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Prisión de Alta Seguridad. Sometimiento by BARBERO MILITAR


4-SOMETIMIENTO TOTAL


Una hora después de comer, Santiago recibió en su celda la visita del padre O´Connor. Realizó una confesión general de todos los pecados cometidos en su vida. Aquel acto penitenciario iba a marcar un punto de inflexión, era el principio de una vida nueva, en la que el vicio no tenía cabida. También comulgó devotamente. Todos los domingos y fiestas de guardar acudiría a la capilla de la penitenciaría para escuchar la santa misa.

Faltaban tres cuartos de hora para la cena cuando se presentó en su celda el guardian Hanley. Le miró con cierta lástima y le dijo:

-Recluso 26.789, tengo orden de llevarte a la barbería de nuestro centro penitenciario. Puedes contemplarte en el espejo para que recuerdes como era tu pelo. A partir de hoy, lucirás una brillante calva en vez de flequillo.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro del carcelero. Tras esposarlo, lo agarró del brazo izquierdo y lo condujo por un largo pasillo. Debajo de una escalera metálica habían instalado un sillón de barbero de líneas clásicas. Encima de una mesa de madera, se encontraba el instrumental necesario para rapar a los reclusos: un peine, unas tijeras, una navaja, una brocha de afeitar, una pastilla de jabón de afeitar, una taza metálica para hacer espuma y la temida maquinilla de cortar el pelo Oster 76, de color negro…

Hanley, le quitó las esposas y le ordenó que se sentara en el sillón sin más dilación. Colgó la gorra de plato y la guerrera del uniforme en un perchero. Se puso una bata de algodón blanco, de las que se abotonan a un costado.

Nuestro protagonista estaba realmente asustado, le temblaban las piernas. Aquel guardián había creado una atmósfera de terror. Al igual que el alcaide, deseaba someter y humillar al nuevo recluso. Quería dejarle bien claro quien era el jefe; Santiago tan solo tenía derecho a obedecer, a cumplir las órdenes que recibiese de manera diligente y sin rechistar. Le proporcionó un espejo de mano para que así pudiese contemplar como le pelaban al cero. Con gran sarcasmo, en un castellano rudimentario, utilizando expresiones poco correctas desde el punto gramatical, se dirigió a su subordinado :

-Mira bien como yo el barbero corto el pelo de tu cabeza. Te haré el mismo corte que a un marine; te sentirás orgulloso y limpio. No tenemos sábana para tapar. Te quiero en briefs, y camiseta para no manchar uniforme…

Y el nuevo recluso tuvo que obedecer y se quedó en paños menores. El barbero guardián siguió dándole órdenes.

-Súbe calcetines hasta la rodilla. Sin pantalones estás fresco como un pescado.

Tras pronunciar estas palabras, en pésimo español, soltó una carcajada. Obligó a sentarse en el sillón de tortura a nuestro protagonista.

El corte de pelo fue algo rápido, realizado sin demasiado esmero. La maquinilla Oster tenía acoplada la cuchilla del 00000, la que deja una largura de pelo de 0,20 milímetros.

Tras encender el interruptor, la movió en el aire, simulando que se trataba de un avión a punto de aterrizar:

-Avión militar va a tomar tierra en aeropuerto. Control autoriza operación de aterrizaje…

Y el recluso Morales sintió la maquinilla deslizándose por su frente, avanzando de manera imparable. Nada más entrar en contacto con la cuchilla, su pelo salió despedido a gran velocidad. El cuero cabelludo, tras el paso de la esquiladora, se le clareaba por completo; apenas se adivinaba una sombra de lo que fue su tupida mata de pelo. El cabello siguió cayendo hasta que no quedó ni un triste mechón en aquella cabeza monda y lironda.

El cosquilleo que produjo la vibración de las cuchillas sirvió para que nuestro protagonista se relajara. De vez cuando, Hanley le quitaba, con la ayuda de un cepillo, los pelillos que se habían quedado incrustados en la piel del cráneo; acto seguido, le sobaba la cabeza, de manera irrespetuosa, burlándose de él. Sin embargo, a pesar del trato vejatorio a que fue sometido el joven, el más que evidente abuso de poder por parte de aquel funcionario, no salió ninguna queja de su boca.

Tuvo que asimilar que la imagen que le devolvía el espejo era la suya: la de un chico rapado al 00000, con el cráneo casi afeitado. A punto estuvo de derrumbarse, ante la burlona sonrisa del carcelero, ante sus comentarios hirientes:

-Pareces una bombilla de luz. Te voy a dar óleo para que brilles.

Como castigo final, Hanley le aplicó una buena y untosa capa de aceite corporal. Describía círculos con sus dedos, le propinaba un masaje para que el producto se absorbiera con mayor rapidez.

El guardián se divertía con todo aquello; su comportamiento reflejaba una personalidad sádica; encontraba placer humillando a un recluso inerme e indefenso. Lo trataba como a un niño, al que manejaba a su antojo. Siguió acariciándole la cabeza, de atrás hacia delante, de adelante hacia atrás…

-¡Buen chico!... Así me gusta verte, totalmente calvo, sin un solo pelo en tu cabeza.

Una vez que Santiago estuvo en pie, tuvo que soportar una nueva humillación: Hanley le pasó un cepillo por todo el cuerpo; frotaba su ropa interior con insistencia, para eliminar los pelillos que se habían quedado incrustados en el algodón. A traición, le subió los calzoncillos, por encima del ombligo, mientras soltaba sus crueles risotadas. Finalmente, en completo silencio, Morales se vistió con el uniforme de presidiario. De nuevo fue esposado y conducido a su celda.

Nuestro protagonista consiguió empatizar con el alcaide, hasta el punto de que se convirtió en su hombre de confianza. Entre sus muchas obligaciones, todos los días se encargaba de lustrar los zapatos a don Augusto. En su despacho había instalado un asiento especial, de los que utilizan los limpiabotas. Mientras nuestro recluso permanecía con la cabeza agachada, concentrado en la limpieza del calzado, el alcaide observaba su cráneo. Cuando menos se lo esperaba recibía la recriminación de su superior:

-Morales, esta misma tarde dale aviso a Hanley para que te rape la cabeza; no me gusta verte con tanto pelo.

Nuestro protagonista se convirtió en el recluso institucionalizado por excelencia. Su mansedumbre llegó a tal grado que fue incapaz de tomar decisiones por sí mismo. Tan sólo quería agradar a sus superiores. Se sentía inmensamente feliz cuando los guardianes le dirigían la palabra, o le felicitaban por sus logros en tal o cual materia. Sin embargo, su auténtico amo, al que obedecía ciegamente, fue el alcaide de la prisión.

Cuando pasaron tres años, hubo una revisión de la condena de Santiago Morales. El comité que examinaba su caso decidió ponerlo en libertad condicional; debía estar siempre localizable y necesitaba pedir permiso si deseaba viajar. Don Augusto le buscó trabajo en una tienda de comestibles, propiedad de un primo suyo, también miembro de la sociedad secreta de el Yunque. Cada diez días, Santiago acudía a una barbería tradicional para que le raparan toda la cabeza. En ocasiones le llegaron a rasurar el cráneo. El guardián Hanley era un cliente habitual de la tienda de ultramarinos. Le gustaba ser atendido por Morales, para así, cuando estaban a solas, poder sobarle el cráneo a placer.




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