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LA HABITACIÓN 1 by BARBERO MILITAR




Miércoles, 1 de julio de 1981

Gonzalo Salgado Conde, natural de la ciudad de León, va a comenzar a principios de octubre sus estudios universitarios; su solicitud para cursar el grado de Historia del Arte, en la Universidad CEU San Pablo de Madrid, ya ha sido aceptada.

Ahora necesita buscarse un alojamiento digno; por este motivo se ha desplazado en tren hasta la capital de España. El ambiente de los colegios mayores no le agrada en absoluto; nuestro protagonista es demasiado introvertido y serio como para soportar las crueles novatadas que se practican en estos centros. Desea un lugar tranquilo y apartado de la frenética actividad estudiantil; no le interesa participar en las juergas universitarias que se organizan en los alrededores de las facultades. En definitiva, lo que quiere es paz y recogimiento para poder centrarse en sus estudios.

En el quisco de prensa de la estación ferroviaria leonesa, se ha comprado un ejemplar del diario ABC, edición Madrid. Tal vez tenga suerte y encuentre algún anuncio por palabras en el que se ofrezca una habitación para alquilar que le convenga. Con un bolígrafo, ha señalado con círculos tres de estos anuncios. De momento, se va a alojar en el Hostal Vera Cruz, en la calle de la Victoria, 1, en pleno centro urbano.

Cuando llega a la madrileña estación de Chamartín, hacia el mediodía, el calor aprieta. Le llama la atención la masa humana que se amontona en la sala central, el ajetreo de los viajeros, que corren de un lado para otro en busca del tren que les lleve a su destino. Como no se maneja bien en el metro, ha decidido tomar un taxi. Sus padres le han advertido que no repare en gastos; el dinero es para cuando se necesita.

La habitación del hostal es pequeña, sobre todo si la compara con el dormitorio que tiene en su casa de León; sin embargo, cuenta con lo más esencial para alojarse con un mínimo de confort: una cama estrecha, vestida con una colcha estampada; un armario empotrado, para guardar sus pertenencias y una mesa con su silla. El cuarto de baño, también de reducidas dimensiones, tiene ducha, lavabo e inodoro.

En una cafetería cercana al hostal, ha tomado un plato combinado para recuperar fuerzas; no es saludable permanecer demasiado tiempo con el estómago vacío. En este momento, tan solo le preocupa dar con el alojamiento adecuado.

Sábado, 4 de julio de 1981

Ya lleva dos días en Madrid. Ha acudido a visitar una decena de casas en las que sus propietarios arriendan habitaciones. Los precios de alquiler son bastante más caros que en su ciudad de origen. Hay familias a las que les sobra un dormitorio y desean obtener unos ingresos extra. En la mayoría de las ocasiones, tendría que convivir con niños pequeños, ruidosos enanos que escandalizan con sus lloros y gritos. Necesita paz y sosiego para centrarse en los estudios y poder asimilar las lecciones.

Paseando por la Gran Vía, se ha tropezado con un quiosco de prensa en el que se vende un diario que nunca ha comprado: El Alcázar. Tal vez, entre sus páginas, encuentre la solución que busca. De entre todos los anuncios de alquiler de vivienda, uno le ha llamado especialmente la atención, dice así:

-Caballero viudo alquila habitación a estudiante varón que sea serio y responsable. Precio a convenir. Interesados llamar al número 426 39 58 para contactar cita.

Gonzalo llama al número del anuncio desde el teléfono de la habitación de su hostal. Ha hablado directamente con Ernesto Utrera, que es el propietario de la vivienda. Al joven leones le ha dado la impresión de tratar con alguien serio y educado, incluso excesivamente ceremonioso. Han concertado una cita para las cinco de la tarde. Don Ernesto le ha explicado que se trata de una vivienda adosada, muy próxima al campus universitario del CEU. La dirección exacta es Avenida del Valle, 18.

Quiere causar buena impresión; después de tomar una refrescante ducha, se ha vestido con ropa formal: pantalón gris oscuro de vestir, camisa blanca de manga corta y zapatos mocasines de estilo castellano. Ha utilizado un poco de gomina para fijar el peinado y transmitir así una imagen más pulcra.

Ha tomado un taxi para desplazarse a la dirección indicada. Siente un nerviosismo interior, sin tener un motivo justificado para ello. Debería estar acostumbrado a visitar casas; en realidad, no ha hecho otra cosa desde que llegó a Madrid. El taxista es un hombre mayor, de rostro serio, que no ha pronunciado una sola palabra en lo que ha durado el viaje; este silencio ha incomodado a nuestro protagonista. Se ha entretenido mirando por la ventana, contemplando el paisaje urbano.

