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Corte de pelo a cepillo raimundiense 2 by BARBERO MILITAR


En el Reglamento Interno de HERDISCAB figuraba la siguiente norma:

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HIGIENE PERSONAL. CORTE DE PELO A CEPILLO RAIMUNDIENSE

-Los alumnos del internado de San Raimundo no podrán vestir el uniforme al completo hasta que no acudan a la barbería para recibir el corte de pelo reglamentario: el cogote y la zona de las patillas deberán ir rapadas al doble cero, quedando el cabello en esta zona a una largura de 0,5 mm aproximadamente. El barbero se servirá de la navaja y jabón de afeitar para rasurar al máximo el cuello; éste presentará una disminución muy marcada. Hasta la altura de la coronilla y de las sienes, se empleará la maquinilla del cero, que deja el pelo 1 mm de largo. En la parte superior del cráneo se utilizará la maquinilla del número 1 (3 mm), reservándose la del número 2 (6 mm) exclusivamente para la zona del flequillo.

-Este corte de pelo se denomina oficialmente "cepillo raimundiense"; se trata de una auténtica seña de identidad de nuestra Hermandad. Lo usarán, obligatoriamente, los colegiales del Internado de San Raimundo y sus profesores, los estudiantes universitarios del Colegio Mayor Santo Tomás de Aquino, los empleados que prestan sus servicios, tanto en el Palacete de don Raimundo como en la Clínica de San Lucas, y todos aquellos miembros de HERDISCAB que residan en nuestras instalaciones de forma continuada. Siempre que lo deseen, podrán acudir a nuestra barbería aquellos caballeros que son miembros de pleno derecho de nuestra Fraternidad.

-Debido a que en los últimos años se ha impuesto la tendencia del cabello largo entre los hombres, debemos mantener nuestro ritual del corte de pelo en el más absoluto de los secretos. Evitaremos, a toda costa, escandalizar con nuestros rigurosos rapados a los familiares y, en general, a esta sociedad esclava de la moda. Dos meses antes de acudir a casa por vacaciones, los internos y estudiantes universitarios dejarán de acudir a la barbería, con el fin de que les crezca el cabello lo suficiente para pasar así desapercibidos.

-El día del ingreso, tanto en el internado como en el colegio mayor, los alumnos vestirán tan solo la ropa interior reglamentaria. Se les proporcionará tras depositar sus pertenencias personales en nuestro almacén y pasar por las duchas:

- Camiseta de tirantes de algodón blanco y punto calado.

- Calzoncillos, tipo "braslip", de algodón blanco y punto calado, altos de cintura y con goma vista.

- Calcetines altos hasta la rodilla, tipo Ejecutivo, en color gris marengo, tejido liso y muy fino.

- Zapatos negros de vestir lisos y con cordones.

Una vez tengan el pelo debidamente cortado, vestirán el uniforme reglamentario.

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Tengo que reconocer que al principio sentí cierta vergüenza al tener que desplazarme por el internado en paños menores. Gracias a que la temperatura de Madrid a comienzos de septiembre es cálida, no he pasado ningún frío. Una vez que te acostumbras a verte y que los demás te vean en calzoncillos, empiezas a encontrarte a gusto vestido de esta guisa, es muy confortable.

Tan solo estaba pendiente de que el braslip no se me bajara; la goma de esta prenda de interior siempre debe permanecer encajada por encima de la cintura. La camiseta hay que llevarla metida por dentro y sin que sobresalga por los calzoncillos. Los calcetines siembre deben estar justo por debajo de la rodilla, nunca caídos. Los zapatos tienen que resplandecer como dos espejos, con los cordones perfectamente anudados. Si incumples estas normas, te arriesgas a recibir, como mínimo, un rapapolvo de tus profesores o de alguno de los empleados del centro. Gracias a la bata de tela gris, que los internos nos pusimos a la hora de la comida, evité que se me manchara la camiseta. Tengo muchísimo cuidado de no ensuciar el juego de camiseta y braslip; pretendo que cuando deba echar las prendas de interior al cubo de la ropa sucia estén todavía limpias.

Tanto nuestros profesores como los empleados del centro nos han precedido en la visita a la barbería. Han acudido de uno en uno, respetando el turno que tienen asignado. En el comedor los camareros y demás colaboradores estrenan un rigurosísimo corte de pelo. También han sacrificado sus cabellos nuestros tutores. Se ausentaban de manera gradual para, a lo largo de la mañana, ponerse en manos de don Gregorio, el oficial de peluquería.

En cuanto a los internos se refiere, acudimos a cortarnos el pelo a las 16,30 horas, después de disfrutar de una reparadora siesta de cerca de dos horas. Para evitar manchar la ropa interior, tuvimos que dormir completamente desnudos. De nuevo don Saturnino nos inyectó en las nalgas aquel relajante natural, a base de plantas, que nos produjo una profunda modorra. Mientras dormía, tuve la sensación de estar flotando, experimenté una sensación muy relajante.

Justo antes de que me venciera el sueño, recuerdo haber estado hablando, en voz baja, con Roberto sobre la que se nos venía encima; siempre que no elevemos el tono de voz, a los chicos se nos permite charlar de nuestras cosas durante unos pocos minutos. En el momento en que el vigilante ordena silencio absoluto, debemos hacer todo lo posible por dormirnos.

