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Lo encontré by Pablo83
Otra vez tomar la decisión de cortarme el pelo en otra peluquerÃa. Siempre es difÃcil el cambio.
Desde hace cerca de dos años estoy yendo a lo de Carlitos en la Av Galicia en Avellaneda. Ya ando cerca de los 40 y ,por lo general, soy de usar el pelo corto pero nada extremo. Sin embargo, en mis últimas dos visitas, noté que a Carlitos se le estaba yendo un poco la mano y como yo no le decÃa nada se tomaba ciertas libertades. Pero la última vez ya se pasó " tres pueblos " como dice mi mujer ( que es hija de gallegos ).
Cuando me puso el espejito en la espalda al terminar el corte , vi con sorpresa que habÃa mandado la máquina casi hasta la mitad de la cabeza ( en realidad un poco menos pero no tanto). Ni me habÃa dado cuenta que la habÃa subido tanto. Le dije que "estaba bien" pero que me parecÃa muy corto.
Cuando salà de la peluquerÃa lo puteaba en siete idiomas. Me habÃa hecho casi una media americana. No me gustaba para nada, pero no habÃa retorno.
Creo que ahà tomé la decisión de darle un descanso al peluquero para que se tranquilizara y yo buscarÃa otro para el próximo corte.
El próximo corte llegó el viernes pasado y recordé que, en este mismo sitio, algunos comentaron de un peluquero en Lanús que tenÃa su local frente a la placita de Av Rivadavia , que la entrada era un portón corredizo a medio abrir y que su nombre era Walter o Don Walter.
La toma de decisión fue rápida, no tenÃa muchas opciones de peluquerÃas cerca, asà que el viernes al atardecer me fui para allá. La cosa no podÃa haber sido peor. El portón estaba todo cerrado. Como eran cerca de las 7 imaginé que cerraba temprano , pero a esa hora una peluquerÃa deberÃa estar abierta. Dejé mi visita para la mañana del sábado.
Al otro dÃa a las 10:00 estaba en la placita. Otra vez cerrado. Ya casi habÃa abandonado en mi intento. Fui al kiosco de la esquina por cigarrillos y me dió por preguntarle al kiosquero si el peluquero Walter no atendÃa más.
El tipo, muy amable , me dijo que sà , que aunque estuviera el portón cerrado le tocara timbre igual, que me iba a atender. Le di las gracias pero, no muy convencido, me senté en la placita a fumar y esperar por las dudas que abriera. Terminé el cigarrillo y nada. Tomé coraje, crucé la avenida y, sin dilatar más la cuestión, toqué timbre.
Sin mediar espera me abrió la puerta un señor menudito, flaquito, con un bigote tupido y cara de tipo bonachón enfundado en una clásica chaqueta blanca. Se dio esta breve charla:
Hola, buen dÃa , ¿ Don Walter ?- le dije, aunque la pregunta a mà me resultaba obvia.
SÃ.- contestó como sorprendido al no registrarme como un cliente habitual.
QuerÃa ver si me podÃa cortar el pelo .
SÃ, claro, adelante. Me va a tener que esperar unos minutos.- dijo como disculpándose.
No hay problema.
Me hizo atravesar una salita y, después de atravesar una cortina de flecos , me invitó a pasar al salón.
HabÃa dos personas. Una mayor, casi de la edad del peluquero, en una silla de espera ( aunque daba la impresión de ya haber sido atendido), y un niño de unos 8 o 10 años en la sillita alta para chicos con la cabecita a medio pelar. ParecÃa estar acompañado por quien esperaba. Imaginé que serÃa su abuelo porque la edad de ambos no daba para que fuera su padre.
Me senté, bastante nervioso, a esperar mi turno mientras el peluquero, máquina en mano terminaba de raparle la nuca.
El local era pequeño y de unos cuantos años. Un solo sillón gastado, una repisa con algunos cajones debajo del espejo, un perchero de pie en un rincón del que colgaban tres o cuatro capas de barbero ( entre ellas una blanca… mi obsesión ) y las cinco sillas de espera. Eso era todo.