Ya ha llegado a su destino. Tras pagar al taxista y abandonar el vehículo, comprueba que se encuentra en la dirección correcta. Todavía le sobran veinte minutos; le parece poco prudente, de mala educación, tocar el timbre antes de la hora convenida. Una verja metálica protege el inmueble y le impide ver la fachada del mismo. Cruza de acera, para así tener una mejor perspectiva y poder contemplar el edificio al completo. Se trata de una construcción de líneas sencillas y depuradas, con las paredes enfoscadas en tono ocre; en el lado derecho se levanta un pequeño torreón.

Decide darse un corto paseo por los alrededores. Esta zona de la ciudad es mucho más tranquila que el centro; Gonzalo descubre así el Madrid residencial, salpicado de viviendas unifamiliares, en donde la mayoría de los habitantes acuden a relajarse después de un duro día de trabajo.

Cuando quedan apenas cinco minutos para la hora de la cita, regresa a la Avenida del Valle. No para de mirar las manecillas de su reloj, que avanzan más despacio de lo que le gustaría. Faltan todavía dos minutos, cuando por fin se decide a pulsar la tecla del portero electrónico. Le parece que va a causar mala impresión si se retrasa un solo segundo de la hora convenida. Tras identificarse como "el estudiante que busca alojamiento", escucha el sonido del timbre y empuja la puerta.

Tras atravesar el pequeño jardín, cubierto de césped, Gonzalo toca el timbre de la puerta. Al fondo escucha pasos acercándose y, por fin, tiene delante de sí a don Ernesto. El lugar de reunión es el salón de la planta baja. Tras tomar asiento y realizar las presentaciones pertinentes, observa discretamente a aquel caballero que tiene enfrente. Se trata de un señor de unos sesenta años, de rostro moreno y pelo cortado a riguroso cepillo parisién. Viste un batín gris oscuro de seda y calza unas zapatillas de piel negras. La estancia en que se ha reunido con su futuro casero le recuerda a los salones antiguos; los sillones orejeros y el tresillo de piel marrón le confieren un indiscutible aire inglés a la habitación. Nuestro protagonista permanece callado, expectante, prefiere que sea don Ernesto el que haga las preguntas.

Y aquel caballero le deja las cosas muy claras desde el principio; le explica cuales son sus condiciones. Gonzalo se limita a asentir con la cabeza y escucha atento el monólogo:

-No alquilo una habitación por motivos económicos; en este caso, para mí lo crematístico es secundario.

-Busco la compañía de un joven, serio y formal, que me ayude a soportar la soledad; cada día me siento más deprimido. Hasta hace menos de un año, he ejercido el cargo de director general del Banco Hispano-Americano; en el histórico edificio de la plaza de Canalejas, tenía mi despacho. Cuando mi mujer enfermó, no dudé en acogerme al régimen de pre-jubilación. Hace un par de meses falleció. Nuestra unión no fue bendecida con hijos. Mis sobrinos son una auténtica panda de degenerados; la mayoría ni estudian ni trabajan. Ni siquiera vinieron al funeral de su tía, la que les obsequiaba espléndidamente por su cumpleaños; los mejores regalos de reyes los tuvieron siempre en esta casa.

Cuando Gonzalo le comenta que iba a cursar el grado de Historia del Arte en la Universidad CEU San Pablo, a aquel señor se le ilumina el rostro; se interesa a fondo por sus estudios. Aunque siempre se ha dedicado a los números, le apasiona la historia. Le propone estudiar la carrera juntos; para ello necesitará hacerse con los apuntes de todas las asignaturas y conocer la temática de las mismas. Entre los dos conseguirán aprender mejor las diferentes lecciones. Don Ernesto conoce todas las técnicas mnemotécnicas existentes para poder asimilar de una manera más eficiente los conceptos teóricos. Al joven leonés le fascina aquella proposición. Su futuro casero se le antoja un hombre disciplinado y metódico; estudiar junto a él le garantizará un aprendizaje de éxito. En aquella casa no tendrá ninguna distracción, no podrá disiparse. Tiene la sensación de haber encontrado lo que buscaba.

Don Ernesto continua exponiendo sus condiciones:

-Esta casa, en la que te vas a alojar, no es una pensión. Si deseas recibir a alguien, deberás comunicármelo previamente. Por supuesto, no están permitidas las visitas femeninas; por tu bien te aconsejo que te olvides de las mujeres y que no te comportes como el típico adolescente enamoradizo.

