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De pequeño era más rubio by Barbero Militar
La historia que voy a contar le sucedió realmente a un chico marroquÃ, natural de la ciudad de Tánger. Actualmente es propietario de varios negocios. Con frecuencia yo acudo a una barberÃa que regenta. En ella tiene empleados a varios barberos, la mayorÃa parientes suyos. Nos pusimos a charlar amigablemente y me interesé por sus rasgos faciales, impropios para un joven de raza árabe. Me explicó que en el pasado la ciudad de Tánger fue colonizada por gentes provenientes del norte de Europa. Asà se explica que algunos de ellos tengan el cabello rubio y los ojos azules. Pero lo que voy a narrar se originó a partir de una frase que pronunció con contundencia “de pequeño era más rubioâ€. Me contó lo siguiente:
-Yo de pequeño era aún más rubio. Mi padre fue el culpable de que se me oscureciera el pelo. Mi familia y yo llegamos en 1991 a España. Mi padre habÃa ejercido de barbero en un barrio muy humilde de Tánger. Sólo sabÃa hacer lo básico. A su pequeña peluquerÃa acudÃan principalmente hombres mayores y niños. A todos les metÃa la maquinilla, no les daba opción. A la mayorÃa de los niños, especialmente en verano, después de pelarlos al cero con aquellas maquinillas de mano tan antiguas, les rasuraba la cabeza. Se la enjabonaba y con la navaja barbera les dejaba el cráneo mondo y lirondo, sin sombra de pelo. También los viejos del lugar tenÃan por costumbre afeitarse el cabello a la vez que la barba. Un tanto por ciento muy elevado de los clientes salÃan sin un solo pelo, como bolas de billar.
-Mi padre cuando vino a España trabajó en otros sectores que no tenÃan nada que ver con la barberÃa. Comprendió que esos rapados brutales que acostumbraba a hacer en Marruecos aquà no tenÃan seguidores. En casa, en un cajón de la cocina, guardaba con mimo y perfectamente ordenada su preciada herramienta. Incluso con frecuencia, a pesar de no utilizarlas, aceitaba las maquinillas manuales para que estuvieran siempre listas para usar, evitando que se oxidasen.
-Yo en aquel momento era su único hijo varón. Todos mis familiares me adoraban y se maravillaban de mi cabello rubio y ondulado; especialmente las mujeres de la familia hacÃan elogios de mi pelo. Mi padre era el imán de la ciudad en que vivÃamos y siempre estaba muy ocupado, pasaba poco tiempo en casa; sólo le veÃa a las horas de la comida y por la noche. Pero según fui creciendo, al cumplir la edad de siete años, empezó a disgustarse por la largura de mi cabello. Era un hombre taciturno y poco dado a expresar sus sentimientos. En más de una ocasión se sintió ofendido porque algún paisano suyo le habÃa comentado que yo parecÃa una niña. Para un musulmán, tan celoso de sus creencias como lo era él, aquello suponÃa una grave ofensa. En el Corán se condena expresamente que un varón vista ropa femenina y adopte poses propias del sexo femenino. SabÃa que la culpa de todo aquello la tenÃa la largura de mi pelo. Se fue guardando para sus adentros todo su resentimiento y resquemor, a la espera de encontrar la situación más propicia para actuar en consecuencia.
-Desgraciadamente para mà llegó ese dÃa. Mi madre y mis hermanas mayores tuvieron que partir precipitadamente a Marruecos porque mi abuela se encontraba grave. Nos quedamos mi padre y yo solos en la casa. Como decÃs por aquÃ, la ocasión la pintaban calva, y nunca mejor dicho. Mi padre habÃa pedido unos dÃas de vacaciones para poder cuidarme. Era el único que se podÃa hacer cargo de mà porque yo era aún demasiado pequeño para hacer un viaje relámpago; además no podÃa perder dÃas de clase. En aquel tiempo éramos una especie de pioneros, venidos del Magreb, para trabajar en la próspera Europa. En las ciudades de provincias apenas habÃa paisanos y conocÃamos a muy poca gente. Lo que estaba claro era que mi padre no encontrarÃa una mejor ocasión que aquella para poner en marcha su malévolo plan. No tendrÃa que soportar las súplicas de mi madre y hermanas, que con mucha sutileza solÃan salirse con la suya. Recuerdo que era una tarde de domingo. Papá y yo estábamos comiendo en la cocina. Me miraba de una forma muy extraña. Yo sabÃa que al estar con él a solas no podÃa contar con mis habituales apoyos femeninos. Me rasqué involuntariamente la cabeza. Mi padre, con aquellos ojos negros y profundos, me miró fijamente y recibà su primera recriminación:
-Vas a llenar el cordero de pelos. Ahora tienes las manos sucias de tanto rascarte la cabeza. Yo voy a poner arreglo a esto hoy mismo, en cuanto acabemos de comer. Date prisa, te tengo preparada una sorpresa.
