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Hijo del Cuerpo 4 by BARBERO MILITAR


Al fin Rupérez, con gran parsimonia, levantó el artefacto y lo fue acercando hacia el muchacho hasta que entró en contacto con su frente. Éste comenzó a sentir la vibración de la cuchilla sobre la zona frontal; se movía a gran velocidad y arrasaba todo el pelo que encontraba a su paso. Ya no había vuelta atrás. Pudo ver como la maquinilla iba abriendo una ancha franja de cabellos milimétricos. El pelo era arrancado a mechones. A los pocos minutos toda la zona superior de su cráneo aparecía completamente despoblada. Copos de cabello flotaban en el aire, precipitándose contra el suelo o quedando atrapados en los pliegues de la capa.

Aquella vibración tan intensa le produjo a Salva una sensación desconocida y extremadamente placentera. Comenzó a recrearse en el castigo. Tal vez se tratase de un sentimiento de autodefensa, un resorte psicológico para asimilar una situación a todas luces traumática. Aquello, por extraño que parezca, comenzó a gustarle. En su rostro se esbozó una sonrisa un tanto enigmática. El barbero se quedó perplejo; deseaba humillar al chico, hacerle sufrir y éste parecía gozar con el castigo. Continuó rapándolo a la espera de que en cualquier momento el joven se viniera abajo y empezara a mostrar algún signo de angustia. La Oster avanzaba imparable por los laterales y la zona trasera de la cabeza, cercenando los vigorosos cabellos de Salvador. Al poco el cráneo del muchacho adquirió la forma esférica que sólo se consigue tras un corte de pelo al rape. Con la ayuda del cepillo el barbero fue eliminando los diminutos cabellos que se habían adherido al cuero cabelludo. Intentó burlarse del chico acariciándole a contrapelo su monda cabeza. Rupérez sonreía con sarcasmo y Salva hacía lo propio mientras le miraba fijamente a los ojos. Pelagatos se encontraba desconcertado.

Después, sustituyó la maquinilla eléctrica por otra manual de púas muy estrechas. Previamente Rupérez le había aplicado un aceite especial y ajustado la tuerca superior para poder así moverla con mayor suavidad. Con la mano izquierda agarró la cabeza del muchacho, bajándosela a su comodidad y dejándosela inmovilizada. El campo de visión de Salva se redujo drásticamente. Solo podía contemplar la capa verde caqui, ensuciada con mechones su propio pelo. Al entrar en contacto la fría cuchilla de la maquinilla con la piel de su nuca sintió un escalofrío. No recordaba que le hubieran cortado el pelo nunca con un artefacto como este. Sintió un cosquilleo extraño, como si diminutos insectos le estuvieran mordisqueando el cuello. El sonido mecánico que producía el muelle al mover las cuchillas interiores era muy diferente al zumbido que emiten las maquinillas eléctricas. También empleó esta maquinilla manual para apurarle aún más la zona de las patillas.

El barbero remató la faena sirviéndose de una antigua navaja barbera con el mango de nácar. Para que ésta se deslizara con mayor facilidad procedió previamente a enjabonar el cuello y la zona de las patillas. En una taza metálica, llena de agua caliente y con la ayuda de una brocha de tejón, Pelagatos obtuvo una abundante cantidad de jabón. La extendió sobre el cuero cabelludo del joven con la misma brocha, describiendo círculos concéntricos. Esta operación la realizó con gran meticulosidad. Cuando creyó que la piel estaba suficientemente reblandecida, comenzó a pasar la navaja, primero a favor del pelo y luego a contrapelo. Mientras realizaba todas estas tareas se puso a silbar algo parecido a una marcha militar, seguramente algún himno de la legión.

Cuando terminó de pelar al chico, cogió el espejo de mano que se encontraba apoyado sobre una estantería y le mostró el resultado. Se burló del muchacho con saña y crueldad:

-¡Mira que modernito has quedado! ¿Te das cuenta del esculpido a navaja que te he realizado? Apenas te lo he cortado…

Salvador, a Dios gracias, tenía una cabeza regular y sin deformidades. Su cráneo de forma esférica parecía una bola de billar. El cuero cabelludo se le distinguía perfectamente. En la zona en que Pelagatos no le había metido la navaja tenía una largura de cabello de menos de un milímetro. El barbero continuó humillando al chico. Le acariciaba una y otra vez su rapado cráneo, cuya textura era similar a la del papel de lija.

El padre de la víctima permanecía sentado y en silencio. Cumplió su promesa de no intervenir para nada, hasta que Rupérez le pidió su opinión:

-¿Qué le parece, caballero? Observará que las mechas han desaparecido por completo. No he tenido que usar ningún decolorante que dañe el cabello del señorito.

