella el peluquero Antonio era de lo peor, por eso le decía siempre a mi padre:- José, ojo con lo que hacés, eh? porque sabía como terminaba la historia.
Allá me llevaba del brazo esa cuadra hasta llegar a la puerta. Entrábamos , saludaba y me hacía sentar en una silla de madera para esperar mi turno si es que había gente delante. Siempre había gente delante, siempre eran personans tan viejas como el peluquero, jamás vi gente joven mas allá de algún otro niño del barrio que corría la misma suerte que yo. Mientras todos charlaban de distintos temas yo, inmóvil en mi silla, miraba con estupor como invariablemente, todos los clientes terminaban rapados por las máquinas del peluquero. Uno tras otro iban desfilando hasta que llegaba mi turno. Don Antonio ponía en el centro del salón y de frente al gran espejo la silleta alta de madera para los niñosy sonriente , y con la sábana blanca desplegada en el aire como un telón me invitaba a sentarme. Mi padre me acompañaba hasta la silla y, tomándome por debajo de los brazos, me alzaba y me sentaba mientras el peluquero revoleaba por el aire la tela y me cubría por completo. La ajustaba con fuerza a mi espalda y yo quedaba en manos del verdugo. Casi ni se hablaba de mi corte, sólo la pregunta era:- Como siempre, no? La respuesta de mi padre era , tambien , siempre la misma:- Y más corto también....El peluquero sonreía con malicia. Con una de las máquinas se dirigía a mi espalda y sosteniendo con fuerza mi cabeza hacia abajo, empezaba desde la base de mi nuca a hacer correr la máquina hasta la coronilla. Repetía en varias franjas, una junto a otra, hasta rapar toda la parte trasera. Me doblaba las orejas y me pelaba detras de ellas hasta la cima haciendo grandes arcos sobre ellas. Yo notaba como mi padre disfrutaba de mi corte. La charla seguía y , por momentos, dejaba de cortar sin soltarme la cabeza para seguir la conversación. Luego volvía a la nuca y seguía pelándome. Con tijera me cortaba casi todo el pelo de arriba hasta que estuviera acorde al pelado de la nuca. Me ponía talco y cepillaba la cabeza. La capa estaba cubierta de pelos. Me la desabrochaba, la sacudía y la volvía a anudar. Con otra máquina me pelaba sobre lo ya pelado. Ahora sentía la presión de la cortapelo contra mi cuero cabelludo. Siempre con mi cabeza gacha me pelaba a su antojo. Por momentos me pasaba la palma de su mano por la cabeza a contrapelo como mostrando quien dominaba la situación. Terminaba afeitándome en seco la base de la nuca y detras de las orejas con una navaja que afilaba en una tira de cuero que colgaba de uno de los apoyabrazos del sillón. Al terminar le preguntaba a mi padre por el corte y él , acercándose a la silla , me acxariciaba la nuca aprobando el trabajo . Hubo oportunidades en las que le pedía más corto entonces el peluquero sacaba de un cajón la máquina electrica y me rapaba la nuca al ras. Cuando me bajaba de la silla, generalmente a punto de llorar, Antonio me decía que me había portado bien entonces me daba algunos caramelos. Volvía a casa totalmente rapado y, como cada vez que ocurría mi corte, mi madre le ponía el grito en el cielo. Esto se repitió hasta mis 12 años cuando ya , en la escuela secundaria, pude mantener un corte no tan extremo.



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