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Rapados y peluqueros. by Sinpelo
Año 1966. Yo tenÃa 12 años y era feliz.
Mi único problema no era la escuela, eran mis visitas obligadas al Sr. Campos, uno de los peluqueros de la zona donde vivÃamos. Claro que habÃa más, y por distintos motivos todos metieron mano en mi cabello alguna vez.Pero el Sr. Campos era el peluquero de la familia desde antes de mi existencia.
Mi abuelo y mi padre ya eran clientes de la PELUQUERÃA CARMELO.
Carmelo Campos era una persona tan anciana como mi abuelo. Eran amigos desde la juventud y siempre , salvo razones de fuerza mayor , le habÃa cortado el pelo a mi abuelo.
Cuando nació mi padre ya tenÃa peluquero asignado y era Campos quien cumplÃa las instrucciones de mi abuelo para los rapados a que era sometido mi padre. Las fotos del álbum familiar asà lo atestiguaban. Cabeza totalmente rapada con un pequeño flequillo peinado a un costado.
Cuando nacà yo, mi padre siguió la tradición y Carmelo Campos continuó con los rapados pero ahora sobre mi pequeña cabeza , a pesar de los enojos de mi madre cuando volvÃamos de la peluquerÃa y me veÃa tusado como un carnero.
Durante mis primeros años Don Campos me daba sus brutales pelados en la sillita de madera usada para los niños. AllÃ, totalmente envuelto en una inmensa tela blanca de algodón, cumplÃa con el pedido de mi padre:
— Don Carmelo, me lo deja bien peladito. Le pasa la "cero" .--- decÃa. Aunque a veces a Campos se le iba la mano y terminaba mi corte con la doble cero o la triple cero ( por lo general en los cortes de verano).
Si Ãbamos los tres a cortarnos el pelo, primero les metÃa un corte al rape a mi abuelo y a mi padre que eran escandalosamente cortos.
Eran épocas en las que para los niños sólo existÃan los estilos "media americana " o "americana" , y el peluquero los "ejecutaba" con saña. Los disfrutaba.
Cuando el peluquero caÃa enfermo o , eventualmente, cerraba algunos dÃas de vacaciones y era momento de mi corte de pelo , éste no se suspendÃa.
Cualquiera de los otros peluqueros ( Don Domingo, Quiroga, Ãngel Berta o el peluquero de la PELUQUERÃA LA AMERICANA de quién no recuerdo su nombre pero sà el de su tienda, vaya nombre para bautizarla) estaba dispuesto a dejar mi cabellera en el piso de su peluquerÃa. Los pelados seguÃan siendo terribles.
Todos eran igual de "carniceros" . Siempre salÃa rapado y llorando a moco tendido. Para mi orgulloso padre, "Su hijo tenÃa que dar un aspecto higiénico y para eso habÃa que pelarlo".
A mi abuelo, si no era Campos, le gustaba Quiroga.
Si la noche anterior mi padre le habÃa dado la orden , él la iba a cumplir:
— Papá, le decÃa — Mañana sin falta me lleva al mozo a cortar esa porra , ¿sÃ?.---- mi abuelo cumplirÃa con el encargo, más que gustoso.
Me llevaba caminando las 4 cuadras hasta la peluquerÃa de la calle Cavour.
Yo iba ansioso y con miedo. Quiroga era bastante hosco , sobre todo con los niños y jóvenes. Éramos las vÃctimas favoritas.
La peluquerÃa tenÃa un solo ventanal, desnudo de cortinas, que dejaba ver como el peluquero trabajaba sobre las cabezas de sus clientes que sobresalÃan de entre una nube blanca que era la capa protectora.
Cualquiera que pasara por la puerta podÃa observar la esquila.
Si bien, en un rincón habÃa una silleta de madera, Quiroga ponÃa un suplemento acolchado entre los brazos del sillón y allà hacÃa sentar a los niños. Tal vez era para poder girar el sillón , cosa que no podÃa hacer con la sillita.
— Arriba , nene. — decÃa casi de malhumor.
Una vez sentado frente al espejo le daba vuelo a la tela blanca de algodón y me la pasaba por delante. La cerraba por detrás con tanta fuerza que parecÃa que me cortaba la respiración.
Me peinaba y no preguntaba por el corte, era casi una afirmación:
— ¿ Pelado , no?.---
— Sà Quiroga, "americana". — decÃa mi abuelo sentado en una silla de espera leyendo el diario.
Me rapaba la nuca y los costados "al cero" y arriba cortaba muchÃsimo con tijera. También me afeitaba el contorno del corte y me entalcaba , para luego peinarme a la gomina con un jopo hacia el costado.
