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Visitas a Carmelo by max


Es mi primer relato en el sitio y espero no haber cometido demasiados errores gramaticales y , sobre todo, no haberme excedido en detalles.
La historia de este corte es verdadera salvo algunos diálogos que, por supuesto, no los recuerdo con exactitud.
Ya no están ni Carmelo ni mi padre , pero estos cortes me marcaron durante mi niñez y adolescencia.



VISITAS A CARMELO


Prepárese que después del desayuno lo voy a llevar a la peluquería, dijo mi padre mientras leía el diario tomando su café.
Me tomé la leche casi sin tener ganas. Se me había cerrado la garganta y mi estómago era una pila de nervios. Ya sabía el final de la historia. Mi padre era capaz de cualquier cosa en lo que se refería a mis cortes de pelo.
Yo ya tenía 13 años y, sin embargo, todavía era él quien me llevaba como cuando era niño.
Hacía más de dos meses que no me lo cortaba y ya tenía las orejas semicubiertas y por detrás bajaba un par de centímetros del cuello de mi camisa. El desparejo flequillo ya me llegaba a los ojos.
Mi madre le recordó que a la noche teníamos la cena en lo de mis abuelos por el cumpleaños de mi abuela.

Acordate de hacérselo cortar cortito, ya sabés como es mi papá con respecto al pelo de Maxi.y no quiero que me dé esos sermones que me da siempre.- le dijo a mi padre, que sólo asintió sin quitar la vista del periódico.

Yo escuchaba las "sugerencias " de mi madre y cada vez me sentía peor.
Cuando vi que mi padre dobló el diario y lo dejó sobre la mesa supe que la hora había llegado. Miré el reloj de pared y habían pasado 10 minutos de las 9. La peluquería ya estaba abierta.

Vaya a lavarse los dientes y vamos.- sonó su voz en toda la cocina. Mi madre lavaba las tazas y le dijo a mi padre que necesitaba el auto para ir a comprar el regalo de la abuela.


Usalo. Yo no lo necesito. Lo llevo a lo del tano.- respondió.


El tano era Don Carmelo, el peluquero del barrio que tenía su local a dos cuadras de casa. Era lo que los jóvenes llamaban un " aprendiz de pelagatos ". Andaría ya en edad de jubilación y sólo unos pocos clientes mayores le eran fieles, entre ellos mi padre, por tradición.

Salimos de casa y fueron dos cuadras sin cruzar palabras. El polo barbero giraba hipnotizante mostrando el espiral tricolor que indicaba que la peluquería estaba abierta a la clientela.
Ya en la puerta, a través del ventanal sin cortinas en el que se leía PELUQUERÍA CARMELO - CABALLEROS Y NIÑOS, podía observarse la tétrica imagen del peluquero, con su delantal hasta la rodilla, atendiendo a un cliente.

Mi padre abrió la puerta y el llamador dio aviso de nuestra llegada. Me metió adentro, saludó y nos sentamos en las sillas de espera. Estaba tenso como cada vez que iba a cortarme el pelo.
Todo a mi alrededor parecía la escenografía de una película de terror. El local estaba como dormido en el tiempo. El peluquero metía miedo esgrimiendo esa vieja máquina cortapelos haciendo estragos en la cabeza del viejo que estaba en el sillón.
Mientras templaba la navaja barbera para rasurar los bordes del corte, otro cliente entró al local. Era un conocido de mi padre. Antes de sentarse le preguntó al peluquero cuánto sería la demora:

Acá ya estoy terminando y queda José y el pibe. Menos de una hora.- respondió el peluquero.

El tipo se sentó y se puso a charlar con mi padre hasta que se desocupó el sillón y, sacudiendo la tela blanca Carmelo preguntó :
Bueno, ¿ quién va ?.-

Mi padre se sentó primero. No hubo instrucciones, sólo un : - ¿Como siempre ?
La respuesta fue " Sí , Carmelo ".

