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Internado San Raimundo. Experimento 1 by BARBERO MILITAR


-Me dirijo a vosotros, los muchachos de la Vigésima Promoción. Soy el doctor dermatólogo Juan Jesús Poncelas Lizárraga; mi número de identificación es 3-XVP-1957 / MPD087 (número 3 de la Decimoquinta Promoción de 1957 / Miembro de Pleno Derecho 087). No sé si me recordaréis de la revisión médica del año pasado. Estoy realizando un importante estudio sobre la alopecia androgénica; deseo saber cuáles son los orígenes de la calvicie masculina. Desde hace muchos años, sabemos que existen causas genéticas pero también el estrés de la vida diaria favorece la pérdida del cabello.

-No me voy a extender excesivamente. Me gustaría despertar en vosotros la curiosidad por la ciencia, más concretamente por la medicina. Os lo voy a decir directamente, sin andarme con rodeos ni paños calientes: necesito que los seis alumnos de segundo de BUP de este internado de San Raimundo se ofrezcan voluntarios para participar en un experimento científico; como vulgarmente se dice, deberéis hacer de conejillos de indias. Ya sabéis que lo de voluntario es un decir; doy por hecho de que vais a colaborar conmigo sin poner ninguna traba. Es imprescindible afeitaros la cabeza, rasuraros el cráneo, dejaros el coco sin un solo cabello, cortaros todo el pelo de raíz, os quiero con el cuero cabelludo totalmente a la intemperie. Creo que me he expresado con la suficiente claridad; soy consciente de que la diplomacia no es mi fuerte.

-Todos los días, después de ducharos y poneros la muda limpia, os revisaré vuestros relucientes cráneos, uno por uno. Tengo un aparato de mi invención que mide con gran precisión el crecimiento del cabello. Os garantizo que estas pruebas no son dolorosas ni dejan ningún tipo de secuela. En un cuero cabelludo masculino sano, el pelo debería crecer 0,4 milímetros al día y 2,8 mm en una semana. Precisamente, este experimento científico durará exactamente siete días. Nos permitirá conocer, entre otras cosas, las probabilidades que tenéis de sufrir alopecia y el momento aproximado en que comenzará ésta. A partir de ahí, se os cortará el pelo según el reglamento que en materia capilar ha establecido el colegio; es decir, volveréis a lucir el cepillo raimundiense.

-Mañana, sábado 2 de septiembre, acudiréis a la barbería de este internado para que don Gregorio, nuestro eficiente barbero, os afeite la cabeza. Sé que durante las vacaciones de verano, no habéis pisado la peluquería; traéis el pelo bien larguito, a la moda. Con esas greñas parecéis los cantantes de un grupo de rock. A los padres les hemos hecho creer que os lo cortaríamos aquí, de manera moderada, dejándoos las orejas cubiertas hasta la altura del lóbulo. Ya sabéis que en HERDISCAB, nuestra amada Hermandad, mentimos todo lo que sea necesario; nadie ajeno a nuestra organización, ni siquiera vuestros padres, deben saber lo que aquí se cuece. Nuestras normas disciplinarias son materia reservada, alto secreto.

-Primeramente, os cortaremos el pelo al estilo actual, como se lleva en 1978. Después, os sacaremos unas fotos para, como quien no quiere la cosa, hacérselas llegar a vuestros padres. Tienen que creer que en San Raimundo seguimos las tendencias de la moda en materia capilar, que estamos al día. Incluso os lavaremos la cabeza con un champú especial para que el cabello adquiera más volumen. Lo tenemos todo calculado. Poco más tarde, acabaréis con las cabezas como bombillas, brillantes como bolas de billar.