Mis ojos recorrÃan el ambiente pero se detuvieron en la repisa. Allà vi algo que me estremeció y me trajo infinidad de recuerdos: dos maquinillas manuales brillaban a la luz del tubo que iluminaba el espejo. Mi infancia se hizo presente en mi memoria. Siempre habÃa deseado volver a esos antiguos cortes de pelo pero era difÃcil encontrar peluqueros que mantuvieran esa tradición, aunque Don Walter estaba utilizando una máquina eléctrica para pelar al chico.
Cuando terminó el corte,el chico bajó llorando de la sillita , tal cual lo hacÃa yo cuando me pelaba Don Roque en mi niñez.
Me invitó a tomar asiento y se llevó la sillita a la trastienda mientras acompañaba a los clientes para abrirles la puerta.
En unos segundos estuvo conmigo otra vez en el local y se dio una charla:
Bueno, ahora sÃ.- me dijo tomándome de los hombros. - Sos muy joven,¿ te puedo tutear, no?
SÃ, por supuesto, me llamo Pablo.- le dije como para entrar en confianza. Me habÃa caÃdo bien. Daba la imagen de un buen tipo.
Asà que sos nuevo en el barrio , Pablo?.-
No. En realidad vivo en Avellaneda.-
¿Y cómo me encontraste ? Porque la peluquerÃa no se ve desde la calle. Desde que pasó lo de la pandemia sólo abrÃa una hoja del portón y asà y todo tampoco es tan visible. Trabajo mucho con antiguos clientes.
Yo le conté lo del sitio en el que participamos y el viejo no entendÃa nada.
¿Asà que soy "famoso" ?.- me dijo en chiste.
SÃ. Algún cliente suyo escribió sobre Ud y su peluquerÃa y como no me quedaba lejos y quise cambiar de peluquero, qué mejor que uno con buenas referencias.-
Bueno , no te adelantes, primero esperá que te corte y después vemos..- dijo sonriendo mientras tomaba la capa gris con dibujos negros que habÃa usado con el chico anterior.
No sé por qué yo le habÃa echado el ojo a la clásica tela blanca que colgaba del perchero y me atrevà a decirle si tenÃa algún problema en usarla conmigo.
No. ¿Cómo voy a tener problema? . Si querés esa la usamos. Por lo general la uso con clientes mayores a los que no les gustan las que tienen dibujos o colores. Son más tradicionales, y por lo que veo , vos también lo sos.-
Me trajo recuerdos de cuando mi padre me llevaba a cortarme el pelo y se usaban estas telas de algodón.- le comenté mientras me la pasaba por delante de mà y me cubrÃa casi por completo.
Yo me veÃa en el espejo capeado con esa tela y una rara excitación me recorrió el cuerpo.
El peluquero me empezó a peinar y me dijo:
No lo tenés tan largo. ¿ Sos de usar el pelo corto?.-
SÃ. Ya ando cerca de los 40 y busco algo de acuerdo a mi edad. El último corte para mà fue un desastre, por eso llegué acá. Al otro se le iba la máquina y me terminó en una media americana.- le conté mi experiencia.
Mirá , la media americana ya es un corte de viejos. En realidad , si te gusta el pelo corto es preferible la americana, que ahora está más de moda en esas nuevas barberÃas que están abriendo por todos lados.-
Sà , pero yo no lo quiero tan pelado, además no me siento cómodo en esos nuevos locales.- le dije y él se rió.
Bueno , entonces ¿ cómo te lo corto?.-
Quiero algo corto a tijera y en la base de la nuca, 1 o 2 centÃmetros por sobre la lÃnea de crecimiento del pelo, me gustarÃa que me pasara una de esas maquinitas manuales que tiene ahà arriba.- le dije señalándole las cortapelos antiguas.
Ah….pero vos sos más clásico de lo que yo pensaba.- nos reÃmos los dos.
Bueno, vamos,-
Tomó de la repisa una tijera y con el peine que tenÃa en la mano me empezó a rebajar todo el pelo de la parte de arriba hasta dejarlo cortito.
Después rebajó todo el pelo de la nuca hasta arriba.
Mientras veÃa caer el pelo al piso o sobre la tela blanca , la excitación iba en aumento.
Me cortó corto los laterales descubriendo las orejas y emprolijó las patillas hasta las sienes.
