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LOS REYES MAGOS Y EL TREN ELÉCTRICO 2 by BARBERO MILITAR


LOS REYES MAGOS Y EL TREN ELÉCTRICO 2

Ya he puesto la tabla de madera sobre el sillón, para que Manolito esté a la altura conveniente; así trabajaré mejor y con más comodidad. Su padre esboza un ligera sonrisa; ha conseguido salirse con la suya. Le envuelvo a su hijo en la capa blanca y le coloco un paño del mismo color en la zona del cuello. No es necesario que reciba instrucciones del coronel, sé perfectamente como debo cortarle el pelo a este pequeño melenudo.

De entrada le voy a pelar toda la cabeza al uno, un corte de pelo al rape. Su padre ya me ha dado la autorización. Manolito me mira con desconfianza cuando me ve mover en el aire la maquinilla manual de cortar el pelo.

-Por favor, no me corte con esa maquinilla que me da tirones…

Su padre le enmienda la plana:

-No digas tonterías, niño; a mí también me corta con ella y no duele nada, todo lo contrario, sientes un cosquilleo muy placentero. Saturnino es un maestro barbero. Te he traído al mejor establecimiento…

El chico empieza a poner hocicos y se entristece, da la sensación de que está a punto de echarse a llorar. A mí se me ocurre otra de mis brillantes ideas. Voy a probar con él mi nueva maquinilla Oster, la que utilizo para pelar a los soldados y a los caballeros que se cortan el pelo al rape. Como soy un sentimental, me resulta complicado deshacerme de mis maquinillas de toda la vida, forman parte de la historia de mi local. De nuevo vuelvo a engatusar al muchacho:

-Manolito, tengo la solución a tu problema; contigo voy a usar una maquinilla ultramoderna, con solo ponértela en la cabeza, te cortará el pelo y no vas a sentir ningún tirón. La usan en los cuarteles americanos, a los marines y a sus hijos les encanta. Chaval, hace unas cosquillitas que te vas a mear de gusto…

Su padre vuelve a sonreír con socarronería y me dice:

-No le demos malas ideas al joven. Cuando le llevaba de pequeño al practicante del cuartel, del miedo que tenía, solía hacérselo encima; siempre acudía con unos calzoncillos para cambiarle. Por cierto, esa maquinilla de color negro es una maravilla de la técnica. Ahora rapamos a los quintos a mucha más velocidad que con las manuales.

El pequeño cliente está intrigado, sus pupilas se han dilatado y respira con fuerza. Siente curiosidad por experimentar nuevas sensaciones, sobre todo si estas prometen ser placenteras. Con un peine metálico le aliso el cabello; el flequillo le tapa los ojos; quiero que sea consciente de lo incómodo que es llevar el pelo tan largo. Las orejas ni se le ven, una mata cabello se las cubre. Le escucho jadear, como si se sintiera avergonzado de usar un peinado tan poco masculino. Una vez que le he demostrado los inconvenientes de ser un melenudo, le peino hacia atrás el flequillo, así trabajaré con más comodidad.

Inserto la cuchilla del número uno en la maquinilla Oster y prendo el interruptor. El zumbido agudo llama la atención del muchacho; se la acerco a la oreja para que lo escuche mejor. Ahora digo la frase mágica:

-Caballerete, ¡ese pelo todo fuera! Te voy a convertir en un hombre de verdad, de los de pelo en pecho…

Le introduzco la esquiladora por la frente, ya no hay vuelta atrás. El pelo cae a gran velocidad. Esta maquinilla, de precio elevado, importada directamente de los Estados Unidos de América, tiene la potencia de un ciclón. Todo el pelo que encuentra a su paso lo devora a una velocidad meteórica. Se trabaja muy rápido con ella. Con las mecánicas, si las utilizas mucho tiempo seguido, te termina doliendo la mano. A Manolito le he dejado todo el pelo de su cabeza a una largura de 2,4 milímetros; eso es lo que dicen las instrucciones de la maquinilla. En una hoja vienen las medidas de las distintas cuchillas. Su padre le mira asombrado. Me sonríe para demostrarme que cuento con su aprobación. Permanece de pie, cerca del muchacho, como si quisiera controlar la situación en todo momento.

