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El estanquero by Luis


Llevo dos meses viviendo en Madrid. Mi banco me ha trasladado de sucursal y ahora vivo en un estudio en la Plaza Santo Domingo, allí voy al supermercado, a por el pan y a por tabaco. La verdad es que fumo poco, soy lo que se llama un fumador social, aprovecho las pausas que tengo para desayunar y para comer para fumar un pitillo con mis compañeros y poco más, pero tengo ese vicio.

El primer día que fui al estanco de la plaza Santo Domingo conocí a su dueño, se llama Pepe y debe rondar los 40 años, unos 10 años más que yo, es un hombre alto, delgado y destaca por su peinado, un pelo a cepillo, o flattop, que no se ve mucho por Madrid. Cuando lo conocí lo llevaba rapado al 2 por los lados y algo más largo por arriba; poco a poco fuimos conociéndonos y haciéndonos más o menos amigos... y así fueron pasando los meses y llegó el mes de julio.

Yo, por cierto, llevo el típico peinado de banquero, mucha gomina, pelo peinado hacia el lado y poco estilo. Para colmo, mi pelo negro, cada vez escasea más en la parte de arriba y me han salido muchas canas en los laterales. Como cada lunes, fui a por mi paquete de tabaco y me quedé petrificado al ver el pelo de Pepe, llevaba los lados afeitados y el pelo de arriba mucho más corto, marcándose incluso el landstrip, era espectacular. Casi tartamudeando, le pedí el paquete de tabaco y me quéde embobado mirando su flattop, Pepe se giró y me pilló mirándolo.

- ¿Has visto, chaval, menuda rapada me he pegado?, me dijo entre risas.
- Sí, ya veo... dije rojo como un tomate.
- Es que ya hace mucho calor, por cierto, a ver cuando te lo cortas tú banquero, que menudos pelos llevas...
Yo asentí y me despedí, entre avergonzado y asombrado por el flattop del estanquero.

Tardé dos semanas en volver, me daba verguenza, y cuando fui el flattop de Pepe ya había crecido bastante y mi pelo seguía siendo un desastre. Cuando me vio, Pepe me sonrió y me dijo que había echado de menos mi visita, después se quedó mirando a mi pelo y dijo: "Vamos a cerrar hoy un poco antes y nos vamos al barbero". Yo intenté decirle que no, pero no me dejó contestar. "No me digas que no, llevas un pelo horrible y así te enseño la mejor barbería de Madrid".

Al cabo de 10 minutos, llegamos a la barbería, era pequeña y tradicional. Dentro había dos barberos, que conversaban sentados en un sillón. Uno rondaba los 55 años y era calvo, llevaba una perilla y no paraba de sonreír, cuando vio a Pepe, se levantó y le dio un abrazo. El otro barbero era algo más joven, unos 35 años, y llevaba un pelo estilo militar, con los lados rapados al 0 y arriba al 2.

Pepe le dijo: "Os he traído al amigo que os comenté, que ya veis que necesita pelarse". Yo me quedé a cuadros, les había hablado de mi pelo, quería irme corriendo de ahí.
- Venga, sentaros los dos que queremos irnos a comer", dijo el barbero mayor. "Yo te pelo, Pepe y mi hijo pelará a tu amigo".

Los barberos giraron las sillas y nos pusieron las capas, yo veía a Pepe sonriendo y yo estaba hecho un matojo de nervios. "Entonces, algo clásico, ¿verdad?", me preguntó mi barbero, mientras mojaba mi pelo, yo asentí y dije: "sí, un arreglito". Pepe sonrío y de repente, noté la máquina en mi nuca...

CONTINUARÁ...



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