Yo ya parecÃa otro reflejado en el espejo. Me sentÃa muy cómodo con lo que estaba viendo.
Cuando dejó la tijera me miró y me preguntó:
¿SeguÃs con la idea de la máquina en la base de la nuca ? o lo dejamos asÃ.- y me puso el espejito de mano para ver el corte en la parte trasera.
SÃ, pásela unos centÃmetros.- le dije con total seguridad.
Vi cuando tomó una de las maquinitas y, yendo a la nuca me bajó la cabeza contra el pecho.
El placer que me dio cuando me apoyó la cortapelos y la empezó a subir un poquito a lo ancho de toda la base de la nuca fue tal que me dije : " Aprovechalo a este tipo . Cortátelo más corto , no seas cagón ". HacÃa tiempo no me encontraba tan a gusto mientras me cortaban el pelo.
Cuando terminó me marcó el contorno del corte con la navaja y me volvió a colocar el espejito atrás.
HabÃa hecho lo que yo le habÃa pedido:
¿y? ¿ conforme ?.- me dijo mientras buscaba distintos ángulos para que pudiera ver el trabajo.
SÃ, quedó muy bien, Muy conforme.- le dije, tocándome esos dos centÃmetros por donde habÃa pasado la maquinita.
Mientras me pasaba un cepillo de madera con cerdas blancas medio rÃgidas, mi cabeza explotaba.
Como el juego del "diablito" en un hombro y el "angelito" en el otro, una parte de mà me decÃa "ya está, dejá todo asà que está bien ", la otra me repetÃa: " Dale, andá más corto, te va a quedar bien, Ya tenés 40 años y este tipo sabe lo que hace ". Y bueno, ganó el más arriesgado.
Antes de que me sacara la capa tomé coraje y le dije:
Perdón Don Walter, ¿ no me puede subir un poco más la maquinita ?.-
No. Me vas a disculpar , pero si te la subo un poquito más vas a terminar con una media americana y yo te dije que era un corte antiguo. No te va a gustar. No es para vos ese corte.- me dijo aconsejándome.
Nunca me habÃa pasado que un peluquero me hablara con tanta franqueza. Por lo general uno pide un corte y el tipo te lo hace, y si te queda bien, bien…..y si no, joderse.
Yo ya me habÃa jugado pidiéndole más corto, asà que fui por todo:
Don Walter , hágame una americana.- le dije con total convencimiento,
Me miró sorprendido y me preguntó si estaba seguro. Le dije que sà y me aclaró que una vez que subÃa la máquina ya no habÃa marcha atrás.
Pensalo. Tenés que estar muy seguro. Yo sé que te va a quedar bien, pero eso lo tenés que decidir vos.-
Lo tengo decidido. Quiero cambiar el estilo y quiero que sea Ud. quien lo haga.-
Bueno. Seguro que vas a elegir la maquinita de mano. Y te estoy conociendo.- y sonrió.
Si, obvio.
Me quitó la tela blanca y la sacudió en el aire con fuerza para librarla del pelo ya cortado. La volvió a ajustar en mi cuello.
De la repisa seleccionó la máquina y fue a mi espalda.
De arriba no te voy a cortar mucho porque ya te lo dejé bastante corto, asà te vas a poder peinar.-
OK.- le dije.
Bajame un poco la cabeza.- comentó, poniendo su mano en la cima y llevándola hacia abajo.
Apoyó la #0 en la nuca , donde ya la habÃa pasado, y sentà un escalofrÃo que me recorrió la columna.
SabÃa que me iba a pelar pero me sentÃa tranquilo. Otra vez me invadieron los recuerdos de mi niñez pero ahora lo hacÃa por placer y no por obligación.
Empezó a subir la máquina hasta la coronilla y en el silencio que se habÃa creado sólo escuchaba el sonido acompasado del muelle de la maquinilla creado por el abrir y cerrar del puño del peluquero. Un placer.
Me peló toda la nuca en varias pasadas, luego los costados y sólo me retocó algo de la parte de arriba para eliminar la lÃnea de la máquina.
Me puso el espejito y no lo podÃa creer, pero estaba convencido que ya habÃa encontrado a "mi" peluquero.
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