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La barbería de Clemente 3 by BARBERO MILITAR


Capítulo 3: la mercería del Castillo (viernes, 18 de octubre, 1974)

Al día siguiente de la memorable azotaina, mi padre me llevó a la mercería de don Andrés del Castillo. Tal vez se sentía culpable por haberme castigado con tanta severidad. Buscó la manera de compensarme por aquella humillante nalgada. Le fastidió mucho que husmeara en sus cosas sin pedirle permiso; sin embargo, decidió olvidar el incidente y perdonarme. En realidad, con aquel acto de indisciplina, le estaba enviando un mensaje subliminal. Él no se había percatado de que su hijo necesitaba camisetas, calzoncillos y calcetines nuevos; este detalle de intendencia se le había pasado por alto. Papá vio razonable mi deseo de renovar la ropa interior. Me estaba esperando a la salida del colegio para "darme una sorpresa".

La Mercería del Castillo era un local tradicional, que conservaba la decoración original de los años veinte: mostradores de madera oscura, sillas para que se acomodaran los clientes, estanterías repletas de cajas, dependientes vestidos con bata gris… Fue fundada por don Hipólito del Castillo, el padre de don Andrés. A las secciones de caballero y señora, separadas por un tabique, se accedía por puertas distintas. El departamento masculino del establecimiento lo atendía el propio don Andrés, ayudado por un dependiente. Sus dos hijos gemelos, en cuanto salían del colegio, debían presentarse en la mercería; hacían los deberes en la trastienda y le echaban una mano, en caso de que fuera necesario.

Don Andrés, siempre que acudía al banco, solicitaba ser atendido por el director de la oficina, o sea por mi padre. Por este motivo ambos mantenían una relación muy fluida y cordial, eran viejos conocidos. En cuanto nos vio entrar en su tienda, el señor del Castillo salió a recibirnos. Mi padre le explicó que quería equiparme tanto de ropa interior como de calcetines. Le pidió que nos enseñara las mismas marcas que usaba él. Don Andrés llamó a sus hijos gemelos y les indicó los artículos que debían traer al mostrador:

-Manolito y Santi, hacedme el favor de buscar las cajas de las camisetas y los braslip de Hedea y Ocean, de punto calado, en talla pequeña. También quiero las de los calcetines de Ejecutivo en colores negro, gris y marino. ¿Habéis entendido mis instrucciones?; daros prisa que no tenemos todo el día…

Aquellos dos hermanos cumplieron diligentemente y con precisión matemática las órdenes de su padre. Me llamó la atención su pelo rubio y cortísimo; no tenían necesidad de peinarse. Eran idénticos hasta en el remolino de la coronilla. A los pocos minutos regresaron del almacén con la mercancía que les habían encargado. Depositaron las cajas con sumo cuidado encima del mostrador. Mientras don Andrés realizaba la venta, ellos permanecieron en un segundo plano, a la espera de recibir nuevas instrucciones. Se mostraron extremadamente dóciles y obedientes; hicieron gala de una gran prudencia y discreción. Durante el tiempo que permanecimos en la mercería, no opinaron en nada, ni tan siquiera abrieron la boca. Cuando yo, disimuladamente, los miraba no se daban por enterados. Me dio la sensación de que estaban muy bien aleccionados por su padre.

Don Andrés fue abriendo las cajas para mostrarnos los distintos artículos. Elogiaba las calidades de los productos que vendía:

-Estos son los braslip más apropiados para un caballerete de tu edad. Para los chicos deportistas lo mejor es el punto calado, con "agujeritos", porque es un tejido transpirable. Siempre conviene llevar la camiseta de tirantes a juego. Tanto mis hijos como yo, los usamos desde hace muchos años, desde que salieron al mercado. Tenemos de dos marcas: Hedea y Ocean. Los de Hedea son de un algodón más recio; más altos de cintura, llegan hasta el ombligo. Los de Ocean son mas suaves y suben un poco menos…

Mientras nos ilustraba con sus explicaciones, don Andrés introducía las dos manos en el interior del braslip y lo estiraba de los lados; pretendía así demostrar la adaptabilidad del tejido. También me midió la cintura y la cadera, para comprobar la talla exacta que necesitaba. Mi padre mostró sus dudas al respecto. Sabía que, por motivos higiénicos, la ropa interior no se podía cambiar. Si el braslip y la camiseta me quedaban demasiado grandes me iban a bailar en el cuerpo. Por el contrario, si estaban demasiado ajustados en pocos meses se me quedarían pequeños. Con mi padre el señor Castillo se esmeró en el trato. Nos pidió que pasásemos a la zona de los probadores:

-Normalmente la ropa interior no dejamos probarla, pero tratándose del hijo de don Francisco vamos a hacer una excepción. Se le ve al chaval muy aseado y pulcro… Santi y Manolo, acércame las mudas de Hedea y Ocean. Se las tenemos que ver puestas a este mozalbete, que más o menos tiene vuestra edad. Por ciento, ¿cómo te llamas, majo?.

