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americana al ras by angel


he leído una historia en castellano enviada por Rafael en la que recuerda sus peluquerías de barrio. Me ha traido infinidad de recuerdos porque , en mi niñez y adolescencia conocí todas ellas, por lo que estimo que fuimos vecinos aunque por ese nombre no recuerdo a ninguna persona. Seguramente , o no, estará utilizando algún seudónimo. Yo no lo uso , así que si en algún momento él lee esta historia tal vez pueda contactarse conmigo , si es que me recuerda. Vaya lo que son las redes sociales.....
La diferencia es que , según él , tenía como peluquería base la de Don Domingo que se llamaba PELUQUERÍA SAN MARTÍN, mientras que mi peluquero habitual era Quiroga ( nunca supe su nombre, para todos era Don Quiroga). Domingo nunca metió mano en mi cabeza de niño pero la recuerdo porque quedaba en el camino a mi escuela primaria.
El resto de las peluquerías que él nombre estaban , todas , cerca de mi casa pero nunca me cambiaron el peluquero, o sea que el único que me cortó el pelo fue Quiroga ( vaya privilegio, jajajaj).
Tenía su peluquería en la calle Cavour entre Andrade y O¨Brien. Recuerdo que estaba más arriba del nivel de la calle por lo tanto había que subir dos o tres escalones para entrar al local. Era como subir al cadalso....jajaja.
Era un peluquero callado , pero no por eso menos verdugo que los otros. En mi niñez( hablo hasta mis 11 o 12 años) ya era una persona mayor que orillaba los 50 largos. Su local tenía sólo un sillón frente a un mueble de madera sobre el que reposaba un gran espejo y detrás de él algunas banquetas para quienes esperaban su turno. Sobre el mueble lucía todas sus herramientas de trabajo, desde el peine más inofensivo hasta sus cortapelos mecánicas de un plateado aterrador.
Mi padre era su cliente por lo tanto, por herencia, también lo era yo. El local estaba a dos cuadras de mi casa sobre la misma calle ( dato para Rafael ). Mi padre tenía abundante cantidad de cabello renegrido aunque su corte era sólo en la base de su nuca, pero para mí había elegido ( quien sabe por qué) una rigurosa AMERICANA.
Recuerdo que los días más tristes de mi infancia eran aquellos en los que me llevaba, casi a los empujones, a cortarme el pelo. A veces él no precisaba de un corte , entonces la única víctima era yo. Ni bien subíamos esos escalones yo sabía , o presagiaba, cual sería el final. Yo entraba casi llorando y , si había algún cliente, me sentaba en una de las banquetas con la mirada perdida en los rincones del local, obvio, con mi viejo al lado controlando mis berrinches.
Quiroga se había quedado en el tiempo en cuanto al estilo de los cortes, tal vez porque todos sus clientes eran personas mayores, o niños a los que se los pelaba al Cero sin excepciones.
Cuando era mi turno, mi viejo me tomaba por debajo de los brazos y me sentaba en la silla alta de madera para niños que Quiroga disponía frente al espejo. Ahí quedaba yo a merced del peluquero. Me cubría con una inmensa tela blanca que me cubría todo y , después de anudarla con fuerza por detrás, me colocaba un pequeño paño , también blanco, por debajo de mi nuca. Mi cabello estaría crecido pero sólo unos centímetros, lo que ya era demasiado para la época. Del tipo de corte ni se hablaba. Ya estaba acordado entre mi padre y el peluquero. Solo a veces , Quiroga quería asegurarse y preguntaba por compromiso: Peladito como siempre, no? ...la respuesta era un rotundo Sí, Quiroga. El peluquero esbozaba una sonrisa cómplice ( al menos eso es lo que me parecía)y daba inicio al ritual. Me estiraba todo el pelo con el peine y yo podía ver en la imagen reflejada como me cubría hasta la mitad de mis orejas. Era la última imagen mía con pelo. Con una máquina me pelaba hasta la coronilla , detras de las orejas y las patillas hasta las sienes. Me rebajaba , con tijeras , el pelo de arriba de la cabeza y para terminar de darle forma a la masacre me pasaba la maquina cero por donde ya estaba rapado. Mi transformación había sido total. Me entalcaba la nuca y con un cepillo quitaba todos los recortes de pelo . En apenas 15 o 20 minutos me había hecho un corte al ras. Le pedía aprobación a mi viejo , que daba el visto bueno y , como si fuera poco daba una última pasada con la máquina por la nuca y los laterales. No me mostraba el corte con el espejo de mano porque no era yo quien debía estar conforme, con la aprobación de mi padre para Quiroga era suficiente. Me desabrochaba la tela , que estaba cubierta con mi antigua ¨melena¨ y yo bajaba de un salto acariciandome mi nuca rapada al cero. El viaje de regreso a casa era entre sollozos y mi pelo tardaría al menos dos meses en crecer algo hasta la próxima esquila.



















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