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La historia de Luis by jenrique


Cuando llegué a la escuela esa mañana y vi muchos alumnos afuera me imaginé lo peor.
Siempre pasaba lo mismo cuando algún directivo daba la orden de pasar revista al alumnado masculino. El control era , básicamente, uniforme y pelo.
Esta tarea llevada a cabo por personal auxiliar : celadores y preceptores , por supuesto, demoraba el ingreso a la escuela por tal motivo se juntaban muchos estudiantes en la calle.

Sabiendo como se controlaba todo, supe que yo caería entre los "castigados". Pensaba en mi regreso a casa. Sería poco menos que una catástrofe, sobre todo porque ya hacía más de una semana que mi padre me había mandado a la peluquería para no tener problemas en la escuela y yo no había cumplido. Y ahora esto. A él, como padre tradicionalista que era, le caería como una bomba y de hecho montaría en cólera viendo que su hijo de 16 años desobedecía sus órdenes.

Por supuesto, cuando fue mi turno en la requisa fui rechazado. Había que ir a cortarse el pelo para poder ingresar al otro día.

El control mío fue bastante rápido. Tenía el pelo muy crecido y era obvio. El auxiliar que me controló sólo miró mi nuca y mis orejas cubiertas y sentenció:

- !!! PELUQUERÍA, JOVEN !!!.- fue la orden.

Para colmo era temprano y además no tenía el dinero como para ir a mi peluquería por un arreglo. Sólo un recorte.
Tuve que volver a casa.

Mi padre es mecánico de automóviles y ya desde la esquina lo vi en la puerta del taller arreglando un auto.
Demoraba mis pasos para no llegar nunca.
Cuando faltaban dos veredas para llegar, mi padre me vio y puso cara de extrañado:

- ¿ Qué te pasó?.- dijo en un tono preocupado.
- Nada. Todo bien.- y me metí en casa.

Mi madre me vio llegar y me fue inevitable contarle lo ocurrido. Por supuesto que a los 5 minutos mi padre había entrado:

- ¿Qué te pasó, che?.- dijo usando un tono amistoso, aunque yo sabía que en minutos se iba a desatar la tormenta.
- Nada .- dijo mi madre.



- ¿Cómo nada? ¿ Algo pasó? .- volvió a preguntar mi padre.
- Está todo bien, Arturo, sólo que no lo dejaron entrar al colegio por el largo del pelo.-
- ¿ Qué?.- exclamó mi padre, y agregó: - Se lo vengo diciendo hace una semana y no me hace caso. Era sabido que iba a pasar. Mirá la porra que tiene .- le comentó exaltado a mi madre.
- Bueno Arturo, ya está. Ahora va al peluquero y se lo corta.-
- No señora, ahora lo voy a llevar yo. Este mocoso va a aprender. No va a ir a ese "coiffeur" de cuarta que le corta dos pelitos y le cobra una fortuna. Va a ir a una peluquería de hombres.-

Me hizo dejar los libros en la mesa y me sacó de un brazo a la calle. Guardó algunas herramientas y cerró el taller, mientras yo le pedía por favor que se calmara y que me lo iría a cortar. Estaba sacado. Me hizo subir al auto y salimos.
A los 5 minutos estaba estacionando en la puerta de su peluquería. Un local antiquísimo donde me llevaba cuando era chico y el peluquero, ya mayor en esa época, me arrancaba el pelo de raíz.

Desde el ventanal se observaba al viejo peluquero en su sillón leyendo el diario.


SEGÚN DON ÁNGEL, EL PELUQUERO:


Era una mañana tranquila en la peluquería. Leía el diario en el sillón frente al espejo cuando oí sonar el llamador de la puerta. Saludé:

- Hola Arturo, buen día, otra vez por acá.- le dije al visitante que traía de un brazo a un jovencito que, a simple vista, dejaba ver cierta repulsión a los cortes de pelo.
- Buen día Don Ángel, como está?.-
- Yo creo que estoy mejor que este joven que , por lo visto, no se quiere cortar el pelo.- le contesté.
- No lo dejaron entrar al colegio con esa porra, así que, acá lo tiene.-
- Vamos che, andá a sentarte.- lo mandé al sillón mientras descolgaba la tela blanca de algodón y me dirigí a su espalda.