Con siete años no supe captar la fina ironÃa empleada por mi padre. Incluso me imaginé que me harÃa algún regalo, algunos chuches reservados para después de la comida. Recuerdo que comà más deprisa de lo habitual. Una vez que hubimos terminado le ayudé a recoger la mesa. QuerÃa que estuviera contento; ¿cuál serÃa la sorpresa que me tenÃa reservada?
Observé como se dirigÃa al cajón de la cocina en donde guardaba sus cosas. En más de una ocasión habÃa escondido allà algún juguete para mÃ. TenÃa una llave, de la que nunca se separaba, con la que abrÃa aquel misterioso cajón. Nadie más que él tenÃa acceso a su contenido. Le vi enredando en su herramienta. Sacó un paño blanco grande, inmenso, que lo tenÃa envuelto en un papel marrón de los que se usan en las ferreterÃas. Después vi como ordenaba su herramienta. La colocaba cuidadosamente encima de la mesa de la cocina. Yo seguÃa expectante; deseaba que acabara cuanto antes con todo aquel ceremonial. QuerÃa disfrutar de inmediato de la sorpresa que me habÃa prometido. Pero mi padre, con paciencia y meticulosidad, fue depositando todo el instrumental de su antigua profesión: las maquinillas manuales, cromadas y resplandecientes; su juego de navajas, heredado de un tÃo suyo con el que aprendió el oficio, una taza metálica; un cepillo con el mango de madera….
Comenzó a engrasar las maquinillas con un aceite especial; las querÃa en perfecto estado. Yo empezaba a impacientarme. Para mà todo aquello era un aburrimiento, una pérdida de tiempo. Sin embargo no protesté porque sabÃa que tenÃa las de perder. Mi padre me castigaba sin el menor de los miramientos si me enfrentaba a su autoridad. Ya tenÃa experiencia de ello. No querÃa perder mi regalito. Me recuerdo a mà mismo aburrido, mirando por la ventana, ojeando el reloj. Al fin terminó con todo aquello. Yo pensé que era absurdo cuidar tanto aquellos trastos si no los iba a usar con nadie. En mis siete años de vida no recuerdo haberle visto cortar el pelo a nadie. A mà me lo retocaba mi madre, con unas tijeras con la empuñadura de nácar. En la mayorÃa de las ocasiones mi padre habÃa protestado porque el flequillo casi me llegaba a la punta de la nariz. Las mujeres árabes, como decÃs por aquÃ, saben tener mano izquierda, y aparentar que obedecen a sus maridos aunque en el fondo se haga su santa voluntad. Para mi desgracia no contaba con ningún apoyo, estaba como en las pelÃculas del oeste “solo ante el peligroâ€. Mi padre me echó una mirada un tanto siniestra y sonrió con malicia antes de comunicarme lo que me esperaba:
-Ahora no está ni la mamá ni las hermanas para que el niño bonito, se esconda entre sus faldas. TenÃa ganas de quedarme a solas contigo. La verdad que yo siempre habÃa querido tener un niño varón, ya tengo tres mujeres en casa. Tú al parecer quieres imitar a tu madre y hermanas en todo. Como sigamos asà tendrás que cubrirte la cabeza cuando cumplas catorce años. El vecino del quinto, el peruano, me preguntó el otro dÃa en el ascensor que si eras una niña o un niño. Su mujer quiso arreglando diciendo que eras muy guapo y que por eso parecÃas una chica. Yo me sentà avergonzado. De hoy no pasa, vamos a poner el remedio antes de que sea demasiado tarde, antes de que te pongas a jugar con muñecas. Te voy a dejar pelón, como si fueras un balón de reglamento, lo quieras a no. Asà que siéntate en esta silla, por las buenas o por las malas.