En veinte minutos ya lo tenía rapado y casi terminado. La típica "americana" que le hacía siempre.
Le pasó el plumerito con talco , le puso el espejo de mano por detrás para ver la nuca rasurada y lo liberó de la tela.
Algunos mechones cayeron al piso y mi padre se paró quedándose junto al sillón. Era mi turno.
El peluquero miró a mi padre y dijo:

¿ El pibe también va ?.- dijo, echándome una mirada casi maliciosa.
Sí Carmelo , ¿ qué le parece? Mire la melena que trae.- todos sonrieron y mi padre me llamó a ocupar el sillón mientras el peluquero ponía un suplemento de cuero en el asiento.

Dale che, sentate ?-

Me acerqué a la silla de cuero negro y me senté frente al espejo , siempre con mi padre al lado como un guardia.

Me aferré a los apoyabrazos del sillón consumido por la angustia y los nervios. Sabía que iba a terminar esquilado como una oveja.
El peluquero le dio vuelo a la tela y la pasó por delante de mí ajustándola con fuerza por detrás. Puso debajo de mi nuca el clásico paño blanco y lo dobló hacia adentro.

Me dejó capeado unos minutos mientras barría los pelos del piso de los últimos dos cortes y los arrojaba con la palita a un bote de basura.

Volvió a mi espalda, bombeó el sillón hidráulico para separarme del piso y alcanzar una altura cómoda para el peluquero y , tomándome por los hombros y levantando el pelo de la parte trasera entre sus dedos preguntó , casi burlonamente:


¿ Qué hacemos con esta porra ?.-
Carmelo, me lo va a dejar bien peladito. De acá atrás le pasa la cero hasta arriba, igual que a los costados y de acá arriba se lo deja cortito a tijera. La parte baja de la nuca se la perfila con la doble cero, que quede afeitadito.- fueron las instrucciones, y se apartó a la silla de espera.
Muy bien , vos mandás , y vos dejame la cabecita suelta y quedate quietito así no hay problemas.- me dijo, como una orden.

Cuando lo vi tomar del mueble la cortapelos manual del #0 y hacerla funcionar en el aire como para ganar velocidad con sus dedos, se me mezclaron los sentimientos. Por un lado la angustia de saber que iba a ser rapado sin misericordia, por otro lado la bronca de saber que el viejo iba a disfrutar del corte y por otro lado la extraña excitación que me iba a provocar el sentir el frío acero de la máquina al recorrer mi cuero cabelludo. Todo esto hizo que mis ojos se llenaran de agua aunque me negaba a mostrar mi llanto.
Fue a mi espalda y, apoyando con firmeza su mano izquierda en la cima de mi cabeza me la bajó hasta chocar contra mi pecho dejándome como única visión la tela blanca que me cubría.
Enterró la cortapelos en la línea de crecimiento del pelo en la nuca y, con movimientos lentos pero sin pausa, comenzó a subirla hasta la coronilla. Los primeros mechones cortados de raíz empezaron a cubrir la capa y me imaginé una franja pelada al ras en el centro de la nuca.
Volvió a la base y así, franja a franja, me peló toda la parte trasera.
Sobre la tela, en mi regazo, descansaba una gran montaña de pelo castaño que instantes antes me pertenecía y que en momentos iba a terminar sobre el piso ajedrezado de ese antro macabro.

Mi padre, el peluquero y el visitante se enredaron en una conversación sobre política mientras la maquinilla seguía recorriendo mi nuca como si quisiera traspasar mi cuero cabelludo. Me invadió un estado de humillación sabiendo que esas tres miradas tenían como espectáculo mi cabeza que estaba siendo despojada de todo rastro de pelo.
Por momentos me dejaba de cortar , sin soltarme la cabeza , para participar de la charla pero luego volvía con su herramienta de tortura y continuaba la esquila.