-Creo que os he dicho todo lo que os quería contar. Como sé que vais a participar en mi experimento con alegría y entusiasmo, ni siquiera os voy a preguntar si aceptáis mi propuesta. Mañana os quiero completamente calvos; deseo verme reflejada la cara tan guapa que tengo en vuestras cabezas mondas y lirondas. Ya veréis lo fresquitos que vais a estar…
El doctor Poncelas acaba de abandonar el aula común, donde nos hemos reunido los chicos de segundo de BUP. A los alumnos se nos ha quedado cara de sorpresa; nos miramos unos a otros, asustados al saber lo que se nos viene encima. Estábamos mentalizados para un pelado a riguroso cepillo pero lo de acabar con el pelo amputado de raíz no nos lo esperábamos. Nuestro director del internado, don Gonzalo Infante, nos ha concedido permiso para que hagamos comentarios, sin levantar excesivamente la voz:

-Podéis hablar entre vosotros, sin armar jaleo, eh. Sé que, tras las vacaciones, tendréis muchas cosas que contaros. También me ha dicho un pajarito que, de vez en cuando, os llamabais por teléfono unos a otros. Eso está muy bien; no debéis perder el contacto en ningún momento con vuestros compañeros. La profunda amistad que debe existir entre los miembros de vuestra promoción, la Vigésima y última, hay que cultivarla día a día, es un auténtico tesoro. He recibido vuestras simpáticas cartas y las he contestado gustoso. Os tengo que felicitar porque no habéis nombrado nada que se considere materia reservada. Bueno, me callo para que podáis hablar entre vosotros. Llevad un orden. Disponéis justo de una hora. Cada alumno tiene asignados diez minutos de reloj; empezad por escuchar a Francisco y que acabe de hablar Salvador. Doy por hecho de que sacaréis a relucir el tema del afeitado de cabeza. Para mí también ha sido una sorpresa; creedme que no sabía nada.

Un servidor, Francisco, les estoy contado a mis amigos lo que he disfrutado durante las vacaciones veraniegas. Invité a mi compañero Roberto a pasar unos días en mi casa, para que así se pudiese librar del ajetreo de los sanfermines. Él correspondió haciendo lo propio y me alojé durante una semana en su vivienda de Pamplona. Salimos juntos, hablamos de nuestras cosas y "controlamos" las barberías de nuestras respectivas ciudades; en ocasiones, nos apostábamos disimuladamente junto a la puerta del establecimiento para ver como pelaban a algún soldado; sin embargo, puedo dar fe de que a ninguno de aquellos militares le metieron un pelado tan riguroso como el que nos hacen en San Raimundo. También tuvimos tiempo para visitar los museos y otros monumentos.

Como no puede ser de otra manera, he sacado a relucir el tema del afeitado de cabeza que sufriremos al día siguiente. Todos los chicos hemos asumido que cuando nos incorporemos a filas en el Acuartelamiento de San Bernardo, dependiente de HERDISCAB, nos rasurarán el cráneo. Sin embargo, no podíamos imaginarnos que nada más empezar segundo de BUP padeceríamos la misma humillación. Ya no se puede llegar más lejos; nuestro pelo va a ser rapado de raíz, ni sombra nos va a quedar de nuestro cabello.

El día del ingreso, precisamente por el hecho de llevar el pelo largo, no somos dignos de vestir el uniforme al completo. Tan solo usamos la ropa interior de punto calado, los calcetines grises, que nos llegan hasta la rodilla y los zapatos lisos, negros y brillantes. Volvemos a reencontrarnos con los empleados del internado, contactamos con los estudiantes universitarios que se alojan en el Colegio Mayor de Santo Tomás de Aquino; estos jóvenes, al igual que nosotros, desfilan por las dependencias en ropa interior…

Como estamos muy nerviosos, para que podamos dormir plácidamente durante la noche, don Saturnino, el enfermero, nos inyecta en las nalgas un tranquilizante de plantas naturales. Al despertar, me doy cuenta de que mi cabello liso y sedoso pronto se convertiría en un recuerdo. Realizamos los ejercicios gimnásticos en ropa interior y calcetines altos, nos duchamos, nos mudamos y desayunamos.

