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Buen trabajo y poco pelo by Roberto
Era 1979 y yo era un joven de 23 años habitante de un pequeño pueblo de provincia.
HabÃa tenido que trasladarme a una ciudad vecina mucho más grande que mi pueblo , para continuar mis estudios universitarios.
HabÃa entablado una buena relación profesor-alumno con uno de mis docentes.
Supongo que habrá visto mi aplicación para el estudio y mi desempeño universitario, porque una tarde, durante un encuentro casual en la cafeterÃa me dijo que tenÃa algo muy bueno para proponerme.
Me consultó sobre la posibilidad de ir a la gran ciudad a entrevistarme con un amigo suyo que era el Director de una gran empresa de maquinarias y herramientas para el campo.
Le habÃa hablado mucho de mà y su amigo querÃa tener una charla laboral conmigo.
Fue todo muy rápido.
Diez dÃas después yo ya estaba instalado en la Capital en un hospedaje que me habÃa reservado mi docente.
Los primeros dÃas fueron de inspección de la zona donde estaba viviendo. Era todo nuevo e inmenso para mÃ.
Si bien, me enteré que no era lo que se llamaba " el centro de la ciudad" era una zona muy bonita y concurrida.
La entrevista con el Sr Marsich, Director de la empresa, era ese mismo viernes.
Con algunos ahorros pude comprar un traje para ir bien presentable.
Recuerdo que el jueves por la nochecita fui a una cabina telefónica para hablar con mi familia y contarles que todo estaba bien , aunque algo nervioso. Me desearon suerte.
Esa noche casi no la dormÃ. Estaba muy ansioso. Finalmente el sueño me venció.
Por la mañana salà temprano para llegar con suficiente tiempo. Me esperaban , según habÃa averiguado, unos 30 minutos de viaje.
El micro me dejó en la esquina de la empresa pero habÃa llegado 15 minutos antes de la hora pactada.
Decidà entrar de todos modos.
Me presenté ante una recepcionista y me derivó al piso del Director.
Otra presentación ante quien serÃa la secretaria y me hizo esperar en un cómodo sillón.
Puntualmente se abrió la puerta de la oficina y un caballero de unos 60 años, elegantemente vestido y acicalado , se dirigió a mÃ:
— ¿El joven Suarez ? — preguntó.
Me puse de pie y contesté con toda la firmeza que pude para no mostrar lo nervioso que estaba.
— Sà Señor. Encantado. — nos dimos la mano.
— Adelante, póngase cómodo.--- Su oficina era impresionante. por lo grande y lo bien puesta.
Se sentó en su sillón frente a mÃ, escritorio de por medio, y comenzó a hablarme de las buenas referencias que le habÃa dado mi docente, su amigo, y de como estaba organizada la empresa.
Me habló por unos cuántos minutos hasta que llegó el momento que yo esperaba.
— Su trabajo , Sr. Suarez, será de Atención a Grandes Clientes. Es un cargo muy importante y estoy seguro que lo sacará adelante. Tratará con empresarios de confianza de la empresa y buscará posibles nuevos clientes. Se dará cuenta por lo que le estoy diciendo que el puesto es suyo.---
Una alegrÃa me invadió el cuerpo. Sólo atiné a darle las gracias por la confianza.
Cuando ya casi estaba todo dicho me dijo que el lunes podrÃa comenzar mis tareas. Los primeros dÃas tendrÃa la ayuda de quien ocupaba antes ese cargo, para que fuera tomándole la mano al trabajo.
— Suarez, por último…. — me dijo haciendo una pausa.
Me quedé escuchándolo.
— La empresa tiene normas internas que todos debemos cumplir, incluso los directivos como yo, y en especial el personal que estará en contacto con los clientes. Me refiero a la presencia. Le sugiero que, como hoy , vista traje y corbata por una cuestión de imagen y que cuide su cabello. Para los estándares de la empresa su cabello está crecido. Le sugiero que lo corte para el lunes. —-
Me tomó de sorpresa porque , a mi entender, no estaba largo pero bueno, con un pequeño recorte bastarÃa.
Siguió hablándome:
— Como usted es nuevo en la ciudad , Suarez, permÃtame recomendarle la barberÃa del Sr. Meléndez.
Es un maestro barbero que hace años nos corta el cabello a gran parte del personal porque ya conoce nuestro criterio al respecto.---
— Tendré en cuenta su recomendación, Señor.
— Me deja muy tranquilo, Suarez. Puede encontrar al Sr. Meléndez en el final de la calle antes de llegar a la avenida. —
Nos despedimos, salà de su oficina y le dediqué un saludo a su secretaria , quien me devolvió una sonrisa.
Ya en la calle pensé si era más conveniente aprovechar el viaje e ir ahora en busca de la peluquerÃa, o volverÃa más tranquilo mañana sábado. Analicé y preferà ir en ese momento y no tener que hacer otro viaje mañana.
Me encaminé hacia la avenida y, ya desde la esquina anterior, divisé el cilindro luminoso de tres colores funcionando.
