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suegro exigente by esquivo
Era el año ´ 72 . Yo tenÃa 17 años y estaba en el colegio secundario.
Me habÃa puesto de novio con una compañera de la escuela. Ella tenÃa 15 años y nos llevábamos muy bien. Yo ya entraba a su casa y conocÃa a la familia.
Me habÃan recibido bien. Lo único que me ponÃa un poco incómodo era la manera, casi despreciativa, con la que su padre miraba mi pelo.
Era la época del cabello largo y yo lo usaba crecido sin que fuese tan largo.
TenÃa el pelo sobre las orejas, unas patillas más o menos anchas, gran flequillo y , por detrás, me caÃa sólo un par de centÃmetros sobre el cuello de la camisa.
Siempre me llevaba mi padre a la peluquerÃa y me hacÃa dar una buena rapada que el peluquero de la esquina de mi casa disfrutaba y cumplÃa al pie de la letra. A principios de ese año habÃa logrado que mi pelo creciera , siempre que lo mantuviera correctamente.
El padre de Paula, mi novia, no era militar pero sà muy tradicionalista y llevaba el cabello cortado casi al rape.
Recuerdo que , cuando lo veÃa después de cada corte, me provocaba una gran excitación porque me lo imaginaba en el sillón de peluquero, con la capa al cuello y a un viejo peluquero pasándole, sin piedad, una máquina por la cabeza.
Nunca me dijo nada del pelo pero me di cuenta que no le caÃa bien esta moda. A mi novia le encantaba.
Paula vivÃa cerca de mi casa y aunque yo no tenÃa licencia de conducir mi padre me prestaba el auto con la recomendación de que no anduviera por ahÃ. Sólo hasta lo de Paula , y despacio.
Un sábado a la tarde, una semana antes de mi cumpleaños, la fui a visitar.
Me atendió el padre y nos saludamos. Me hizo pasar y a mà me extrañó que no saliera mi novia.
Mirá, Eduardo, Paula salió con la madre a comprar ropa. Viste cómo son las mujeres, pueden tardar dos horas, y yo iba a salir a la peluquerÃa asà que , tal vez puedas venir más tarde.- me dijo, mientras se ponÃa una campera.
Era mi oportunidad para ver de cerca lo que imaginaba: su corte de pelo.
Ando con el auto. Si no es muy lejos lo puedo acercar.- me ofrecÃ.
No. Es acá tres cuadras.-
Ah, bueno. Si quiere lo llevo.- yo ya me hacÃa toda la pelÃcula.
Bueno, gracias. Asà no camino.- dijo sonriendo.
Subimos al auto y en dos minutos llegamos.
Estacioné en la puerta, donde se veÃa uno de esos polo de peluquerÃa, y por el ventanal al peluquero en su sillón leyendo el diario.
Yo no dije nada a la espera de que él dijera algo.
¿ Te vas a tu casa?.- me dijo mientras bajaba.
No tengo nada que hacer. Si no es mucho tiempo lo espero.- le dije.
Ah, gracias. No es mucho. En media hora me corta. No te quedes acá afuera, venà entrá, y después nos vamos.- la invitación a entrar habÃa llegado.
Entramos y sonó un llamador.
Tal cual me lo imaginaba. Una peluquerÃa clásica de unos cuantos años con un sillón de peluquero digno de un museo. Un mueble de madera oscura con un gran espejo. El mueble lleno de herramientas perfectamente acomodadas y , sobre la otra pared, algunas sillas de espera.
El peluquero, un cincuentón largo, se puso de pie y saludó:
¿ Qué hacés Roberto?.- dijo el peluquero al padre de Paula.
Hola, Antonio. ¿Tenés ganas de pelarme ?.-
Siempre tengo ganas. Sentate.- y le señaló el sillón mientras yo me sentaba en una silla.
¿ El joven es tu hijo ?.- preguntó el peluquero .