Sacudí la tela con fuerza en el aire , le di vuelo y de inmediato se la pasé por delante al muchachito dejándolo completamente cubierto. Sólo se le veía la punta de sus zapatos sobre el apoyapiés.
Le ajusté con fuerza la tela al cuello y le puse un gancho metálico para mantenerla apretada.
Empecé a estirarle todo el cabello y sí que lo tenía largo.




- Con razón no te dejaron entrar. Mirá que largo lo tenés.- le dije , haciendo que se viera en el espejo.

El padre seguía de cerca la escena y en un momento le hice la pregunta:

- Bueno, Arturo, que le hacemos al chico. ?-
- Don Ángel, quiero que me lo pele bien, como cuando venía de niño, porque a partir de hoy va a volver acá para sus cortes.- dijo mi padre.
- ¿ Le hacemos algo al rape?- propuso el verdugo.
- Sí. Arriba la #2 y abajo la "cero" bien subida. Los costados también bien rapaditos.

El joven le suplicaba al padre que no lo hiciera pelar a máquina, pero la decisión ya estaba tomada.
Tomé la máquina manual de nivel #2 , la hice funcionar en el aire ante la mirada perpleja del pibe y fui hacia él.

- La cabeza abajo y flojita, muchacho.- le dije mientras se la sostenía firmemente contra su pecho.

La cuchilla #2 comenzó a correr por su cabeza desde la base de la nuca hasta la coronilla. El monótono " click , click " del muelle de la cortapelos era lo único que quebraba el silencio del local.
La nuca iba ya dejaba ver franjas con un rastrojo de 5 o 6 mm de largura.
No pasó mucho tiempo para que la parte trasera ya se viera absolutamente rapada al " dos ".
Le pelé toda la zona detrás de la oreja y, siguiendo el contorno de ella le hice un amplio arco continuando con la patilla hasta llegar a la sien.
La tela ya mostraba señales de la esquila.
Recorrí en círculo el sillón y llegué al otro costado para dejarlo igual de rapado que el lado izquierdo.
Antes de pasar la máquina por la parte superior de la cabeza le di una vigorosa cepillada para librar los pelos ya cortados que no habían llegado al piso o a la sábana blanca.

Ahora, de frente al espejo, el joven podía ver parte de su transformación y no pudo controlar su angustia. Por el contrario, su padre parecía estar disfrutando del espectáculo.

Cuando apoyé la máquina en la línea de crecimiento del flequillo y la corrí hacia atrás , con una mano empujando su nuca hacia adelante, una lluvia de pelo cayó sobre los



ojos del muchacho. Después de varias pasadas , toda la cabeza estaba pelada al Número 2.
Aún faltaba lo peor para el chico. Se quebró cuando me vio ir a su espalda con la máquina del #0.


EL FINAL SEGÚN LOS OJOS DEL PADRE.


Había visto con satisfacción el rapado al "dos" que Don Ángel le había metido a mi hijo y ahora me disponía a presenciar el final de la esquila. Con esta actitud mía de hacerlo rapar esperaba que aprendiera a hacer caso cuando se le daba una orden. Si hubiera cumplido en su momento, no estaríamos pasando por esto ahora. De todos modos yo sabía que el pelo le iba a volver a crecer pero de este corte no se iba a olvidar.

Cuando el peluquero le volvió a bajar la cabeza y la máquina empezó a cortar los rastrojos de raíz supe que Don Ángel le iba a hacer uno de sus cortes preferidos: nuca casi afeitada y laterales a apenas 1mm.

Le peló toda la cabeza excepto la parte superior que la dejó al #2.
Sabía que al peluquero le gustaba perfilar bien la parte baja de la nuca hasta la media cabeza y le iba a pasar la doble cero. Efectivamente. Cuando abrió el primer cajoncito del mueble y sacó la cajita de cartón con la marca Gurelan supe que era la #00.
Le peló toda la nuca hasta la media cabeza.

La transformación había llegado a su fin. Concluyo afeitando todo el contorno del corte con espuma de afeitar y la navaja barbera.
Con una buena cepillada y una entalcada le puso a su espalda el espejo de mano para que observara el "cortecito":

- ¿ Qué le parece Don Arturo ?- me dijo
- Perfecto, maestro. En 40 días lo tiene de nuevo. El corte, por ahora es este, salvo que el jovencito se mande otra macana entonces será la "cero" completa.

Por supuesto que con ese corte no hubo problemas para el ingreso al colegio.













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