En paños menores, marcando el paso, acudimos a la barbería. Un nutrido grupo de caballeros de HERDISCAB quieren presenciar el acontecimiento. La visita a la barbería va a tener dos partes, perfectamente diferenciadas: el corte de pelo moderno y el rasurado craneal. La comedia está apunto de comenzar, se alza el telón. El corte de pelo de disimulo es una burla a nuestros padres, una auténtica mascarada. Don Gregorio el maestro barbero, que siempre luce un cráneo brillante como el marfil, se presenta ante la concurrencia con una peluca de hombre, para hacerse pasar por un estilista moderno. Todos le reímos la gracia. Apenas nos retocan las puntas; las patillas nos las dejan largas y, con la ayuda de un acondicionador de cabello, le dan volumen a nuestras juveniles melenitas.

Después tenemos que vestir nuestro uniforme colegial al completo, el de pantalón largo, para sacarnos las fotos. En el retrato de grupo parecemos un conjunto de niños bien, perfectamente vestidos y maqueados. También nos toman fotos individuales, en teoría para hacernos la ficha de ingreso. Luego se las enviarán a nuestros padres por correo para que vean lo favorecidos que hemos quedado tras nuestra visita a la peluquería.

Estamos reunidos en la sala de estar, charlando amigablemente entre nosotros, a la espera de que ocurra lo que está previsto. De repente, se abre la puerta y hacen acto de presencia dos caballeros de HERDISCAB: don Diego Chacón Gómez, el Gran Maestre, la máxima autoridad de la Fraternidad y don José Manuel Vara Ortiz, el comandante en jefe del Acuartelamiento de San Bernardo. El primero viste el uniforme veraniego de HERDISCAB: pantalón corto gris marengo; chaqueta americana azul marino con tres botones metálicos cromados; camisa blanca de vestir; corbata de rayas anchas marino y marengo; calcetines gris oscuro hasta la rodilla, tipo Ejecutivo, y los zapatos negros lisos y brillantes… Es exactamente el mismo uniforme que usamos los alumnos del internado de San Raimundo y los estudiantes del colegio mayor de Santo Tomás de Aquino. El comandante Vara, por su parte, lleva el tradicional uniforme militar de color caqui, con la peculiaridad de que el pantalón es corto y exhibe unos calcetines negros muy finos hasta la altura de la rodilla.

Nos obligan a que formemos en fila e instintivamente nos ponemos en posición de firme. Reina un silencio sepulcral, no nos atrevemos ni a pestañear. El comandante nos ha ordenado que nos retoquemos la ropa interior:

-Muchachos de la Vigésima Promoción, quiero que estéis perfectamente presentables hasta en paños menores. Previamente, para que os brillen los zapatos como si fueran de charol, visitaremos el Salón de Limpiabotas que tenemos instalado en este palacete. Antes que nada, quiero que os retoquéis los calcetines, os tienen que subir justo a la altura de la rodilla; nadie puede llevarlos caídos. El braslip calado os tiene que llegar hasta la altura del ombligo; en cuanto a la camiseta de tirantes, debéis llevarla por dentro, bien estirada y sin que sobresalga por debajo de los calzoncillos. Sé que conocéis el reglamento de nuestra institución en materia de uniformidad; sin embargo, tras las vacaciones veraniegas, tendéis a relajaros en materia disciplinaria, se os olvidan estas cosas, estáis desentrenados…

-Me ha llamado el Gran Maestre, don Diego Chacón, para que os haga desfilar como soldados. Todavía quedan unos cuantos años para que os encontréis bajo mis órdenes, cuando os corresponda cumplir el servicio militar. El experimento del doctor Poncelas os servirá para preparados interiormente, es un anticipo de la disciplina extrema que disfrutaréis en el acuartelamiento de San Bernardo.

Todos estamos desfilando, formando en una sola fila, junto a nuestros tutores. Mantenemos las cabezas altas, la vista al frente; nos movemos de manera acompasada, haciendo gala de una gran marcialidad. Los veteranos de HERDISCAB, un nutrido grupo de señores, cantan la canción de siempre:

-Barbería, turno de barbería…




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