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Corte de pelo a cepillo raimundiense 3 by BARBERO MILITAR


Debido al vertiginoso cambio político y social que está viviendo España en este año de 1977, al que el mundo de la enseñanza no es ajeno, la Asamblea General de HERDISCAB ha decidido que la Vigésima Promoción sea la última en ingresar en el internado de San Raimundo. Mis compañeros y yo nos hemos convertido en una especie en extinción; han decidido tratarnos de una manera especial, protegernos de la amenaza exterior.

Han acordado ocultar a la sociedad nuestras prácticas y rituales. Si las autoridades educativas se enteran de ello, posiblemente acaben cerrando tanto el internado como el colegio mayor. Los que se denominan a sí mismos como progresistas y, por supuesto, los revolucionarios no verán con buenos ojos que unos pocos jóvenes vivamos en un ambiente disciplinario, alejados de la relajación de costumbres. Los principios que defiende HERDISCAB, su ideología tradicionalista, provocan escándalo en una sociedad a la que le disgusta el orden jerárquico y el principio de autoridad.

Una vez que abandonamos el salón de limpiabotas, nos desplazamos unos pocos pasos hasta situarnos junto a la barbería, se nos mandó detenernos. La orden la ejecutó el director del internado, don Gonzalo:

-Muchachos de la Vigésima Promoción aaaaaaaaalto….

El caballero que manejaba el tomavistas nos siguió a todos los sitios. También ejerció su trabajo, con gran meticulosidad, el fotógrafo. Mis compañeros y yo estábamos constantemente bajo su objetivo; los flashes nos deslumbraban continuamente.

Los seis chicos permanecimos en posición de firme, sin pestañear, con la vista al frente. Fuimos pasando de uno en uno y de forma ordenada a la estancia en que, desde 1901, se instaló la barbería. Nos sentamos, cada uno en la silla que se nos había asignado; se utilizaron unos carteles plastificados con la numeración de cada alumno. Recuerdo que mi atención se centró en el sillón del barbero; ejercía sobre mí una extraña atracción; se trataba de una auténtica pieza de museo, perfectamente conservado.
También me percaté de como uno de los señores colocó un tomavistas sobre un trípode para así poder grabar imágenes de nuestros cortes de pelo. De vez en cuando, se giraba y nos enfocaba a los alumnos de primero de BUP.

En el gran espejo de cuerpo entero, instalado frente a dicho sillón, pude observarme a mí mismo, de manera discreta. Me sorprendió verme con aquella impoluta ropa interior, la largura de mis calcetines grises, que transparentaban la pelambrera de mis piernas; el brillo deslumbrante de aquellos zapatos tan clásicos… Mis nuevos amigos y yo no nos atrevíamos a hablar, ni siquiera a mirarnos.

Localicé con la mirada el instrumental del barbero que más me atraía: las maquinillas manuales, fabricadas en un metal cromado; brillaban amenazantes sobre una estantería de cristal sujetada por unas barras metálicas. Tampoco pasó desapercibida la maquinilla eléctrica, de carcasa negra, que colgaba de un clavo. Al usarla conmigo, he observado que se trata de una Oster americana, modelo 76. Según han comentado por aquí, es la herramienta más potente que existe hoy en día para rapar. Se utiliza en todos los cuarteles de Estados Unidos, en los que se somete a la esquiladora a un uso intensivo.

Don Diego Chacón, el gran maestre de HERDISCAB, hizo acto de presencia antes de que comenzara el ritual. Portaba una bolsa de terciopelo negro con seis bolas numeradas. Tuvimos que extraer una bola cada alumno. De momento, se nos ha prohibido que miremos el número de la misma. Nos obligaron a introducírnosla en el braslip, para evitar tentaciones. Después, don Diego ha dicho que, de uno en uno, fuésemos cantando en voz alta el número que se nos había tocado.

Mi número de identificación es 1-XXP-1977 / ASP115. Esto significa que, debido a que mi primer apellido empieza por "a", soy el número 1 de mi promoción, la Vigésima (XXP). He ingresado en el año 1977. Ocupo el lugar 115 en la clasificación general de HERDISCAB. Como no soy miembro de pleno derecho, se me considera un aspirante (ASP115). Curiosamente, a mí me correspondió ser rapado en último lugar, el sexto. Esto aumentó mi nerviosismo interior; sabía que cada vez que uno de mis compañeros se sentaba en el sillón del barbero, también conocido como "la silla eléctrica", estaba más próximo el momento en que mi cabello sería cercenado. El ambiente se había caldeado con los comentarios y rumores de los respetables y venerables miembros de HERDISCAB. Para aquellos señores mayores, contemplar el espectáculo del esquilado suponía recordar su primera juventud. Todos tenían anécdotas que contar al respecto.

Y comenzó el Ritual Disciplinario del Primer Rapado (RDPR). El barbero se dirigió, en voz alta, a don Diego Chacón, la máxima autoridad de HERDISCAB:

-Don Diego, Gran Maestre de HERDISCAB, ya está todo preparado para comenzar el ritual. Cuando usted lo disponga, empezamos.

Don Diego le contestó:

-Adelante, don Gregorio, oficial de la barbería raimundiense. Transforme a estos jóvenes desaliñados en muchachos aseados, me los deja bien pelados, según dictan las normas de nuestras Hermandad.