Noooooo. Con ese pelo no podrÃa ser mi hijo. Es el noviecito de mi hija.- dijo con una sonrisa.
Ya me parecÃa. ¿Te tocó un melenudo de yerno ?.- el peluquero se rió pero al padre de mi novia no le hizo nada de gracia. - ¿ Te lo corto como siempre ?.- preguntó.
SÃ, dale. Cortito como siempre.- fue la respuesta.
Lo envolvió con una tela blanca de algodón y se la ajustó con fuerza por detrás.
Me preparé para ver un corte de pelo brutal cuando vi al peluquero tomar , de arriba del mueble, una maquinita de mano de cuchilla de púas muy apretadas que se me antojó era la " cero ".
Fue a su espalda y, casi con brusquedad, le empujó la cabeza hacia abajo y se la mantuvo gacha con su mano izquierda en la cima de la cabeza.
Le empezó a correr la máquina rapándole toda la nuca. Yo veÃa , excitado, cómo iba apareciendo el cuero cabelludo en blanco con el pelo al milÃmetro.
Iba y venÃa con la herramienta como si lo estuviera disfrutando.
La parte trasera ya estaba al rape.
Le peló los costados también al #0 y dejó la máquina de tortura.
Con una tijera enorme y un peine le cortó, muy corto, la parte de arriba.
Mientras le afeitaba el contorno del corte , me miró por el espejo y llegó lo que pensé que no iba a pasar. Me dijo:
¿ Por qué no aprovechas y te recortás un poco ese pelo?.- me dejó helado.
No, Don Roberto, estoy bien asÃ.- traté de terminar esa charla.
Sabés que no me gusta y ahora estás saliendo con mi hija . Te vendrÃa bien un arreglo.- volvió con el tema.
El peluquero también opinó y la cosa se estaba poniendo complicada.
Tiene razón Roberto. Estás de novio con su hija y , además, estás entrando a su casa..-
Claro. Y yo no quiero melenudos. Asà que, si querés seguir visitando a Paulita te conviene cortarte un poco esa porra.- ya estaba cambiando el tono de su voz mientras el peluquero le retocaba la nuca con la maquinita.
Pero, Don Roberto, a Paula le gusta asÃ.- le dije.
Pero a mà no. ¿ O vale más un poco de pelo, que después crece, que el amor de mi hija.?
Mientras el peluquero le ponÃa talco y le cepillaba la cabeza, le empezó a desabrochar la tela.
Servido, Roberto.-
¿Y vos, al final que vas a hacer?-
No sabÃa qué hacer. Era una bola de nervios. Yo solo me habÃa metido en ese problema. No querÃa perder a Paula.
Bueno. Pero solo emparejarlo un poco.- dije caminando hacia la silla donde el peluquero, con una sonrisa maliciosa, me esperaba con la tela desplegada.
Me senté frente al espejo y podÃa ver reflejada la sonriente cara del padre de mi novia.
El peluquero me envolvió en la tela y ya me tuvo a su merced.
Sólo un recorte, eh.- le dije con miedo.
Tranquilo pibe, vas a quedar bien.- dijo el peluquero mientras me peinaba.
! ¿Qué porra , eh?! ¿Cuánto hace que no vas a la peluquerÃa? - me dijo.
Giró el sillón y me dejó de espaldas al espejo con el argumento de que tenÃa mejor iluminación.
Lo miró al padre de mi novia y le preguntó:
Bueno Roberto ,¿ cómo lo corto?- dijo.
Ah, no sé. Que él elija su corte. Hizo un guiño que yo creà que era para mÃ, pero después me di cuenta que era para el peluquero.
¿Cómo querés que te lo corte ?.-
Sólo un arreglo. No corte mucho.- le dije, sin saber si lo iba a cumplir.
De pronto sentà que habÃa empezado a cortar por arriba con tijera.