-Mi padre en casa no solÃa hablar tanto. Aquello parecÃa uno de los sermones que pronunciaba en la mezquita los viernes por la mañana. Adoptó una posición solemne y sus palabras eran rotundas, como si fueran mandamientos coránicos. Yo me estremecÃ, no me esperaba aquello. Odiaba que me cortaran el pelo. SolÃa burlarme de los chicos de mi clase a los que les cortaban el pelo; les llamaba pelones, reclutas y cosas asÃ. Mi pelo representaba para mà un signo de prestigio social, el sÃmbolo de que yo a mi edad hacÃa lo que me venÃa en gana. Asà se lo hacÃa creer a los de mi colegio. En aquel momento me pareció estar viviendo una terrible pesadilla. Yo me opuse, imploré, supliqué y comencé a llorar. De nada me sirvió. Vi como mi padre, al resistirme a cumplir sus órdenes, se abalanzaba sobre mÃ. Intenté inútilmente escapar de él. Recuerdo que dimos varias vueltas en torno a la mesa redonda de la cocina. Al poco fui capturado. Sentà como sus potentes manos me sujetaban con fuerza. Yo presté resistencia, echando los pies hacia atrás. Todo fue en vano. Arrastras me condujo hasta la silla. Como no querÃa sentarme por las buenas me propinó un par de azotes en el trasero. Acto seguido me sujetó por los hombros y me redujo. Estaba dispuesto a todo con tal de que claudicara de mi actitud. Me amenazó con atarme a la silla, con amordazarme la boca si no dejaba de gritar y gemir. La batalla estaba perdida. SabÃa que mi padre tenÃa toda la autoridad sobre mÃ, que era más fuerte y que cuando se ponÃa asà era mejor obedecer. El culo lo tenÃa resentido de los manotazos con que me acababa de obsequiar. Recuerdo aquel hormigueo y una extraña sensación de calor en mis pueriles nalgas. Ya habÃa dejado de gritar pero seguà sollozando de una manera compulsiva e involuntaria. Mi cabello rubio como el oro acababa de ser sentenciado a muerte.
-Me envolvió en aquella inmensa capa de algodón, de un blanco resplandeciente, como la que se utiliza para amortajar a los recién fallecidos. Me la ató con fuerza al cuello. Acto seguido me peinó hacia atrás, con gran energÃa. Cuando le vi echar mano a aquella maquinilla metálica un escalofrÃo me recorrió todo el cuerpo. La movió amenazante en el aire, como si estuviera realizando un ejercicio de precalentamiento de sus muñecas. Sentà su pesada mano encima de mi cabeza, sujetándola con fuerza. Me encontraba completamente inmovilizado. Me la movÃa de un lado para otro, a su capricho. Al final decidió que lo mejor serÃa dejármela bien agachada, como queriendo expresar que estaba sometido a su voluntad. Me sentà como un siervo ante su señor, cabizbajo y con la mirada perdida. Temblé cuando colocó la maquinilla en mi cuello. Sentà la frialdad del metal. Mi padre empezó a moverla acompasadamente, como si se tratase de un rudimentario instrumento musical de los que usan los beduinos. PodÃa escuchar el sonido de los muelles mientras apretaba con fuerza sus dedos. Mi padre contraÃa y extendÃa la mano de una manera rÃtmica. También sentà un cosquilleo extremadamente placentero. Aquella maquinilla me hacÃa cosquillas y empecé a moverme compulsivamente en la silla. De vez en cuando mi padre me exigÃa que me quedase quieto en el asiento. Cada poco tiempo levantaba la maquinilla y lanzaba al suelo los mechones de mi cabello rubio. Aquel instrumento de tortura, que a la vez me producÃa una extraña sensación de placer, se deslizaba a gran velocidad por mi cabeza inmovilizada. En rededor mÃo tan solo podÃa ver los copos de pelo que se iban acumulando en el suelo.