Mi nuevo amigo y yo fingimos estar preocupados por el pelado brutal que nos iban a meter. Roberto opina que para que el pelo crezca más rápido y más fuerte, hay que masajearse la cabeza; según él, si las caricias capilares te las proporciona otro compañero se logra un óptimo resultado. Al entrar en contacto las yemas de los dedos con los cabellos rapados, se estimulaba el riego sanguíneo en el cuero cabelludo. Decidimos que, siempre que tuviéramos oportunidad, nos sobaremos el coco el uno al otro. En realidad, aquella teoría no tenía ninguna base científica, se trataba de una leyenda que se había transmitido entre las distintas promociones de estudiantes. En definitiva, consiste en una forma de socializar y establecer una estrecha relación con los otros estudiantes.

El dormitorio de los internos es una estancia común; las camas de los chicos se alinean una junto a otra, con una mínima separación. En la pared de enfrente, se distribuyen los armarios para que guardemos nuestra ropa y efectos personales. En esta ocasión, introducimos nuestras camisetas y braslip calados, los calcetines grises y los zapatos.

A las 16,15 horas escuchamos unas palmadas, seguidas de las voces de don Gonzalo:

-Muchachos, ¡arriba!, se acabó el descanso. Os quiero a todos en posición de firme y formando al lado derecho de vuestras camas.
Así lo hicimos, a la velocidad del rayo. Después tuvimos que arreglarnos la cama, hasta dejarla perfecta, como para una revista militar. Con un pulverizador metálico, nuestros respectivos tutores nos perfumaron con la fragancia oficial que usan los caballeros de HERDISCAB; también tuvimos que levantar los brazos para que nos aplicaran el desodorante reglamentario. Por último, volvimos a vestir la ropa interior y formamos en una única fila. Al lado de cada alumno se situaba su tutor; de esta forma, los profesores dirigían nuestros pasos.

Bajamos las escaleras, manteniendo siempre la formación. Escuchamos una canción, interpretada espontáneamente por los caballeros de otras promociones. Se trataba de una especie de himno, que se cantaba cuando los recién llegados eran conducidos a la barbería para recibir su primer rapado:

-Barbería, turno de barbería aaar…

-Barbería, turno de barbería eh…

-El barbero tiene las maquinillas, expuestas, dispuestas, para trabajar.

-Ese pelo, hay que cortarlo al cero, eh.

-Las cabezas, brillantes cual diamantes aaar.

-No queremos greñudos, melenudos que manchen la imagen de nuestra Hermandad.

Barbería, turno de barbería aaar…

-Barbería, turno de barbería eh…

Mi corazón, en esos momentos, palpitaba a gran velocidad. Tuve la sensación de estar viviendo algo irreal, una de mis fantasías de adolescente. Discretamente, pude observar a aquellos caballeros de otras promociones, vistiendo el uniforme de la Fraternidad, formando pequeños grupos cerca de la barbería. Nos miraban con cara de asombro y si se burlaban de nosotros, lo hacían de una manera cariñosa y paternal.

También he sido testigo de que algunos de los miembros de HERDISCAB van a inmortalizar, con la ayuda de tomavistas y cámaras fotográficas, el ritual del corte de pelo de los chicos de la Vigésima y última promoción, los novatos recién llegados a San Raimundo.

Junto a la barbería se encuentra el Salón de Limpiabotas, una de las instituciones más queridas del palacete de Don Raimundo. Se trata de una habitación de pequeñas dimensiones, en la que en 1901 se instaló un sillón de limpiabotas, tapizado en auténtica piel de color verde militar. Los alumnos nos sentamos en unas sillas de madera oscura, fabricadas en la misma fecha, a la espera de que nos limpiaran el calzado.

Por ser el número uno de mi promoción, fui el primero en ser atendido. Don Carlos Fernández Seco, ayudante de limpieza y camarero, ejerció de limpiabotas. Vestía un uniforme que recordaba al de los mayordomos: pantalón de tela negro; chaleco de tela con rayas grises y negras, con el escudo de HERDISCAB bordado en el pecho; camisa blanca de vestir y corbata negra. Sus zapatos negros resplandecían como si fueran de charol.

Llevaba el cráneo completamente rasurado. A pesar de su juventud, padecía una alopecia galopante; había perdido todo el pelo de la zona superior de la cabeza. Decidió que lo más cómodo y estético era lucir una testa resplandeciente, como la del teniente Koyak. Acudía todos los días a la barbería para que don Gregorio le puliera el cuero cabelludo.

Estaba sentado en una banqueta pequeña para poder trabajar más confortablemente. Se recogió los pantalones hasta la rodilla y exhibía los calcetines negros y sedosos, tipo Ejecutivo. Tan solo recuerdo que me dijo:

-Siéntate, caballerete; te voy a dejar esos zapatos tan brillantes que cuando me mire en ellos comprobaré lo apuesto que soy. Veo que te sorprende verme completamente calvo. Si de mí dependiera, os raparía así a todos los chicos para que se os fortalezca la raíz del pelo.

Al escuchar aquellas palabras me estremecí. Tal vez algún día, los dirigentes de HERDISCAB tuvieran en cuenta la opinión de don Carlos y nos afeitaran la cabeza, como medida de higiene.

Mis zapatos, al igual que los del resto de mis compañeros, quedaron resplandecientes. El señor Fernández era un auténtico experto puliendo la piel y el cuero.





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