Algunos mechones cayeron a la tela y me asusté porque eran larguitos.
Volvà a insistir:
No corte mucho.-
Tranquilo.- me dijo , mientras otros mechones iban cayendo.
Yo ya estaba intranquilo cuando empezó a atacar mis costados, de un lado y de otro. Me pareció sentir las tijeras cortando el pelo sobre las orejas pero no le dije nada porque no estaba seguro.
Me cortó un poco de las patillas y fue a cortar un poco del excedente del pelo de la nuca. La tela mostraba más pelo cortado del que yo querÃa.
¿ No está yendo muy corto ?.- le dije bastante nervioso y agarrado con fuerza de los brazos del sillón.
Quedate tranquilo. Lo que pasa es que estaba muy largo. -
Bajame un poco la cabecita .- me dijo , y yo cumplÃ.
Me rebajó el pelo de atrás bastante. Creo que fue muy arriba con las tijeras. No veÃa caer el pelo porque iba directamente al piso. Me pareció que me habÃa cortado mucho porque sentà el acero de la tijera cerca del cuero cabelludo.
Cuando dejó las tijeras me dio una cepillada por toda la cabeza. Pensé que la tortura habÃa terminado.
¿Qué te parece, Roberto ?.-
Desde su silla me miró y , con una sonrisa, dijo:
La nuca la cortarÃa un poquito más , total le va a crecer.-
En ese momento me di cuenta lo del guiño. HabÃa sido una señal para el peluquero que yo no interpreté.
Se venÃa lo peor.
En un segundo sentà que me empujaba la cabeza hacia abajo y , sin darme tiempo a la reacción, me pasó una cortapelos desde la base de la nuca hasta la coronilla.
Me quedé perplejo, sin habla , sin moverme.
Cuando reaccioné ya habÃa subido la máquina por segunda vez.
!!! Con la máquina no !!!!.- dije con la cabeza gacha , pero ya era tarde.
Me sostuvo con firmeza la cabeza hacia abajo y , casi con sorna, me dijo:
Tranquilito, che, sin moverse. Vas a ver que bien te va a quedar.-
La voz del padre de Paula se escuchó casi victoriosa:
Bien Antonio, que cortecito.-
SeguÃa pasando la máquina casi obstinadamente. Iba y venÃa con la herramienta recorriendo toda la parte trasera dejándola todo lo rapada que podÃa.
Sin levantar la máquina de mi cráneo pasó de la parte trasera a pelarme el costado derecho . Se llevó las patillas y me pelo arriba de la oreja.
Caminó alrededor del sillón y me peló el otro costado.
Con la tijera me cortó bastante más la parte de arriba dejándome un flequillo corto para poder peinarme.
Giró el sillón y me pude ver en el espejo. Me querÃa morir . Arriba estaba más que corto y los costados dejaban ver el blanco de mi cuero cabelludo. Por cómo se veÃa de rapado no habÃa dudas que habÃa usado la máquina del cero.
Me afeitó el borde del corte con una navaja barbera y me peinó con una raya lateral con un gel espantoso.
Listo para ver tu corte ?-
Me puso el espejito de mano en la nuca y no me reconocÃ. Estaba absolutamente pelado. Me quebré y me cayeron algunas lágrimas.
El padre de mi novia me decÃa que me quedaba bárbaro.
Yo pensaba en mi encuentro con Paula, sabiendo cómo le gustaba mi cabello largo y ahora verme rapado.
Salimos de la peluquerÃa y subimos al auto. Yo en silencio y él tratando de convencerme de que me quedaba bien.
Al llegar a la casa ya estaba el coche de la familia en la puerta. Paula estaba en casa. Yo no querÃa bajar pero no sé cómo escuchó que habÃamos llegado y salió. Abrió los ojos como el dos de oros y se tapó la boca.
¿ Qué te pasó?-
Tu viejo me llevó con su peluquero.-
Y le conté toda la historia.