-Como se dice en el Eclesiástico, "hay un tiempo para cada cosa". En este momento, tú deberías tener una única prioridad: el estudio; todo lo demás es secundario. Estás obligado a marcarte una meta clara y concreta: sacar adelante una carrera universitaria. Los estudiantes desperdician muchas horas de su tiempo realizando actividades de ocio: unos se apuntan a la tuna, otros aprovechan los fines de semana para emborracharse, visitan las casas de juego y muchos de ellos se drogan; en la zona de Moncloa es frecuente ver, especialmente los fines de semana, jeringuillas esparcidas por el suelo. Así nos luce el pelo a todos. La juventud se está pervirtiendo a pasos agigantados…

Gonzalo decide aceptar aquellas condiciones. La habitación destinada a convertirse en su dormitorio es amplia y luminosa. A sus padres el precio les parece razonable. El protagonista de esta historia, tras regresar a su ciudad de origen, disfruta de unas merecidas vacaciones.

Jueves, 1 de octubre de 1981

El leonés regresa de nuevo a Madrid; las clases van a comenzar el lunes 5 de octubre. En su maleta de piel marrón, además de sus ropas y objetos personales, transporta también sus ilusiones y esperanzas. Cuando el tren se pone en marcha, puede contemplar desde la ventanilla las siluetas de los edificios de su ciudad; experimenta un sentimiento de tristeza. En su corta vida apenas ha viajado y, salvo los pocos días que permaneció en Madrid buscando alojamiento, nunca se ha separado de sus padres y hermanos.

Cuando por fin aquel expreso llega a su destino final, la estación de Chamartín, siente un gran inquietud interior. Empieza una nueva etapa de su vida y debe afrontarla solo, de una manera responsable. Sabe que el exceso de libertad entraña un gran peligro. Conoce a muchos estudiantes, con un coeficiente intelectual mejor que el suyo, que han fracasado estrepitosamente en esta etapa de su vida: se echaron nuevos amigos, empezaron a llevar una vida social más intensa y comenzaron con los devaneos amorosos.

Nuestro protagonista se sabe un hombre débil, capaz de caer en la tentación. Una tarde, en que su padre y él se quedaron a solas en casa, recibió los consejos de su progenitor; éste insistía, por activa y por pasiva, que si quería labrarse un futuro en la vida, debería sacrificarse y estudiar de firme; sabe perfectamente que papá tiene toda la razón del mundo. Gonzalo tiene la posibilidad de estudiar una carrera universitaria; como consecuencia de las estrecheces de la posguerra, su padre se vio obligado a abandonar el bachiller y colocarse como mancebo de farmacia. Se encuentra en deuda con sus padres, que siempre le han proporcionado todo lo que necesita y nunca le han pedido nada a cambio.

Toma un taxi hasta la Avenida del Valle, 18. Al bajar por el Paseo de la Castellana, siente que el corazón se le acelera más de la cuenta. Sabe que es malo encerrarse en su mundo interior y decide entablar conversación con el joven taxista que le conduce a su destino. Le habla de sus planes de estudio, de que se va a alojar en casa de un viudo… El conductor es un muchacho despreocupado, alegre y extrovertido. Hace referencia a varios locales de moda, en los que puede tomarse un cubata y ligar con las "titis" más guapas de todo Madrid. Cuando nuestro protagonista le explica que piensa dedicarse en cuerpo y alma al estudio, el taxista se sorprende mucho. Según su manera de pensar, con dieciocho años es cuando hay que disfrutar de la vida, luego vendrán las responsabilidades. Le aconseja que alterne el estudio con la diversión, de lo contrario corre el riesgo de quemarse; de vez en cuando, al cuerpo hay que darle una alegría que bastante amarga es la vida.

Y de nuevo se ve frente al caserón en el que se va a alojar. Don Ernesto no ha podido acudir a recogerlo a la estación, como hubiera sido su deseo. Precisamente, aquella misma mañana, tiene una cita con el rector de la universidad CEU San Pablo. Ha movido los hilos para poder acceder al mandamás de aquel prestigioso centro universitario.

El señor Utrera ya ha conseguido los apuntes necesarios para estudiar las distintas asignaturas del curso. Gonzalo, por lo tanto, es un privilegiado, juega con ventaja; va a conocer de antemano los contenidos de las lecciones que impartirán los distintos profesores. Podrá revisarlos previamente y enterarse de los temas que se van a tratar en clase. El rector le ha dejado bien claro a don Ernesto que no conviene que este material circule libremente entre los alumnos. Los profesores desean que los estudiantes asistan a todas las clases; si los chicos se hacen con los apuntes del curso, se arriesgan a que se queden en casa estudiando y pierdan su interés por acudir a la facultad.