Recuerdo que sentí una gran vergüenza al conocer los planes del mercero. Si no había entendido mal, don Andrés y mi padre me querían ver en paños menores. Evidentemente me estaban tratando como a un niño pequeño y no respetaban mi intimidad. Sin embargo, yo no podía alegar nada; aquellos gemelos tan "perfectos" habían puesto el listón muy alto; no me apetecía que me consideraran un rebelde y contradecir a mi padre.

Me introduje en el probador con las mudas que debía ponerme. Mi padre me pidió que no me las quitara hasta que él me diera "el visto bueno". En la pared de aquel espacio reducido habían instalado un espejo de cuerpo entero. Me desnudé con la mayor celeridad posible. Dejé los pantalones, el jersey y la camisa, perfectamente ordenados y plegados, encima de la banqueta; no quería desentonar con aquellos hermanos tan ejemplares. Llevaba puestos los calcetines Ejecutivo que mi padre me había regalado después de la azotaina. Me introduje la camiseta por dentro del braslip, evitando que ésta sobresaliera. Al poco oí que tocaban con los nudillos en la puerta. Mi padre y el mercero entraron en el probador. Don Andrés nos dio su opinión de profesional:

-Creo que la talla le va perfecta. Date la vuelta para ver como te queda por detrás… Sin duda hemos acertado. Ahora te pruebas los de Ocean.

Los gemelos no entraron en el probador pero, desde el rellano de la puerta, me vieron en paños menores. Se miraban entre ellos y sonreían con cierta malicia. Les divertía contemplar a un chaval de su edad en calzoncillos y camiseta. También echaron un vistazo a mis calcetines altos de Ejecutivo. Sentí un cierto rubor al tener que exhibirme en ropa interior delante de extraños.

Aquellos chicos de mi edad probaron su propia medicina. Don Andrés los pilló mirándome con descaro, levantando las cejas con gran ironía. Se percató de que yo, el hijo de don Francisco, me encontraba incómodo en aquellas circunstancias y decidió poner a sus hijos en su sitio:

- Yo he afirmado que vosotros siempre usáis braslip y camiseta calados. Don Francisco puede pensar que se trata de una argucia de comerciante, de una técnica de venta. Para demostrar que estoy diciendo la verdad os vais a bajar los pantalones y os levantáis la camisa. Quiero que este señor y su hijo comprueben que verdaderamente gastáis las prendas de Hedea.

Mi padre afirmó que no era necesario que los chicos nos enseñaran los braslip; no ponía en duda la palabra de don Andrés. Sin embargo, los dos hermanos, cabizbajos y abochornados, obedecieron sin rechistar y exhibieron su ropa interior. También usaban calcetines altos de Ejecutivo, hasta la rodilla, en color negro. Ahora ya no solamente era yo el humillado. Además don Andrés aprovechó para darles una orden muy precisa:

-Por cierto, mañana sábado, sin falta, os vais a cortar el pelo a la peluquería de Clemente. Abre a las nueve de la mañana. A las nueve y media, a más tardar, os quiero allí como dos clavos.

Mi padre opinó que todavía tenían el cabello muy cortito pero el mercero se mostró inflexible:

-A estos chavales los mando al barbero cada dos semanas. A mí, don Francisco, no me gustan los hippies. Cuando yo tenía su edad mi padre me mandaba rapar al dos ceros. Desde los catorce años estoy trabajando aquí de pinche. He tenido que empezar desde abajo; de nada me sirvió ser el hijo del jefe. Con la bata gris que me obligaba a llevar y la cabeza toda pelada parecía un hospiciano.

Al final mi padre me compró seis juegos de camiseta y braslip (tres de la marca Hedea y otros tres de Ocean). Además me llevé tres cajas de calcetines Ejecutivo, en colores gris oscuro, negro y marino. Nos despedimos de don Andrés y sus gemelos estrechándonos las manos. El señor del Castillo sin duda era un padre mucho más severo que el mío.




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