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Un caballero chapado a la antigua by Barbero Militar


LA BARBERÍA DE Clemente: LUGAR DE DESINFECCIÓN


Capítulo 1: un caballero chapado a la antigua

Recuerdo a mi padre como un hombre extremadamente metódico, de costumbres rutinarias y amante del orden y la disciplina. Enviudó a los pocos meses de nacer yo. A partir de ese momento, decidió renunciar a la vida social, a los amigos y a todo aquello que pudiese distraerle de sus obligaciones familiares. En su lecho de muerte le prometió a mi madre dedicarse, en cuerpo y alma, al cuidado de su único hijo; su mayor y única preocupación era "sacarme adelante”, conseguir hacer de mí "un hombre de provecho”. Trabajador infatigable, había accedido por méritos propios a un puesto de gran responsabilidad en la banca. No quería que me faltara de nada y anteponía mi bienestar a cualquier otra cosa. El escaso tiempo libre de que disponía lo pasaba junto a mí. Lo recuerdo como un padre cariñoso y a la vez muy autoritario. Me había impuesto unas normas de conducta que debía cumplir, sin ningún tipo de excusa. Él sabía perfectamente lo que me convenía. Ejercía sobre mí un férreo control; debía obedecerle sin rechistar.

Cada tarde, después de merendar, tenía que rendirle cuentas sobre mis actividades escolares. Su despacho de trabajo se transformaba en un aula y él se convertía en un severo preceptor. En aquel tiempo yo cursaba sexto de EGB; mi padre dominaba a la perfección todas y cada las asignaturas del curso. De momento se encontraba totalmente capacitado para explicarme las lecciones y no necesitaba contratar a ningún profesor particular. En estas circunstancias yo no tenía más opción que estudiar y ser un alumno aplicado.

En nuestro hogar "cada cosa tenía su sitio y había un sitio para cada cosa”; reinaba el orden absoluto, la improvisación no tenía cabida. Nada más entrar en casa, mi padre se dirigía a su dormitorio; se quitaba la americana y el chaleco del traje y los colgaba en el galán de noche, para evitar que se arrugaran. En invierno, para estar más cómodo y abrigado, vestía un batín gris marengo, de auténtico terciopelo de algodón, con pasamanería y trenzados, muy del gusto inglés. Se había comprado unas zapatillas a juego que llevaban bordada su inicial en el empeine. En época estival prefería usar una bata de seda, también en tono gris oscuro, y unas zapatillas negras de piel, abiertas por detrás.

Mi padre era un caballero extraordinariamente detallista. Vestía impecablemente, sin salirse un ápice del clasicismo más tradicional. Cuando necesitaba un traje nuevo acudía a la sastrería Brunete. Este establecimiento centenario confeccionaba trajes a medida para civiles y también uniformes militares. Siempre le atendía don Urbano, el propietario del negocio.

Mi padre se quedó anclado en los años sesenta. Aborrecía la estética de las solapas anchas y los pantalones de campana; encontraba los diseños modernos chabacanos y poco varoniles. Tampoco era partidario de los trajes de color claro, ni siquiera los usaba en los días más cálidos; le recordaban a los gánsteres de las películas y a los excéntricos turistas extranjeros. Optaba por tonos muy sobrios (marengo, marino, marrón y verde seco). Las chaqueta americana le gustaba sin abertura trasera, muy cerrada, con tres botones y solapa reducida. Consideraba que el chaleco, confeccionado con la misma tela del traje, era una prenda imprescindible; lo utilizaba en todas las estaciones del año. Los pantalones tenían que ser de pata estrecha. En cuanto a los tejidos se refiere, se decantaba por las franelas para combatir el frío invernal; las alpacas brillantes y oscuras las reservaba para la temporada de verano.

Casi todas sus camisas de vestir eran blancas y de puño puño doble, para poder así lucir los gemelos de oro. Usaba corbatas de pala estrecha, en tonos oscuros, lisas o con rayas discretas; solía tener problemas para encontrarlas; en aquellos años estaban de moda las anchas con estampados llamativos. Para sujetarse los pantalones recurría a los tradicionales tirantes elásticos, por supuesto en colores sobrios.

Los zapatos modernos, chatos y de forma cuadrada, tampoco le agradaban; opinaba que sólo eran apropiados para realizar trabajos rudos, como descargar camiones. Los lisos, de punta y con cordones eran sus favoritos. Revolvía Roma con Santiago hasta encontrarlos en alguna zapatería. Sabía que eran modelos antiguos, descatalogados, pero a él le gustaban y no había nada más que hablar. Para mi padre el calzado masculino sólo podía ser de dos colores: negro o marrón oscuro. Todos los días se los lustraba a conciencia; los pulía hasta que le quedaban "como dos espejos”. En algunas ocasiones, cuando acudía al Casino Mercantil, recurría a los servicios de un limpiabotas profesional.

Todos sus calcetines tenían que ser lisos y oscuros: grises, negros, marinos o marrones. Los combinaba tanto con la corbata como con el traje. Jamás se los compraba cortos; se los estiraba hasta que le llegaban a la altura de la rodilla. Tampoco le gustaban los tejidos gruesos, ni siquiera para el invierno. Sus calcetines favoritos eran los fabricados en hilo de Escocia y tejido de canalé de la marca Punto Blanco. Los alternaba con los extra-largos, finos y transparentes, de la marca Ejecutivo; este producto, novedoso en los años setenta, supuso para él un auténtico descubrimiento. Los adquiría en una mercería especializada en ropa de caballero, regentada por don Andrés del Castillo.

En este mismo establecimiento compraba la ropa interior. Opinaba que un caballero debía ser elegante hasta en paños menores. A pesar de su tradicionalismo en el vestir, aceptó de buen grado una prenda innovadora para la época: el llamado braslip, que carecía de pata. Los usaba blancos, de algodón tupido, altos de cintura y con bragueta. Haciendo juego llevaba la camiseta de tirantes, siempre de la misma marca que los calzoncillos. Para el verano prefería las camisetas y braslip de punto calado, con "agujeritos”, por ser este tejido muy fresquito y transpirable. Mi padre se mudaba todos los días, tanto de ropa interior como de calcetines.

Todas las mañanas, después de ducharse, comenzaba el ritual del afeitado. Se enjabonaba la cara con la brocha de tejón y se rasuraba con una maquinilla metálica. Para terminar se masajeaba el rostro, aplicándose una abundante cantidad de loción Flöid. Su marca favorita de colonia era Agua Brava. Toda su ropa, incluso sus armarios, desprendían este aroma tan masculino.

Antes de marcharme al colegio debía darle un beso de despedida. Al acercarme a él, aspiraba aquella fragancia tan varonil y penetrante. Cada quince días acudía a la barbería del Casino Mercantil para cortarse el pelo. Le gustaba llevar el cuello con una disminución muy marcada y el cogote a la intemperie. Siempre usaba las patillas muy cortas y cuadradas; las largas, que estaban tan de moda, le recordaban a las de los bandoleros del siglo XIX. En la zona de arriba se dejaba el pelo algo más largo y se lo peinaba con gomina. Los melenudos provocaban en él un rechazo visceral.

El Casino Mercantil era una sociedad privada de caballeros, con normas muy estrictas. A sus instalaciones no podían acceder ni mujeres ni niños menores de catorce años. Los socios buscaban un ambiente de relax y no permitían que nada enturbiase la paz de sus salones. Por este motivo mi padre y yo nos cortábamos el pelo en locales diferentes.




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