Cuando don Ernesto le abre la puerta de su vivienda, Gonzalo se encuentra muy excitado. Cruzar el umbral de aquella casa supone introducirse en un mundo desconocido para él. El señor Utrera le pregunta por el viaje y por la familia; es un todo un caballero que cuida las formas. Le acompaña a su habitación. Por las mañanas, una señora acude a hacer las tareas del hogar. El dormitorio se encuentra en perfecto estado de revista. A Gonzalo le parece algo más triste que la primera vez que lo vio. La colcha que cubre la cama es de color verde militar. De las paredes tan solo cuelga un gran crucifijo, situado encima de la cama. El chifonier y el armario de luna de tres cuerpos son los muebles principales, en los que podrá guardar sus pertenencias. También hay una mesa con una lámpara de escritorio encima; evidentemente, aquel rincón está destinado a convertirse en su espacio de estudio.

La sorpresa más inesperada está aún por llegar. El señor Utrera, ceremonioso y educado, empieza a sacar a relucir su verdadera personalidad. Gonzalo espera que en cualquier momento don Ernesto abandone la habitación y él pueda dedicarse a deshacer el equipaje. Las cosas no son así. Aquel caballero, vestido con un batín de terciopelo gris oscuro, que usa corbata de pala estrecha del mismo tono que el batín y una impoluta camisa blanca, empieza a darle órdenes:

- Gonzalo, te he escogido a ti porque me has parecido el mejor de los candidatos que se presentaron para ocupar esta habitación. Además, que se aloje en mi casa un estudiante de Historia del Arte es una auténtica bendición. En este momento de mi vida, me interesan más las humanidades que la fría ciencia. No obstante, yo pongo y siempre impondré mis condiciones. Quiero volver a recalcar que mi hogar no es una pensión. Deseo convertir esta casa en un centro de estudios. Como podrás comprender, todo lo tuyo me afecta, ahora vives bajo mi techo y me siento responsable de lo que te ocurra.

-Aunque no te apetezca demasiado, aunque no lo entiendas del todo, debo revisar tu equipaje; quiero saber qué vas a meter en mi casa. Ni que decir tiene que si traes drogas, pornografía o propaganda de algún partido político revolucionario, tendrás que buscarte un nuevo alojamiento. No te he avisado de mis condiciones con antelación para evitar que buscaras la manera de trampear. Lo siento mucho pero debes permitirme que te revise la maleta; colócala encima de la cama y ábrela. Entre los dos desharemos el equipaje y guardaremos las distintas prendas en el armario y el chifonier.

Mansamente, Gonzalo cumple las órdenes de su casero. Éste le pide que se haga a un lado y empieza con la meticulosa revisión. La mayoría de sus amigos habrían salido corriendo de aquel lugar; considerarían un atropello y una humillación intolerable que alguien, a quien estás pagando, te controle de esa manera.

Nuestro protagonista es consciente de que su casero no respeta su derecho a la intimidad pero decide aceptar las normas; no quiere empezar con mal pie y prefiere ceder. Tener que buscarse un nuevo alojamiento, cuando apenas faltan unos días para que empiece el curso, se le antoja una tarea harto complicada. Además, no está dispuesto a renunciar al privilegio de disponer de aquellos apuntes tan valiosos que ha conseguido don Ernesto. Por otra parte, se sabe inocente; no lleva nada que pueda provocar el escándalo de su patrono.

Don Ernesto es un caballero extremadamente meticuloso y ordenado. Lo primero que saca de la maleta es un chaquetón azul marino, la única prenda de abrigo que utilizará Gonzalo durante el próximo invierno. Tras revisar cuidadosamente los bolsillos, lo cepilla con esmero y lo cuelga del armario de luna; utiliza una percha gruesa de madera, con el fin de que vaya recuperando la forma.

En cuanto a los pantalones se refiere, el señor Utrera decide emplearse a fondo con ellos; por supuesto, no queda ni un solo bolsillo sin revisar. Además, los plancha, colocándolos en un galán de noche planchador; con la ayuda del vapor, consigue eliminar las arrugas que se han formado al permanecer plegados en la maleta. A pesar de su juventud, Gonzalo es un muchacho de gustos muy clásicos. Se ha equipado con tres pantalones de vestir, en color marrón tostado, gris marengo y azul marino, a los que hay que añadir el gris oscuro que lleva puesto. También cuenta con un pantalón de pana ancha, en color verde caqui, y el clásico vaquero ajustado.