Cuando consideró que atrás no quedaba mucho por cortar, me inclinó la cabeza hacia la derecha y me peló todo el costado izquierdo eliminando por completo mi patilla hasta la sien y despojando el pelo que cubría mi oreja, haciendo un gran arco sobre ella. Me apoyó la cero en la parte de atrás de la oreja y me la rapó por completo. Pasó un cepilló con talco para liberar minúsculos pelillos rebeldes que acabaron, como el resto, sobre la tela.
Giró el sillón dejándome de frente a mis espectadores y , volteándome otra vez la cabeza me rasuró todo el otro costado.

Me puso nuevamente frente al espejo, dejó la máquina en la encimera del mueble y seleccionó una tijera y un peine y me empezó a despojar de todo el pelo de la parte superior. Liquidó el flequillo con dos o tres tijeretazos , y siguió levantando largos mechones con el peine cortándolos a un centímetro de mi cuero.

Yo tenía ahora mi imagen en el espejo mostrando una aspecto desolador. En 15 o 20 minutos me había masacrado. La cara de mi padre era de absoluta satisfacción. Estaban pelando a su hijo como él quería.

El peluquero me quitó la capa y, sacudiéndola con fuerza en el aire, hizo que mi antigua cabellera acabara al pie del sillón. La volvió a colocar para continuar con las instrucciones recibidas. Sería el turno de la terrible #00 en la nuca.
De un cajoncito del mueble sacó la maquinita envuelta en una franela amarilla. Bajo la luz del tubo que estaba sobre el espejo, parecía relucir como la plata.
Otra vez en mi espalda me bajó la cabeza y escuché:

¿ Hasta dónde le paso la dos ceros, José ? ¿ Hasta arriba?.- dijo con ganas de afeitarme toda la nuca.
No….hasta la mitad, Carmelo. Hasta ahí está bien.- aprobó mi padre cuando el peluquero puso un par de dedos sobre la media cabeza.

Me peló toda la parte baja y media de la parte trasera al riguroso #00. En un momento se me erizó la piel cuando sentí la palma de la mano del peluquero pasar a contrapelo por donde había pasado la maquinilla.
Me cepilló y entalcó la zona.
En una taza de porcelana preparó espuma para el afeitado del contorno del corte.
Con una brocha me distribuyó el jabón por debajo de las patillas, detrás de las orejas y todo el borde de la nuca.
Abrió la navaja y le dió algunas pasadas a la cuchilla por el cuero que colgaba de uno de los apoyabrazos del sillón.

Me tumbó la cabeza hacia un costado y con dos dedos a la altura de la sien me estiró la piel hacia arriba para rasurarme la patilla a la altura de la parte superior de la oreja haciéndola desaparecer.
Dobló la oreja hacia abajo y me hizo un gran arco que dejó la zona " a la piel ".
Todo el contorno de la nuca lo afeitó por completo. Repitió del otro costado girando el sillón y me quitó todo el excedente de espuma. Ahora , otra vez de frente al espejo, mi cabeza se dejaba ver ridículamente "prolija". Talco y cepillada otra vez y me peinó, como pudo, lo poco de pelo que había dejado arriba.

Me puso el espejito de mano a la espalda mostrándome , desde distintos ángulos, la escandalosa rapada que me había dado. Le pidió a mi padre su aprobación y , por supuesto que la misma llegó junto con una felicitación para el "verdugo" por su esmerado trabajo.

Me sacó la tela y pude bajar del sillón. Casi por instinto llevé mi mano a la nuca y la encontré absolutamente desnuda. No pude contener el llanto. El lunes tenía que volver a la escuela y sería el hazmerreir de todo el grado.

Ya en casa mi madre celebró el corte y , por la noche en la reunión, ni qué decir mi abuelo. Estaba chocho, mientras yo soportaba las burlas de mis primos.

Cada dos meses volvía al mismo sillón para terminar igual de rapado. Así fue casi hasta mis 17 años cuando mis padres se separaron.
Después, tal vez por venganza , llegó una época de pelo largo y ahora, ya con más edad, he vuelto al pelo muy corto pero por propia decisión.































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