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Castigado al ras by Juann
Apenas llegué al regimiento, me dijeron que lo peor no eran las madrugadas ni los gritos. Era que te vieran distinto. Y yo, con mi manÃa de llevar la cabeza al ras, me mandé igual. Me rapé el dÃa anterior con los pibes del barrio, entre cervezas y cargadas. A máquina, sin peine, y después a cuchilla.
Pero claro, en la mili eso era "rebeldÃa". podias tener el pelo corto pero no a cero.
—¿Quién te creés que sos, recluta? —me escupió el teniente apenas me vio, ese primer lunes en formación.
—¿Vos decidÃs cómo venir?
Intenté explicarme, que no sabÃa, que en el barrio siempre lo llevábamos asÃ. Pero no le importó.
—Esto no es tu barrio. Esto es el ejército. Y vos acabás de hacer la primera cagada.
Ese mismo dÃa me mandó al galpón, con él y dos cabos más. Cerraron la puerta y me hizo sentar en una silla de metal.
—Traigan la navaja. Si tanto te gusta ir a cuchilla… vamos a hacerlo bien.
El cabo me cubrió los hombros con una toalla áspera. El teniente mismo agarró la navaja.
—Esto te va a recordar quién manda acá.
Y empezó. El filo bajaba despacio, con precisión quirúrgica. Me ardÃa la piel, no tanto por el corte, sino por la humillación.
Él se tomaba su tiempo. Pasaba la hoja una y otra vez, aunque ya no quedara nada. QuerÃa dejarme como un vidrio. Brillante.
Cuando terminó, me levantó la cara con dos dedos, firme.
—Asà te vas a mantener. Ni un pelo. ¿Te queda claro?
AsentÃ, tragando saliva.
—No te escuché.
—SÃ, mi teniente.
—Perfecto. Cada domingo a la noche, quiero que lo repitas. A cuchilla. Sin sombra. Y cada lunes, te reviso. Si encuentro una sola imperfección… te dejo sin dormir. ¿Entendido?
—Entendido, mi teniente.
—Un año. Un año entero. Hasta que se te grabe que acá no decidÃs nada. Ni siquiera tu cabeza.
Desde entonces, cada domingo, me rapaba con una mezcla de rabia y vergüenza. Frente al espejo del baño,pasaba la navaja despacio, con el mismo ritmo que él usó aquella vez.
Y cada lunes, él me esperaba. Guante blanco en la mano. Me giraba la cabeza, me hechaba aceite y me inspeccionaba como si fuera un pedazo de carne. A veces decÃa "bien", otras simplemente asentÃa. Nunca sonreÃa. Nunca felicitaba.
Pero su mirada decÃa todo.
Yo ya no era un soldado. Era un castigo vivo.
Una cabeza reluciente.
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