Tanto el barbero como Armando comenzaron a reírse a carcajada limpia. Salva permanecía en silencio, mirándose en el espejo y sin poder reconocerse. Aquel cráneo con forma de huevo no podía ser el suyo. La bombilla en que se había convertido su cabeza se iluminó con una brillante idea. Pensó que si su padre le había obligado a tomarse una taza de medicina él estaba dispuesto a beberse dos. Quería demostrarle que con un simple rapado no iba a conseguir doblegarle. Aún quedaba mucho hombre en aquel cuerpo de adolescente. Le lanzó un órdago:

-Me alegro mucho de que los dos estén disfrutando tanto con mi corte de pelo. Tengo que reconocer que mi padre tiene razón en que me queda así mucho mejor. En realidad, ya me estaba empezando a cansar de llevarlo tan largo. Pero no está bien cortado. He observado que se nota una raya en esta zona de las sienes. Será muy difícil difuminarla, ¿verdad?

Salva intentaba herir a Pelagatos en su amor propio. Dejar patente que él no era ningún ignorante, sino un chico detallista que sabía apreciar el trabajo bien hecho. Sin embargo, se había metido en un terreno peligroso ya que Rupérez no admitía este tipo de críticas. Su risa se transformó en ira al oír aquel reproche:

-Yo creo que la disminución es perfecta. Deberás ir al oculista para que te regule la vista y pensártelo dos veces antes de criticar a un profesional como yo. Si no te gusta el resultado sólo hay una solución: afeitarte toda la cabeza. Tu padre seguro que no te deja.

Rupérez no conocía bien a Armando. Aseguró categóricamente que no iba a intervenir y pensaba cumplir con la palabra dada. Lo volvió a dejar bien claro:

-Yo no pienso opinar sobre este tema. A usted le corresponde tomar una decisión. Sea la que sea la aceptaré de buen grado.

Pelagatos no cabía de gozo. Se sentía pletórico y con ganas de seguir humillando al chico. Tal vez nunca más se le presentase una ocasión como aquella. Quería dejar la cabeza del muchacho sin la menor sombra de pelo; el cuero cabelludo al aire. Así aprendería a no ser impertinente.

Sin decir nada, se puso a actuar por su cuenta. Removió con la brocha el jabón y se lo fue extendiendo a Salva por el cráneo. Éste parecía una momia, con la cabeza embadurnada de espuma blanca. Con las cerdas de tejón, iba dibujando circunferencias, ablandando el escaso cabello que quedaba en la cabeza del muchacho. Después, como si se tratase de un pintor abstracto, golpeaba con la brocha el cuero cabelludo, describiendo trazos. El joven notó una frescura muy placentera porque el jabón que le estaba aplicando el barbero contenía sustancias mentoladas. Cuando la piel estuvo reblandecida al máximo, Pelagatos se empleó a fondo con la navaja. Con ella describía surcos y arrastraba pelillos milimétricos a su paso. Constantemente la limpiaba en un recipiente de goma con la base metálica. Era evidente que estaba disfrutando con su trabajo. Para evitar que el chico se moviera lo más mínimo, colocó estratégicamente sobre su cabeza dos dedos de la mano izquierda mientras con la derecha continuaba rasurando.

Llegó a darle hasta cuatro pasadas con la navaja barbera. Tocaba el cuero cabelludo una y otra vez en busca de algún pelo escondido. Aprovechó para sobar con insistencia el esférico cráneo del muchacho. Éste permanecía inmóvil en el sillón, como si estuviera ido, con la mirada perdida. Para evitar posibles irritaciones le aplicó un aceite por toda la cabeza que dio un aspecto aún más resplandeciente a la misma; parecía una bola de marfil. La última gracia de Rupérez consistió en coger una gamuza y pasársela a Salva por su desnudo cráneo, puliéndoselo rítmicamente, al igual que hacen los limpiabotas para abrillantar el calzado de sus clientes. Además, el barbero emitía un silbido cada vez que la bayeta se deslizaba de lado a lado.

Pelagatos quitó la capa al chico y gritó con energía:

-¡Servido!

Salva no paraba de acariciarse el cráneo y sentir la piel desnuda y tersa. Era una sensación completamente nueva. Solo paró de hacerlo para estrechar la mano del barbero, la misma que le había castigado con inusual brutalidad. Pero no podía guardarle rencor porque aquello le estaba empezando a gustar y no os imagináis de qué manera. A partir de ese día , Salvador se convirtió en un morboso de los cortes de pelo extremos. Nada como vivir una experiencia traumática para que el fetichismo eche raíces profundas.




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