En lo referente a las camisas, la mayoría son de manga larga y con el cuello duro, lo que popularmente se conoce como una camisa de vestir; se las ha comprado en color blanco, beis, verde claro, gris perla y azul celeste. También cuenta con una de cuadros, en tonos verde y otra gris de rayas estrechas.

Sus jerséis favoritos son los clásicos de lana fina y cuello de pico, en colores oscuros: marrón, verde caqui, gris marengo y azul marino. Don Ernesto se siente satisfecho de que aquel joven use este tipo de ropa tan formal. Mientras guarda todas estas prendas en los cajones del armario, le dice lo siguiente:

-Bien, bien… Simplemente viendo el contenido de tu maleta, he podido comprobar que eres un chaval juicioso y serio. Hoy en día, la mayoría de los jóvenes visten de una manera poco decorosa. La imagen exterior dice mucho de nosotros.

Don Ernesto tiene que puntualizar sus afirmaciones cuando comprueba el tipo de ropa interior que usa el muchacho. Gonzalo y su padre acudieron a la mercería de un amigo de la familia con el fin de equipar al joven. Se encaprichó de los slip Abanderado de nailon, que llevan bragueta cerrada y son muy cortos de cintura, apenas suben un poco por encima del pubis. Son los calzoncillos de moda, los que usan todos los chicos deportistas de su clase. Casi todos los que le compraron son de color azul marino, a excepción de uno en granate oscuro. Estas prendas de interior se comercializan en unos botes metálicos negros, con una tapa de plástico transparente. A nuestro protagonista aquellos slip le parecieron muy prácticos; se pueden guardar, de manera discreta y ordenada, en sus botes. Además, son una especie de híbrido entre un bañador y un calzoncillo y se adaptan perfectamente a la piel.

Su patrono no opina así; su vena autoritaria sale a relucir una vez más. Le comenta, sin andarse con paños calientes, que el nailon es una fibra muy poco saludable para piel. Además, no se puede utilizar un programa de lavado intensivo, de los que acaban con las bacterias, porque se trata de un material mucho más delicado que el algodón. Don Ernesto tiene un hermano dermatólogo que en varias ocasiones le ha hablado del perjuicio tan grande que supone usar fibras acrílicas en la ropa interior: los hongos y bacterias tienden a reproducirse con mayor facilidad; suelen producirse rojeces en las zonas pudendas…

Gonzalo se muestra avergonzado ante la retahíla de argumentos que está escuchando en contra de algo tan íntimo como sus calzoncillos. Por supuesto, no se atreve a enfrentarse a su patrono. Sabe que tiene todas las de perder. Agacha la cabeza y espera a que aquel caballero termine de sermonearle. Se sorprende cuando escucha las siguientes palabras:

-En esta vida todo tiene arreglo. No vamos a sangrar de nuevo a tu padre, pidiéndole más dinero para que te compre nuevos calzoncillos. Además, no veo ninguna camiseta de interior. Vamos hacia el invierno y cuando el frío arrecie, el viento procedente de la Sierra te congelará hasta el alma. En verano, la camiseta evita que el sudor entre en contacto directo con la camisa, crea una especie de capa protectora. Lo vamos a solucionar de la siguiente manera: seré yo quien te pague el equipo de ropa interior…

Gonzalo, se siente en la obligación de rechazar tan desinteresada oferta:

-Don Ernesto, no me parece justo que usted tenga que correr con los gastos. Hablaré con mi padre y le explicaré lo del problema del lavado. Estoy seguro que se avendrá a razones…

El casero le interrumpe. No le deja terminar la frase:

-¡De eso nada! Bastante dinero le vas a costar a tu padre como para tener que añadir más gastos. He dicho que yo te pago la ropa interior y aquí no se habla más sobre el asunto; no estoy acostumbrado a negociar. Yo no soy únicamente tu casero, a mí me tienes que obedecer; solo busco tu bienestar. Los chavales de tu edad os creéis que ya lo sabéis todo ¡Qué confundido estás!

Cuando ve los calcetines de Gonzalo, don Ernesto opina que son demasiado cortos:

-Con estos calcetines se te va a ver la pelambrera cuando te sientes y te recojas el pantalón. Tú necesitas de los altos, los Ejecutivo, que van muy bien. También tendré que comprarte unas cuantas cajas.

Además, su patrón considera que necesita al menos un traje de vestir y algunas corbatas. Esta convencido de que existen ocasiones en las que un hombre debe vestir con una elegancia especial.




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