El barbero nos dio la siguiente instrucción:

-Aquel de vosotros que tenga el número uno en la bola, tendrá el honor de ser el primero en sentarse en este sillón. Ya tarda en ponerse en pie.

José Manuel Fernández, se levantó del asiento y respondió con un "soy yo, señor".

Don Gregorio comenzó con sus versos irónicos; evidentemente pretendía hacerse el gracioso:

-Al de Salamanca, le quiero con la cabeza blanca.

José Manuel, acudió raudo y veloz al sillón del barbero. Por sorpresa, recibió un sonoro azote en su trasero. De esta forma, don Gregorio pretendía hacernos saber que él era quien mandaba allí. El ritual, evidentemente, tenía unas connotaciones de humillación y sometimiento. El chico, un tanto avergonzado, tomó asiento y se quitó las gafas. Los allí presentes fijamos nuestras miradas en el rostro asustado del muchacho salmantino.

El barbero le envolvió en una capa blanca, que llevaba impreso el escudo del internado. Le peinó cuidadosamente, de forma pausada, recreándose morbosamente en su trabajo; era evidente que con aquella parsimonia, pretendía prolongar el suspense.

José Manuel era un chico de complexión fuerte; para que el lector se haga una idea de lo voluminoso que era, os diré que gastaba una talla 56 de camiseta y braslip. Tenía aspecto de bonachón; se tomaba las cosas con serenidad. Don Gregorio le echó el flequillo hacia delante y casi no se le veían los ojos. También le cubrió por completo las orejas con su cabello castaño y abundante. El barbero le miró fijamente a los ojos, de manera inquisitiva y amenazante.

Acto seguido, cogió una de las maquinillas manuales, la de púas más anchas, y la movió en el aire, mientras silbaba algo parecido a una marcha militar. Se la metió por la frente, hasta la mitad de la parte superior del cráneo. El oficial de barbería, que también ejercía de masajista, tenía la costumbre de comentar "la jugada", explicar a los allí presentes como realizaba su trabajo:

-El flequillito del salmantino se lo vamos a dejar al número 2, 6 milímetros de largo. Luego lo retocaremos con la tijera para darle la forma de cepillo…

-Ahora le pelo lo de arriba, con la maquinilla del 1; le vamos a dejar 3 milímetros de largura. A mí estas maquinillas manuales me traen muchos recuerdos…

-Es el momento de echar mano de la Oster, que es la maquinilla eléctrica más potente que existe. Le voy a poner la cuchilla del cero. Hasta la altura de la coronilla y de las sienes, le vamos a rapar a este mozo al cero, tan solo le va a quedar un milímetro de pelo; a este muchachote se le van a ver hasta las ideas.

El zumbido de aquel artefacto de color negro hizo que me estremeciera. El pelo castaño de José Manuel salía disparado por el aire, como les ocurre a las hojas en otoño. A los pocos minutos, el cráneo del salamantino presentaba una forma casi esférica, salvo el cortísimo flequillo. Don Gregorio, le pasaba el cepillo de mango de madera, el que guardaba en su bata blanca, de manera compulsiva. También le acariciaba la cabeza a contrapelo, al mismo tiempo que sonreía, satisfecho de su trabajo.

Luego cambió la cuchilla del cero por la del dos ceros y le apuró todo el cogote y la zona de las patillas. Se entretuvo el tiempo que consideró necesario, difuminando las rayas que dejan la maquinillas. En un recipiente cromado, vertió una cantidad de jabón de afeitar y, con la ayuda de una brocha, fabricó una pasta blanca. Le enjabonó el cuello y las patillas a José Manuel; acto seguido, tras afilar la navaja con la ayuda de un afilador de cuero, rasuró las zonas que había cubierto de jabón. La cabeza de mi compañero se transparentaba por completo.

Por último, con la ayuda de una tijera de entresacar y un peine, le fue dando la forma de cepillo al flequillo del chico. Don Diego Chacón elogió su trabajo:

-Aquí don Gregorio es un maestro barbero de primera. Este corte de pelo es técnicamente perfecto, inmejorable.

Cuando el barbero aplicó en la cabeza de nuestro compañero el masaje capilar, que tenia el mismo aroma que la colonia de HERDISCAB, entendimos que el corte de pelo estaba ya terminado. De manera meticulosa le tocaba la cara, buscando lo que él denominaba "pelusilla". Le pasó una maquinilla de afeitar eléctrica por la zona del bigote y remató la faena enjabonándole con la brocha y rasurándole con la navaja barbera. Al chico le aplicó una loción de afeitar, cuya potente fragancia pudimos aspirar los allí presentes. Cuando se puso en pie, tras quedar liberado de la capa, le aplicó una buena dosis de colonia raimundiense, con la ayuda de un pulverizador metálico, el típico de las barberías. Don Gregorio le besó en la mejilla, le acarició, a traición, su rapado cráneo y le ordenó que volviera a su sitio.

Todos nosotros queríamos tocarle la cabeza a José Manuel. Yo sentí en las yemas de mis dedos sus cabello duros, como si fueran alfileres, y él me sonrió agradecido.




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