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Prisión de Alta Seguridad. La frontera by BARBERO MILITAR


-LAS FRONTERAS HAY QUE RESPETARLAS

En realidad, Santiago Morales no era un delincuente, al menos en el sentido estricto de la palabra; digamos que tuvo muy mala suerte: se encontraba en el lugar menos adecuado en el momento más inoportuno. Intentó ingresar en Estados Unidos de manera fraudulenta. Un primo suyo, que vivía en Nueva York, le había dorado la píldora, haciéndole creer que saltarse los controles de inmigración era pan comido. Su treta consistió en traspasar la frontera con una documentación falsa, por la que tuvo que abonar previamente una ingente cantidad de dinero. Los nervios le traicionaron. Cuando se encontró frente al policía de la Patrulla Fronteriza, empezó a experimentar un cuadro de ansiedad: gruesas gotas de sudor bañaban su frente; las piernas le temblaban; el corazón le palpitaba con tanta fuerza que parecía se le iba a salir del pecho; con gran dificultad pronunciaba unas pocas frases, aprendidas de manera mecánica en la academia de inglés. Cuando se acercó otro policía, que hablaba un español con acento mejicano, la situación empeoró aún más. Revisó una y otra vez su documentación, la colocó al trasluz y finalmente dictaminó que era falsa. El sargento Martínez le taladraba con sus ojos negros y rasgados. No mostró hacia él el menor sentimiento de compasión:

-Señor Morales, se le acusa de intentar ingresar en los Estados Unidos de América con una documentación falsa, un delito muy grave que supone la expulsión inmediata; a partir de este momento, se le declara oficialmente "persona non grata". Espero, por su bien, que tenga el pasaporte de su país de origen en regla…

Recordó que su primo Alfonso le había aconsejado no decir nunca, bajo ninguna circunstancia, cual era su país de procedencia. Con la voz entrecortada y lágrimas en los ojos Santiago exclamó:

-Lo he perdido cuando cogí el avión, señor. Soy ciudadano español…

El sargento de policía, de piel oscura y mirada inquisitorial, respondió:

-Lo lamento por usted pero me veo en la obligación de detenerle, a la espera de que se celebre un juicio rápido. Sin pasaporte no podemos proceder a su expatriación. Por lo tanto, deberá cumplir la sentencia que le sea impuesta por el juez.

-De nada le sirvió suplicar e implorar perdón. Aquel policía, sin inmutarse lo más mínimo, lo esposó y lo condujo a un coche patrulla. Al igual que sucedía en las películas, colocó su mano sobre la cabeza del detenido en el momento de introducirlo en el vehículo policial, para evitar que éste se lesionara. La comisaría se encontraba a varios kilómetros del aeropuerto. Santiago comenzó a rezar en voz alta, en un vano intento de conseguir la compasión de aquellos dos policías. Sencillamente lo ignoraron, hablaban entre ellos en inglés y se rieron de la situación. Al final, Martínez acabó con aquella espontánea e intempestiva manifestación de espiritualidad:

-Oye, amiguito, si quieres rezar tendrás la oportunidad de hacerlo en la capilla de la penitenciaría. Te aconsejo, por tu bien, que mantengas la boca cerrada. Si desobedeces mis órdenes, vas a empeorar las cosas. Le diré al juez que has cometido desacato a la autoridad.

Santiago rompió a llorar como un niño y pidió perdón a los policías:

-Les aseguro que no he actuado de mala fe. Siento muchísimo haberles molestado. Estoy aterrado…

En el calabozo permaneció dos días. Realizaron el proceso de ingreso de una manera mecánica; era algo rutinario, a lo que estaban acostumbrados los guardianes. Santiago tenía pavor a que otros presos, de carácter violento, lo atacaran. Se tranquilizó al comprobar que le habían asignado una celda individual y que aquel lugar estaba impoluto, olía a desinfectante. Dentro del habitáculo había un inodoro metálico, un lavabo fabricado del mismo material y una cama, cubierta con una colcha gris de paño un tanto basto. Cuando le quitaron las esposas, volvió a dar las gracias al policía. Sin embargo, no pudo dejar de experimentar una sensación de profunda angustia, tras escuchar como se cerraba el portón metálico y el funcionario corría el pestillo exterior.

Al encontrarse solo, en aquella celda minúscula, se derrumbó moralmente. Pasaron las horas y llegó a perder la noción del tiempo; el reloj de pulsera que traía se lo habían requisado. Sus escasos objetos personales los habían introducido en un sobre alargado de color marrón en el que figuraba su nombre y apellidos. Tampoco pudo conservar con él la medalla de oro que le regaló su padrino el día de su bautizo. No tenía ni siquiera un pañuelo con el que secarse el sudor. Le obligaron a quitarse el cinturón, para evitar que lo utilizara como instrumento de ahorcamiento. Por supuesto que no le permitieron conservar su maleta de cuero, la que perteneció a su difunto padre; en ella guardaba todas sus pertenencias. Al fijar la mirada en el techo, observó que la bombilla aparecía protegida por una estructura metálica en forma de red. De vez en cuando, escuchaba pasos en el pasillo. Como si fuera un perro guardián, se levantaba súbitamente del camastro y se acercaba a la puerta, esperando que ocurriera algo que rompiera aquella angustiosa espera.

Paso mucho tiempo, demasiado, hasta que se abrió una oquedad rectangular del portón metálico y recibió la comida en una bandeja. El guarda de seguridad se limitó a decirle:

-Dispones de media hora para ingerir el alimento; al cabo de este tiempo deberás entregar la bandeja, con los platos y cubiertos a la vista, introduciéndola a través de esta ventana ¿te ha quedado claro?

Santiago respondió mansamente;

-Así lo haré, señor. Muchas gracias por todo.

De nuevo escuchó los pasos alejarse. Los guardianes continuaban con el reparto de la cena. Los alimentos estaban cocinados de manera simple: patatas cocidas, con un filete de carne y de postre una manzana. Con una servilleta de papel se limpió los labios. Como no disponía de cepillo de dientes, se enjuagó la boca con agua. Cuando se lo exigieron, entregó la bandeja perfectamente ordenada. Rezó sus oraciones y se acostó en el camastro, tapándose con aquella manta gris de paño ordinario. De repente, las luces se apagaron y todo quedó a oscuras. Escuchó unos extraños gemidos, algunos de los detenidos hablaban solos. Cerró los ojos e intentó poner su mente en blanco. Aquel nefasto día había sido muy ajetreado y el sueño le venció pronto.




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