-Continuó con los laterales. Aquella maquinilla era de las de púas estrechas, de las que pelaban más corto que al cero. Yo en aquella época no entendÃa de estas cosas pero estoy seguro de lo que afirmo. De repente mi padre me levantó bruscamente la cabeza, hasta ponerme mirando hacia el techo. Con su mano izquierda me sujetaba enérgicamente el cuello. Vi avanzar hacia mi frente la maquinilla. Los mechones de pelo seguÃan cayendo hacia el suelo, algunos acababan en la capa, acumulándose en los pliegues del tejido. Pensé que todo habÃa terminado cuando le vi coger el cepillo y pasármelo una y otra vez por mi cráneo de forma esférica. SentÃa frÃo. HabÃa perdido la protección de mi cabello. Sin embargo todavÃa no habÃa acabado aquella terrible tortura. Vi a mi padre acercarse con un recipiente metálico a la fregadera y llenarlo de agua para hacer espuma con el jabón de afeitar y untar en él la brocha. Sentà como me enjabonaba la cabeza y una sensación de frescor. Pacientemente me restregaba las cerdas de la brocha, dibujando cÃrculos. Pensé, inocente de mÃ, que aquello tenÃa como finalidad limpiarme la cabeza. Ya no me iba a cortar más el pelo. TenÃa que animarme a mà mismo, sacar fuerzas de flaqueza, ¡qué confundido estaba!
-Vi como mi padre cogÃa una de sus navajas y la afilaba en un suavizador. Aquella operación la realizaba de forma rÃtmica. Luego se la pasó por la mano y acto seguido me sujetó cuidadosamente la cabeza. Me advirtió que si me movÃa podÃa cortarme y que tendrÃa que llevarme al cuarto de socorro. Allà me darÃan puntos en la cabeza y esto me iba a doler muchÃsimo. Sentà miedo y permanecà inmóvil. La navaja se deslizaba por mi cuero cabelludo con gran suavidad, describiendo franjas. A pesar de mi corta edad supe que las manos de mi padre eran muy diestras usando aquel instrumental. Me estaba rasurando la cabeza un auténtico profesional de la barberÃa. Me dio dos o tres pasadas de navaja, la verdad que perdà la cuenta. Sus manos, un tanto ásperas, me acariciaban el cráneo en busca de algún resto de cabello. Para mà aquella era una experiencia nueva y traumatizante. Me aplicó un aceite de esencias por todo el cuero cabelludo que desprendÃa un aroma a plantas medicinales. Cuando dio por terminada la faena me desató la capa y me llevó al cuarto de baño. Mi padre reÃa de satisfacción al ver a su hijo varón con la cabeza resplandeciente como una bombilla. Mi piel todavÃa no habÃa absorbido el aceite y brillaba como si fuera de marfil.
-Yo no me conocÃa a mi mismo; aquel del espejo no podÃa ser yo. Estaba completamente calvo. No tenÃa ni un solo pelo en la cabeza. Al tocarme el cráneo noté la piel desnuda. Era una sensación inquietante. Recuerdo que me quedé callado. No pude hacer ningún comentario, las palabras no me salÃan. Estaba sufriendo un fuerte shock emocional. Mi padre, al verme tan angustiado, le quitó hierro al asunto. Me abrazó y besó en la mejilla con fuerza, mientras me acariciaba el cráneo. Recuerdo sus palabras:
-Ahora eres mi hijo de verdad, mi chico, mi pequeño machote. Papá va a estar muy orgulloso de ti. Jamás nadie me dirá que pareces una chica. Al que te lo diga te autorizo para que le pegues una patada. Asà me gusta, bien peloncete.
Yo empecé a llorar de nuevo. No sabÃa muy bien lo que me sucedÃa, me encontraba confuso. Aquello, que en principio me pareció un terrible castigo, ahora hasta me gustaba. De uno de sus bolsillos sacó una bolsa de gominolas de las de sabor a fresa y limón que eran las que más me gustaban. La sorpresa se habÃa hecho esperar.
Al dÃa siguiente acudà a clase con un gorro de lana. Intenté en vano ocultar mi rapado cráneo. En mis oÃdos resonaban las crueles burlas de mis compañeros. Me defendà lo mejor que pude. Me peleé con un par de chicos y recibieron su merecido. Curiosamente desde aquel dÃa las relaciones con mi padre fueron más fluidas. A pesar de que tengo casi treinta años jamás me planteo desobedecer una orden suya. Mis hermanos más pequeños se tienen que cortar el pelo cuando él se los manda. Acuden a mi barberÃa corriendo porque todos saben lo que le ocurrió a su hermano el de los ricitos de oro.
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