Manolito está pálido como un ajusticiado; nos mira con ojos de asombro, a través del espejo; mantiene la boca entreabierta. Sin embargo, no encuentro en su rostro la menos mueca de desprecio. Ha aceptado la situación como si se tratase de algo inevitable. Indudablemente, es un niño valiente y noble. Su cabeza ha adquirido una forma perfectamente esférica. En pocos minutos le he despojado de sus rizos y los mechones están esparcidos por el suelo. Algunos copos de cabello se quedan adheridos en los pliegues de la capa, como si quisieran seguir formando parte de su cuerpo. Le paso el cepillo del mango de madera para eliminarle los pelillos que se han quedado incrustados. Le acaricio el cráneo suavemente, con las yemas de mis dedos; intento que se tranquilice. El chico, al escuchar el sonido tan peculiar que produce el roce de la mano con el cabello recién rapado, se estremece. El coronel le da ánimos:

-Bueno, hijo mío, esto ya es otra cosa. Ahora sé que tengo un muchachote en casa y no a Ricitos de Oro. Los vecinos empezaban a murmurar cosas feas de ti y ahora les vamos a tapar la boca.

Don Manuel también le soba la cabeza al muchacho, como si quisiera darle confianza y muestra la mejor de sus sonrisas.

Para difuminarle el corte, voy a utilizar las distintas cuchillas que me he comprado. La del 0A o cero y medio deja una largura de 1,2 mm. Se la subo hasta más arriba de la coronilla y las sienes.

Vuelvo a echar mano de una de mis queridas maquinillas de mano, la del cero, la que te deja tan solo un milímetro de pelo. Como el cabello ya está lo suficientemente corto, es imposible que le pegue tirones al chico. La engraso bien antes de utilizarla. Le agacho la cabeza y se la subo por el cuello, hasta la coronilla. El chaval sonríe, disfruta al sentir el traqueteo mecánico que produce este artefacto al moverse. De vez en cuando tiembla en el sillón; la piel de los niños es extremadamente sensible y las maquinillas les suelen hacer cosquillas. También le rapo los laterales, hasta las sienes. El corte de pelo poco a poco va tomando forma.

De nuevo recurro a la Oster, ahora le acoplo la cuchilla del 000, la que deja el pelo a medio milímetro. Se la subo por el cogote, hasta media cabeza. Evito a toda costa dejarle alguna raya; el corte tiene que quedar perfectamente difuminado; por algo me jacto de ser un maestro barbero. El cogote se lo voy a apurar aún más, con la del 0000, le va a quedar el pelo a 0,25 milímetros. Para hacerle la disminución del cuello lo mejor es la cuchilla del 00000 que corta el pelo a 0,20 milímetros, algo inapreciable. Sin embargo recurro a la navaja barbera y al jabón de afeitar para dar el toque final, para perfilar patillas, laterales y cuello. El niño mira asombrado la maestría con que afilo la navaja en el suavizador de cuero. Le aviso del peligro:

-Ahora, majete, ni respires, no te muevas porque te podría cortar con esta navaja tan afilada. Fíate de mí y no tengas miedo; si te estás quieto, no te pasará nada.

El chaval se queda inmóvil como si fuera un muñeco. Con algunos críos tengo que andarme con pies de plomo a la hora de utilizar la navaja. Le voy a aplicar un enérgico masaje con la loción Flöid. A los chicos les suele gustar este olor a quina. Le peino, más por costumbre que por necesidad. Su padre no cabe de gozo y de repente empieza a silbar una melodía, enseguida me doy cuenta de que se trata de una que se titulaba "Quinto peluso". En mis tiempos de soldado también la cantábamos.

Le quito la capa a Manolito y le ayudo a bajarse del asiento. El coronel agarra al chico y lo eleva hasta la altura de su cara. Lo besa efusivamente, una y otra vez; alterna los besos con las caricias capilares. El chaval se emociona ante esas manifestaciones de cariño paternal y empieza a suspirar. Le obsequio con un barra de regaliz y una bolsita de caramelos Sugus. El muchacho, educadamente, me da las gracias. Yo también le beso en la mejilla y le paso la mano por su cabeza recién rapada. Cuando don Manuel abona mis servicios me obsequia con una espléndida propina. Se siente pletórico, feliz. Ha conseguido enderezar a su hijo. Los dos nos hemos salido con la nuestra.

Al día siguiente, después de Reyes, Manolito ha estado en mi barbería y me ha enseñado la locomotora principal de su tren eléctrico. Sus majestades de Oriente han cumplido con su parte del trato. Yo le voy a llamar a Santiago, mi antiguo maestro con el que aprendí el oficio, para que me meta un pelado a cepillo de los que hacen época. Tengo que predicar con el ejemplo; conmigo no va eso de "en casa de herrero, cuchara de palo".




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