Quiroga siempre intentaba cortar un poco más , para eso le mostraba mi nuca a mi abuelo y preguntaba:
— ¿Lo dejo asà o se lo pelo un poco más.?
Por suerte mi abuelo quedaba conforme. Me sacaban la tela y yo saltaba del sillón al borde del llanto. Aunque habÃa veces que le daba el gusto al peluquero y le pedÃa la doble cero en la nuca.
Por la noche mi padre felicitaba a mi abuelo por el corte.
Cuando ya fui más grande, cerca de los 14 años , aún seguÃa bajo la órbita de mi padre y , por supuesto, era él quién seguÃa decidiendo el ¿cómo?, el ¿cuándo? y el ¿dónde? serÃa mi corte de pelo.
Campos ya habÃa cerrado su peluquerÃa porque la moda del cabello largo lo habÃa perjudicado económicamente. Quiroga cerró por jubilación.
Mi abuelo habÃa fallecido, pero mi padre aún persistÃa con los cortes rigurosos.
Recuerdo una mañana cuando bajé a desayunar , mi padre aún no habÃa salido para su trabajo.
Mientras me bañaba habÃa notado mi cabello bastante crecido. Al ver a mi padre imaginé que algo saldrÃa mal.
Me senté en la otra cabecera de la mesa y quedé de frente a él, que estaba tapado por el periódico.
Mi madre me sirvió el desayuno y pasó lo inevitable.
Sin bajar el diario que estaba leyendo, le habló a mi madre:
— Carmen, cuando el joven termine su desayuno por favor me lo llevás a lo de Berta a cortarle el pelo. Haceme el favor. Decile que se lo deje bien cortito. ¿ Me oÃste ? si no , cuando vuelvo a la noche, lo pelo yo con la tijera de costura.---
— Quedate tranquilo. Lo voy a llevar de Marta para que se lo corte. —
— No me escuchaste, Carmen. Quiero que lo lleves de Berta y que lo pele. — Bueno, Roberto.---
Recién después de dar las instrucciones, bajó el diario y se preparó para irse al trabajo.
— No lo quiero ver a la noche con esa porra, ¿me oyó? — me dijo mirándome severamente.
A la media mañana salimos rumbo a la peluquerÃa de Berta , al lado de la escuela N°17. Nunca habÃa estado allÃ.
Ya desde la última esquina se distinguÃan las luces tricolores en espiral del indicador clásico de las peluquerÃas. Mi estómago se endureció como piedra.
TenÃa 14 años y mi madre me llevaba a la peluquerÃa. Una vergüenza.
Una mujer barrÃa la vereda. En el interior del local parecÃa no haber nadie.
— Buen dÃa señora, ¿ está el peluquero? .--- dijo mi madre.
— SÃ, pasen, ya lo llamo. —
La escenografÃa del local era tétrica . El viejo sillón de peluquero de cromo y cuero rojo se reflejaba en el espejo del mueble donde reposaban las herramientas de trabajo . De inmediato mis ojos se desviaron a las máquinas de cortar el pelo que estaban ordenadas sobre el mármol.
El respaldo del sillón estaba cubierto con la tela blanca de algodón, clásica para usar como capa protectora.
La señora corrió una cortina que daba al fondo y con voz estridente, llamó:
— Ãngel, tenés clientes.---
— Voy.--- se escuchó.
— Tomen asiento . Ya viene.---- y salió por detrás hacia el fondo..
Minutos después salió de la trastienda un señor bastante mayor , retacón , con gafas de marco metálico , un fino bigote bien recortado y el cabello cortado muy corto. La nuca se veÃa tan blanca y al ras que el corte debÃa ser del dÃa anterior.
— Buen dÃa.--- dijo secamente.
— Buen dÃa señor. Es para un corte de pelo para mi hijo.--- dijo mi madre.
— Bien. Tome asiento joven.---- me señaló el sillón que estaba de frente al espejo.
Me movà casi arrastrando los pies. TenÃa la garganta seca y una ansiedad que me carcomÃa.
Mientras tomaba asiento , el peluquero quitó la enorme tela blanca de algodón del respaldo del sillón y, estirándola y sacudiéndola con fuerza en el aire, le dio vuelo y me la pasó por delante cubriéndome totalmente. La cerró muy apretada por atrás y me puso un paño menor celeste en la base de la nuca.
Comenzó a bombear el sillón hidráulico separándome del piso. Yo me veÃa reflejado en el espejo y me aferré a los brazos de la silla. Estaba tenso.
