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LOS REYES MAGOS Y EL TREN ELÉCTRICO 1 by BARBERO MILITAR


LOS REYES MAGOS Y EL TREN ELÉCTRICO 1

El pequeño Manolito, huérfano de madre, ya está disfrutando de las vacaciones de Navidad. A sus ocho años se me antoja un niño despierto y vivaracho; sus ojos brillan con la ilusión de la inocencia. Estudia segundo de EGB en el colegio de los hermanos Escolapios, uno de los más prestigiosos de la ciudad. Le he visto pasar junto a mi establecimiento, corriendo como un potro desbocado, junto a otros de sus compañeros. Los chavales canturrean villancicos, alegres y despreocupados, sabedores de que mañana no tendrán que madrugar demasiado y podrán jugar en la calle, si el tiempo y sus padres se lo permiten.

El padre de Manolito, don Manuel, es un militar del ejército, nada más y nada menos que todo un señor coronel. Cada quince días acude a mi barbería y le hago un riguroso corte a cepillo parisién. Aunque me esté mal en decirlo, soy todo un experto realizando este tipo de trabajos. El coronel Murrieta es uno de mis clientes más antiguos y de los más generosos a la hora de dar propinas. Se encuentra en posesión de numerosas condecoraciones militares. Estamos hablando de un respetable caballero español, un ciudadano ejemplar, un hombre piadoso, hermano mayor en la Cofradía del Santo Sepulcro, que ha tenido la desgracia de enviudar. Me lo ha repetido muchas veces:

-Saturnino, no pienso casarme de nuevo; es imposible buscar una mujer tan hacendosa y religiosa como lo era mi Teresa. Yo pienso que el Señor la apartó de mi lado porque era demasiado perfecta para vivir en este mundo tan corrompido, la ha librado de todo sufrimiento.

Don Manuel se emocionó al comunicarme que su esposa había fallecido. A un hombre recio como él le vi llorar de pena, se derrumbó mientras le colocaba la capa blanca para empezar a cortarle el pelo; a un servidor, que tampoco tiene el corazón de piedra, se le saltaron las lágrimas. Aquella misma tarde acudí al funeral en la catedral. Como tengo deformación profesional, mientras otros caballeros le daban el pésame al coronel Murrieta, me dediqué a observar las cabezas de los hombres, sus cortes de pelo. Muchos no llevaban disminución en el cuello; a otros les habían hecho un trabajo vulgar, propio de principiantes. Es evidente que se estaba perdiendo la maestría en este oficio. De los jóvenes prefiero no hablar. Me da asco ver a los muchachos con esas greñas; parecen unos guarros que no se asean. Un riguroso corte de pelo hace que los hombres se sientan más hombres. En fin, a los niñatos no hay quien les haga razonar; creo que sus padres deberían tomar cartas en el asunto, antes de que sea demasiado tarde. Como decía mi difunto padre, a un árbol recién plantado lo puedes enderezar; si crece demasiado, ya no habrá remedio, será un árbol torcido para siempre.

Don Manuel ha pasado a saludarme y a darme el aguinaldo navideño; reconozco que es un detalle precioso. Yo acostumbro a corresponder y le obsequio con un frasco de loción capilar Flöid. No quiero que mis clientes me consideren un tacaño ni un gorrón. Procuro tratarles con gran amabilidad, complacerles en todo. Gracias a ellos vivo con dignidad, no me falta de nada.

El coronel me ha comentado que tiene un pequeño problema con Manolito. Desde que murió su madre, el chico ha estado viviendo con una hermana de la difunta y su marido, es decir con sus tíos. Este matrimonio no tiene hijos y los añoran de una manera casi enfermiza. Mientras agonizaba doña Teresa, su hermana se ocupó del nene. Luego le pidieron al padre que les prestara a Manolito por una semana; así estaría más despreocupado y podría realizar los trámites y gestiones pertinentes, organizarse la vida. Debería buscar una criada interna, bien recomendada, para que atendiese la casa y a los dos hombres como es debido; no era suficiente con una asistenta por horas. El tiempo fue pasando y aquella semana se convirtió en dos meses.

Sin embargo, durante las vacaciones navideñas, el coronel no está dispuesto a renunciar a su hijo. En el cuartel en estas fechas apenas hay trabajo; hasta pasada la Epifanía, no se incorporarán los nuevos reclutas. Por lo tanto, se va a coger unos días de vacaciones. Dispone de todo el tiempo libre del mundo para dedicárselo a Manolito. Matilde, la nueva criada interna, es una mujer muy trabajadora, limpia y ordenada. Esta solterona, que ya peina canas, estuvo sirviendo más de treinta años en casa de una señorita mayor. Antes de morir, doña Angustias nombró a la sirvienta su heredera universal. Sin embargo, y aunque disfruta de una situación económica desahogada, Matilde necesita trabajar, se siente una inútil cuando está de brazos cruzados. Por ese motivo, aceptó el empleo en la respetable casa del coronel. Matilde es extremadamente discreta. Le gusta pasar desapercibida, ser invisible; jamás se inmiscuye en los asuntos familiares, tan solo le interesa cumplir con su trabajo.

El señor Murrieta reconoce que los tíos han estropeado al chico, consintiéndole todos los caprichos de niño bonito. Como el pobre ha perdido a la madre, no es bueno llevarle la contraria en nada, bastante ha sufrido el chiquitín. Desde que era muy pequeño, su padre me lo traía cada veinte días a la barbería para que lo pelara bien peladito. Su tío pegado Cándido, al que el nombre le encaja a la perfección, no quiere ver a su sobrino postizo esquilado como a un corderito; le gustan los niños modernitos, con el pelito largo. A la tía Mari Carmen le encanta peinar sus graciosos ricitos; le lava la cabeza con un champú especial y le aplica un acondicionador del cabello para que el pelo adquiera más volumen. Cuando se lo trajeron a casa, su padre se quedó petrificado. Le habían comprado unos pantalones de pana rosa y una camisa a juego, a la moda. Parecía un hippie en versión infantil, un chaval escapado de una serie televisiva americana. No estaba dispuesto a consentir este tipo de desmanes; debía actuar con astucia para conseguir volver a encauzar al muchacho.

