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Las instrucciones del tío Anselmo by BARBERO MILITAR
Las instrucciones del tÃo Anselmo
CorrÃa el año 1977. Mi primo Ãngel y yo estámos de vacaciones y el tÃo Anselmo nos invitó a pasar el verano en su casa de Madrid. Era un caballero cuarentón, soltero y chapado a la antigua. A mediados de los setenta todos los chicos usábamos el pelo largo, tapando la oreja. Nada más llegar en el tren a la estación de ChamartÃn, el tÃo Anselmo nos miró fijamente a la cabeza, intuà que algo le disgustaba de nuestra imagen. Esperó a que llegáramos a casa para "leernos las cartilla". Nos dijo que estaba encantado de tenernos a su lado durante un par de meses y que se iba a esmerar para que lo pasáramos bien. Como él también tenÃa vacaciones nos acompañarÃa al zoo, parque de atracciones, Museo del Prado etc. Nosotros gozábamos pensando en lo bien que lo ibamos a pasar en Madrid, una ciudad totalmente desconocida y atractiva. Sin embargo, el precio que tenÃamos que pagar era una obediencia total a nuestro tÃo común.
El tÃo Anselmo nos dijo que aquella tarde sin excusa deberÃamos visitar al barbero. En Madrid el calor apretaba y deberÃamos ponernos fresquitos. Nuestro tÃo no nos podÃa acompañar porque tenÃa unas gestiones que resolver. Ãngel y yó, al quedarnos solos, comentamos que asà seria mejor. Le dirÃamos al barbero que no nos cortara el pelo demasiado; una vez hecho el corte, nuestro tÃo se conformarÃa con el resultado. El tÃo nos habÃa comprado ropa a su gusto, que para nada coincidÃa con el nuestro. Nos vistió a los dos iguales, como si fuéramos hermanos gemelos: una camisa blanca de manga corta, pantalones cortos de tono gris oscuro y calcetines altos de Ejecutivo, también grises. Exhibir de aquella manera unos calcetines tal altos y finos nos resultó humillante, pero el tÃo Anselmo no nos dió opción de opinar. Nos dijo que mientras estuviéramos bajo su techo deberÃamos obedecerle en todo sin rechistar.
Eran las cuatro y media de la tarde cuando llamó a la puerta el portero del edificio, un tal Nemesio. Era él quien nos iba a acompañar local de barberÃa. Recuerdo que las calles estaban vacÃas y que el calor resultaba agobiante. En pocos minutos nos encontrábamos frente a la barberÃa en que nos iban a cortar el pelo. Era un establecimiento muy antiguo, con una puerta de cristal tapada por una cortina blanca corrida. Sin embargo, ésta no permanecÃa cerrada del todo y pudimos contemplar el sillón giratorio, con el respaldo de rejilla, y el armazón metálico, una verdadera pieza de museo. Tuvimos que esperar fuera unos minutos hasta que apareció el barbero. Se trataba de un señor mayor de pelo blanco. Nos saludó cortesmente y nos invitó a pasar. Nosotros le dijimos al portero que se podÃa marchar, que sabÃamos volver solos a casa. Pero antes de irse, Nemesio le dio un papel al barbero. Mi primo cruzamos nuestras miradas y nos quedamos un tanto preocupados. El tÃo Anselmo siempre estaba bromeando con que nos iba a cortar el pelo al rape en cuanto cayésemos en sus manos y solÃa cumplir sus amenazas.
El barbero nos invitó a sentarnos. Se metió en la trastienda y pudimos ver como se quitaba la camisa y se quedaba con tan sólo la camiseta de tirantes, poniéndose encima una bata blanca. Mi primo y yo empezamos a asustarnos. No sabÃamos lo que nos iba a ocurrir, estábamos en manos de un señor mayor, de mentalidad trasnochada, que nos iba a cortar el pelo a su gusto. El barbero nos preguntó quién iba a ser el primero en tomar asiento. Ninguno de los dos querÃamos tener aquel "privilegio" y discutÃamos sobre el tema de forma abierta. Pero el viejo barbero nos hizo una pregunta: ¿Quién de los dos es el mayor? Al llevarle a mi primo Ãngel más de medio año fui yo el primero en sentarme en el potro de tortura.
El local olÃa a masaje Flöid y a colonia Varón Dandy. Al poco tenÃa colocada una inmensa capa blanca de algodón sujeta con una tira de papel blanco. El barbero sacó de su bolsillo la nota del tÃo Anselmo y palideció. Las intrucciones no dejaban lugar a dudas. El barbero comenzó a leer el escrito en voz alta. Literalmente decÃa asÃ:
Estimado sr.
Le mando con Nemesio a mis dos sobrinos. Observará que parecen dos ye-yes, llevan el pelo casi tan largo como las chicas. Espero que usted ponga remedio al asunto y me los envÃe convertidos en dos hombres. Para que aprendan disciplina e higiene los va a rapar a riguroso cepillo parisién. Les mete la maquinilla del cero hasta la coronilla, y en los laterales hasta las sienes; ¡no se ande con contemplaciones! El cuello se lo apura al máximo, con la maquinilla del doble cero. De arriba les corta el pelo dejándo como máximo un dedo. En resumidas cuentas, le estoy pidiendo un corte de marine, de los que me hace a mà cada quince dÃas. Si se resisten, tiene mi consentimiento para usar la fuerza; le autorizo a darles un soplamocos si lo cree oportuno
Sin otro particular le saluda:
Anselmo Gutiérrez
El señor mayor empezó a peinar mi cabello negro, sin pronunciar palabra alguna. En la encimera tenÃa una maquinilla manual de púas muy estrechas. La movió en el aire, me sujetó con fuerza la cabeza y empezó a pasármela por el cogote. Sentà un escalofrÃo al notar la frÃa cuchilla en contacto con mi nuca. Tan sólo se oÃa el sonido mecánico de aquel instrumento metálico. Grandes copos de cabello negro caÃan al suelo o se quedaban enganchado en los pliegues de la capa. Sentà un cosquilleo muy placentero al dedeslizarse la maquinilla por mi cogote. Me la subÃa más y más hasta llegar a la coronilla. Cuando me asusté de veras fue al pasármela por la zona de las patillas. La piel blanca estaba a la intemperie y apenas asomaban unos pelillos milimétricos, duros como alfileres. Sin lugar a dudas, aquel era el mayor rapado de mi vida. TenÃa un nudo en el estómago. Cuando terminó con la maquinilla del cero echó mano a la del dos ceros para apurarme aún más el cuello y las patillas. También usó la maquinilla del uno y la del dos y en la zona del flequillo me lo cortó a tijera. Con la navaja me perfiló las patillas, los laterales y el cuello. Para finalizar me aplicó una buena cantidad de masaje capilar Flöid, a base de quina. Cuando me enseñó con el espejo el resultado me entraron ganas de gritar. Sin embargo, el barbero, queriéndome consolar me pasó la mano a contrapelo por la zona trasera de la cabeza y sentà un gran placer al notar la suavidad de mis milimétricos cabellos.
Mi primo Ãngel fue rapado exactamente igual que yo. Al abandonar la barberÃa tenÃamos la sensación de que la gente nos miraba por la calle. Fuimos corriendo a casa, un tanto avergonzados. Nos preguntábamos cuanto tardarÃa en crecernos. A el tÃo Anselmo se le iluminó la cara al vernos tan peloncetes. Nos sobó a placer las cabezas y sonriendo de oreja a oreja dijo:
Asà quiero ver yo a mis sobrinos. Podéis pasar la más rigurosa revista militar. Cada quince dÃas iréis a la barberÃa.
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