Me dejó asà capeado y fue hacia el perchero de pie, tomó su bata celeste de barbero y se la colocó mientras caminaba hacia el mueble.
Nadie hablaba.
Guardó una tijera enorme en el bolsillo superior de su chaqueta y comenzó a estirar mi pelo con un peine en toda su largura como si quisiera demostrar lo largo que estaba.
Miró a mi madre y tratando de adivinar, le dijo:
— Supongo, señora, que tengo que tratar con Ud. el tema del corte de pelo del chico. ¿ Cómo se lo corto ? Parece que hace tiempo no va a la peluquerÃa. — dijo, mientras me seguÃa peinando.
— SÃ. Mi esposo quiere algo bien corto. — dijo mi madre no muy convencida. Ella también estaba sufriendo el corte.
— ¿ Prefiere una "americana" o algo "al rape" ?--- ya estaba en el mueble seleccionando sus herramientas.
— Yo no quisiera algo tan corto, pobrecito, pero mi marido lo amenazó con pelarlo en casa si no lo pelaba Usted.----
— Entonces, ¿ es el padre del chico o un profesional? Ud. decide. —
— No, córtele Usted.----
— Muy bien. Lo hacemos " al rape" asà no tiene problemas. —
— Bueno. —
Con peine y esa tijera enorme me devastó la cabeza cortándome el pelo muy corto.
El pelo caÃa a la tela y al piso de a mechones y en cascada. Me movÃa la cabeza de un lado a otro despojándola de casi todo el pelo.
Cuando podÃa mirarme al espejo veÃa a mi madre con una mano cubriéndose la boca con actitud de sorpresa y angustia.
Después de la tijera vino una cepillada y una entalcada. Cuando creyó que era el momento, tomó una máquina cortapelos de púas anchas ,con las cuchillas al desnudo y la arrimó a la base de mi nuca ,lo que provocó la
alarma en mi madre, que se paró como si un resorte la hubiera hecho saltar de su silla:
— ¿ Lo va a pelar con esa máquina.?---- dijo sorprendida.----
— Señora, me pidió corto. Le sugerà un corte "al rape" y estuvo de acuerdo. Por favor decida. O sigo el corte o se lo lleva asà y que lo corte su esposo.----
El peluquero pareció acalorarse. Quedó con la maquinilla en su mano mientras esperaba una respuesta de mi madre que estaba al borde del llanto.
— No creà que era con esa máquina. ¿ Cómo le va a quedar?.---
— Si quiere se lo corto a tijera y después que lo siga el padre. Señora, si su esposo le dijo bien cortito, no va a ver con buenos ojos un corte a tijera. Haga lo que crea más conveniente. Si sigo el corte lo tengo que pelar. Asà es el corte. Si no, se lo lleva asÃ.
Antes de que mi madre dijera algo , mi cabeza fue empujada hacia abajo casi bruscamente y la cortadora dibujó la primera franja rapada hacia la coronilla.
Mi madre volvió a su silla y sufrió el corte desde allÃ.
El peluquero me pelaba sin prisa pero sin pausa. Eso sÃ, le aplicaba a la máquina una fuerte presión sobre mi cuero cabelludo.
Pasaba el cortapelos implacable por toda mi cabeza a excepción de la parte superior donde tenÃa el pelo ya cortado a 2 cm apenas.
Cepillada y entalcada para luego quitarme la tela y descargar todo el pelo en el piso junto al pie del sillón.
Otra vez me envolvió con la tela para dar inicio a la segunda parte de la "esquila".
Sacó de uno de los cajones del mueble otra máquina más pequeña con cuchillas de púas más finas y estrechas, me volvió a empujar la cabeza hacia abajo y me peló toda la nuca y los costados con ella.
Cuando liberó mi cabeza y me pasaba el cepillo cargado de talco, pude verme absolutamente rapado en el espejo y vi la imagen de la cara de mi madre desencajada y con signos de haber llorado.
El cepillo de cerdas blancas y semi duras rozaba mi nuca rapada y me provocaba tal escozor que un frÃo recorrÃa mi columna y me excitaba al punto que mi entrepierna parecÃa estallar baja esa tela blanca.
Me terminó de afeitar el borde del corte , me sacó el excedente de jabón y me peinó con un aceite fijador para el pelo.
Mientras me sacaba la tela , dijo:
— Servido señora. Bien corto . No tendrá problemas. Le sugiero otro corte en 30 dÃas para mantenerlo.---
Mi madre pagó el corte y nos volvimos a casa , yo llorando como un marrano recién pelado.
Lo peor de todo es que al mes mi padre me llevó otra vez y asà pasó hasta mis 16 años, cuando el peluquero se jubiló.
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