A Manolito se le había antojado un tren eléctrico como regalo de Reyes; se trataba de un juguete muy caro. Su padre le dijo que si no se cortaba el pelo, bien corto, sus Majestades los Reyes Magos de Oriente le echarían carbón y, a lo sumo, una caja de pinturas y un cuaderno para colorear. Los Reyes Magos, la noche del cinco al seis de enero, mientras dormía, le pasarían revista del pelo. Sabía de buena tinta que sus majestades los reyes no eran amigos de los greñudos, no les gustaban los hippies con sus melenas y ropas de colores estridentes. Además, al ser hijo de militar, Manolito debería ser un ejemplo para los otros niños, con él iban a ser más rigurosos. Manolito inicialmente se opuso a que le raparan como a un recluta, conocía de sobra mi afición por pelar a los niños. En su colegio, algunos chavales mayores me apodan Saturnino el esquilador. Sin embargo, a mí se me ha ocurrido una idea genial. Le he garantizado a mi coronel que vamos a meter en vereda al niño, también en materia capilar. Si cede a sus caprichos se envalentonará y constantemente chantajeará a su padre, perderá el control sobre el muchacho. Don Manuel estaba totalmente de acuerdo conmigo, me dio la razón. Lo único que le preocupaba era que su hijo montase un escándalo en la barbería, no quería dar un espectáculo.

A un servidor se le ocurrió un plan infalible; deberíamos recurrir al engaño para que tanto su padre como yo nos saliésemos con la nuestra. Había que aprovecharse de lo ilusionado que estaba el chaval con lo del tren eléctrico. Yo me ofrecí a escribir una carta, mecanografiada, en la que el rey Melchor, su favorito, le exigía que se cortase el pelo en la barbería de Saturnino. Debería sacrificar su cabello si quería conseguir aquel flamante tren de juguete; de no ser así, tan solo recibiría carbón y una caja de doce lápices de colores de la marca Alpino. Había hecho la Primera Comunión y debía ser un muchacho obediente y disciplinado; a los Reyes Magos no les gustaban los niños sabiondos y malcriados.

La misiva de SSMM los Reyes Magos surtió efecto. Manolito claudicó y decidió acudir a la barbería para recibir un pelado militar en condiciones. Además, estaba un poco aburrido que su tía le peinara como si fuese una niña. Su padre era el ser que más admiraba en este mundo y lucía un pelado brutal, en el fondo quería imitarlo.

Para que la "Operación tren eléctrico" fuera lo más discreta posible, lo mejor era recibir al padre y al hijo a partir de las ocho de la tarde, después de cerrar.

En este momento, tras acabar de pelar al señor Senén, el frutero de la esquina, he colgado el cartel de cerrado en la puerta. También he aprovechado para limpiar el local a fondo. El suelo lo friego con un producto desinfectante que huele a limón. No es por presumir de limpio y ordenado pero mi herramienta está siempre lista para ser revisada por el inspector sanitario más exigente. En este momento escucho que alguien está llamando a la puerta con los nudillos. Efectivamente, son don Manuel y Manolito. Al muchacho le saludo cariñosamente y como quien no quiere la cosa le dejo caer la manida frase:

-¡Cuánto tiempo sin verte por aquí, caballerete! Ya no quieres saber nada con tu amigo Saturnino.

Observó que el chaval está preocupado. No sabe estarse quieto; mueve las piernas con un cierto nerviosismo. Mira hacia el suelo, como si quisiera evadirse de lo que se le viene encima. De repente, extiende la mano y me muestra la carta, la que supuestamente le escribió el rey Melchor. Su padre me guiña un ojo y le pide al muchacho que aclare la situación:

-Vamos a ver, hijo mío, debes ser un poco más explícito si quieres que Saturnino te entienda. Explícale que has recibido una carta de los reyes magos en la que te piden, más bien te ordenan, que te cortes el pelo. En esta misiva, que viene con matasellos de Oriente, se le explica al barbero como debe cortarte el pelo.

Yo, me pongo las gafas de ver de cerca y finjo leer con atención una carta que en realidad la he escrito yo mismo. Le miro a los ojos a mi pequeño cliente y le recomiendo que obedezca las instrucciones:

-Jovencito, el rey Melchor no amenaza en balde. Un tren eléctrico es un juguete carísimo y los reyes tienen que complacer a millones de niños en toda España. Si quieres conseguir un juguete así, debes ser muy pero que muy obediente. Los reyes tienen poderes mágicos; desde que visitaron al Niño Dios en el portal de Belén se convirtieron en seres inmortales. También conocen lo que anida en el corazón de cada niño; toman nota tanto de las buenas acciones como de las travesuras. Han dictaminado que tú necesitas un buen corte de pelo, igual que el que lleva tu padre. Es mejor no desairarlos y obedecer sin rechistar. Además, cuando quieren pueden ser muy crueles e irónicos. Al hijo del teniente Martínez, que llevaba dos meses sin pisar esta peluquería, el año pasado le regalaron una muñeca Nancy y una cocinita de juguete. Tuve que raparle de urgencia el día siete de enero. Como por arte de magia, una mañana encontró que los juguetes de niña habían desparecido y se transformaron en un fuerte de indios y vaqueros y un par de pistolas de aire comprimido, de las que meten el mismo ruido que los disparos de verdad.




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