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La barbería de Clemente 16 by BARBERO MILITAR
CapÃtulo 16: Una nueva humillación (viernes, 25 de octubre, 1974)
Mi padre comenzó a tomar confianza con Clemente. Le explicó que era precisamente don Andrés del Castillo quien le habÃa recomendado su barberÃa. Le hizo saber que él era un hombre viudo y muy ocupado; por ese motivo me habÃa permitido acudir a una peluquerÃa cercana a casa, regentada por Horacio. En cuanto el barbero oyó este nombre, descargó toda su ira contra aquel competidor:
-No me hable de ese buen señor, por favor. No es un oficial de barberÃa, es simplemente un peluquero de señoras camuflado. No tiene ni idea de afeitar ni de hacer una disminución del cuello en condiciones. Sin embargo, sus tarifas son las más elevadas de toda la ciudad; cobrar se le da muy bien. Es un desprestigio para el gremio.
Mi padre le explicó que me habÃa permitido ir a ese local porque se encontraba cerca de nuestra casa. No le gustaba que yo anduviese solo por la calle a horas intempestivas. Clemente, que estaba a la que saltaba, puntualizó:
-Este mozo y su amigo no se pierden en esta ciudad; puede usted estar tranquilo. Estoy seguro de que podrÃa venir a mi establecimiento con los ojos cerrados. Me alegro mucho de que la primera vez le haya acompañado usted. Asà hemos podido intercambiar opiniones. Bueno, bueno… ¿cómo le cortamos el pelo a este pequeño espÃa?
Mi padre le explicó que estaba preocupado por una noticia que habÃa leÃdo en el Diario Regional; la epidemia de piojos se estaba propagando como la pólvora. Para él serÃa una vergüenza que expulsasen a su hijo del colegio por padecer pediculosis. No se atreverÃa a llevarme a ninguna barberÃa si era portador de miseria; con este término se referÃan antiguamente a los parásitos capilares. El barbero comenzó a revisarme la cabeza. Me la movÃa como si yo fuera un muñeco; notaba sus dedos deslizándose por mi cuero cabelludo; me separaba las orejas para escrutarme mejor. Al final, como si fuera una autoridad en la materia, sentenció:
-Este muchacho, al dÃa de hoy, no tiene piojos. Yo por desgracia los conocà cuando hice la mili. Me rasuraba la cabeza cada dos dÃas para evitar que me arrestaran por tener miseria. Si a su hijo le cortamos el pelo corto, corto, corto, corto de verdad, sin andarnos con memeces, le aseguro que no pillará piojos. Usted confÃe en mÃ. Si me autoriza le pelo a riguroso cepillo militar.
Mi padre le preguntó a Clemente:
-¿Cómo de corto le va a poner el pelo a mi hijo?. Déjele al menos un dedo en la zona del flequillo para disimular. Si le rapa toda la cabeza por igual, va a parecer que se ha escapado de un reformatorio.
El barbero se explicaba como un libro abierto:
-En esta zona del flequillo le voy a dejar menos de medio centÃmetro de pelo; le voy a dar la forma de un cepillo muy corto, muy corto. En la parte superior le dejaré entre dos y tres milÃmetros aproximadamente. Hasta la coronilla y las sienes le voy a meter la maquinilla del dos ceros. Le aviso que se le va a clarear toda la cabeza; sólo de esta manera podrá usted comprobar si el chico ha sido infectado de miseria. Las patillas se las voy a poner muy cortas y con forma cuadrada, bien perfiladas. El cuello se lo apuraré con la maquinilla del cuatro ceros. Usted confÃe en mÃ.
Clemente habÃa sacado sus propias conclusiones:
- Creo que este chaval y su amigo, sin saberlo, estaban buscando que los pelara asÃ. Por este motivo se pasaban las horas muertas espiándome. Lo que pasa es que les da vergüenza que se rÃan de ellos los otros chicos; les preocupa mucho el qué dirán. ¡Ojalá les afeiten la cabeza a todos los muchachos que llevan el pelo largo!; asà se terminarÃa con el problema de los piojos para siempre.
Yo no podÃa creer lo que estaba oyendo. Me iban a dejar más rapado que aquel recluta americano de la pelÃcula bélica que tanto me impactó. Por culpa o gracias al Diario Regional iba a hacer realidad uno de mis deseos más ocultos. El lunes tendrÃa que enfrentarme a las burlas, o cuanto menos al asombro de mis compañeros. Sin embargo decidà olvidarme de las consecuencias y disfrutar del momento. Mi padre me miraba de forma compasiva. Su idea inicial era que me cortara el pelo muy corto pero sin raparlo de manera extrema. Sin embargo, el ambiente que se respiraba en aquella vieja barberÃa le habÃa hecho cambiar de opinión. Con suavidad agarró mi abundante flequillo y exclamó:
-Proceda como usted lo considere oportuno. Le dejo a mi hijo Fran en sus manos…
El barbero sonreÃa con malicia y me miraba con un aire de superioridad. Abrió uno de los armarios y sacó una capa blanca, perfectamente plegada. Mi padre le pidió que tuviera cuidado para no llenarme de pelillos:
-Por favor, dóblele el cuello del polo. A mi hijo le hacÃa ilusión ponerse la ropa nueva para venir aquÃ. Intente no manchársela.
Clemente lo tranquilizó, convenciéndole de que no corrÃa ningún riesgo:
-No se preocupe por nada. Le voy meter hacia adentro el cuello del niqui para que no se le ensucie. Al final le daré un buen cepillado para eliminar los pelillos incrustados en la ropa. Aunque se me está ocurriendo una idea mejor. Voy a cerrar la peluquerÃa, no voy a coger a nadie más; vamos a estar los tres a solas. Cuando hice la mili, a todos los reclutas nos dejaban en paños menores. El pelado al doble cero se hacÃa siempre en calzoncillos. Si a usted no le parece mal…
Mi padre se sorprendió con la propuesta que habÃa hecho el barbero. Estuvo dubitativo. Pero no se cerró en banda:
-¿Usted cree que es necesario?. Tal vez el muchacho se enfrÃe. Desde luego ha sido una idea descabellada venir a cortarse el pelo con la ropa que tiene reservada para los domingos. Por mucho que la sacuda siempre van a quedar pelillos…
Al barbero se le iluminó el rostro. Iba a dar otra vuelta de tuerca en su máquina de tortura; la copa de sus maldades aún no estaba colmada; si me obligaban a quedarme en ropa interior la humillación serÃa completa:
-A mà me parece que un chaval de esta edad no tiene que tener tantos remilgos. Yo he rapado a muchos hombres en calzoncillos, durante el tiempo que estuve en la barberÃa de tropa. Era ingresar en el cuartel y quedarte en paños menores. Por lo del frÃo no se preocupe; voy a poner la estufa catalÃtica a la máxima temperatura. La acercaremos al sillón. Además de los piojos de la cabeza hay otros todavÃa peores: los del cuerpo. Comprobaremos si este muchacho tiene pelambrera. De ser asà convendrÃa rasurarle. Parece que está ya muy desarrollado.
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