Al llegar a la puerta me encontré con una peluquerÃa tradicional pero bastante antigua.
Por el ventanal vi al peluquero sentado en su sillón leyendo el diario.
Una sola silla de peluquero frente a un mueble espejado de madera oscura.
En la pared frente al espejo habÃa algunas sillas de espera y una mesita baja con revistas desacomodadas.
En la pared de frente a la puerta de entrada , un lavabo, un perchero de pie con dos grandes telas blancas colgando , y en el otro rincón una sillita alta de madera y esterilla para cortarle el pelo a los niños.
Me trajo a la mente la peluquerÃa de mi pueblo.
No tenÃa muchas opciones. Bajé el picaporte, sonó un llamador y llamó la atención del peluquero, quien dirigió su mirada hacia la puerta, dobló el diario y lo dejó sobre una silla y se puso de pie echándome un saludo:
— Buenos dÃas, joven.---
— Buen dÃa Señor. Es para arreglarme el cabello. —
— Puede colgar su saco en aquel perchero. — me señaló un perchero de pared mientras él descolgaba una de las telas blancas de algodón del perchero de pie.
Con la tela extendida me invitó a tomar asiento:
— Tome asiento, joven.---
Me senté de frente al espejo y vi el reflejo del peluquero a mi espalda sacudiendo con fuerza la tela en el aire, dándole vuelo y pasándola por delante de mà para dejarme todo cubierto.
Me ató las dos cintas de la tela a mi espalda con mucha fuerza pero no dije nada. Me puso un paño menor también blanco en la base de la nuca, y lo dobló hacia adentro.
Me peinó con raya al costado y me estiró el pelo en toda su longitud. No estaba tan largo.
— ¿Es nuevo en el barrio? ¿ Cómo lo va a cortar ? --- me preguntó.
— No vivo tan cerca. Hace poco tiempo me mudé a la ciudad. —
— No lo tiene tan largo. —
— No. Sólo necesitarÃa un recorte, un ajuste. En realidad el lunes comienzo a trabajar para System Tool y querÃa estar presentable. —
— Ah, Ah. PermÃtame decirle joven, que yo atiendo a todo el directorio de esa empresa incluido al Sr. Marsich, y a muchos empleados. Es una empresa modelo. Tuvo suerte al conseguir ese trabajo.---
— El Sr Marsich fue quien me recomendó sus servicios. —
— El Sr Marsich es muy buena persona pero muy exigente. Entiendo que le ha dado alguna recomendación respecto del corte ¿ verdad?. Para el Sr. Marsich no existen las palabras "ajuste" y "arreglo" en lo que se refiere al cabello, no sólo para él sino también para su personal.
— No me ha dado ninguna instrucción en particular. Sólo habló de un corte de pelo ajustado a las normas de la empresa. He visto que él lo lleva bastante corto.
— Si usted me permite, podrÃa decirle que ese corte es el "reglamentario" para su personal. Me temo que sus posibilidades de obtener hoy un "arreglo" o un "ajuste" son nulas. Le sugiero un corte como el que el Sr. Marsich espera verle el lunes.---
Este peluquero, que andarÃa pasando los 60 años, se estaba justificando porque me iba a hacer un corte de pelo corto, pensé.
Parado a un lado del sillón tomó la tijera que tenÃa en el bolsillo superior de su largo delantal hasta las rodillas, me miró a través del espejo , y me dijo:
— Usted dirá, ¿ Qué hacemos ?. —
Lo miré y le contesté resignado:
— ¿Tengo otra opción ?. —
— Creo que no, joven. Debe ser corto. —
Sin más palabras comenzó a levantar mechones de cabellos y cortarlos al nivel de los dientes del peine.
RecogÃa mechones y cortaba, asà repetidamente por todo el costado derecho.
Me hizo un gran arco sobre la oreja y cortó mi patilla subiendo hasta la sien.
Me inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo y me cortó todo el pelo de detrás de la oreja hasta casi el casquete superior.
Giró el sillón dejándome de espaldas al espejo y me cortó todo el pelo del otro costado.
La tela mostraba todo el pelo cortado. Me dio una buena cepillada y cambió la tijera por una de entresacar.
Me cortó una barbaridad de pelo de arriba de la cabeza.
— ¿Qué tan corto va a quedar arriba? .--- le pregunté ansioso.
— Tiene que ir corto para que quede acorde con la parte trasera ahora cuando pase la máquina. —
Me quise morir . Me iba a pasar la maquinita. Desde niño no tenÃa esta experiencia.
Me cepilló otra vez y me dio una entalcada. La tela amontonaba gran cantidad de pelo.
Tomó una máquina manual antigua de púas estrechas , accionó algunas veces las palancas y ajustó el tornillo superior.
— Ahora le voy a pedir la cabeza bien abajo. — me dijo.
Como pensó que aún podÃa ir más abajo, me puso su mano abierta en la cima de la cabeza y me la empujó con firmeza hasta que mi barbilla chocó contra mi pecho.
Sentà el frÃo acero de la máquina en la base de mi nuca y comencé a escuchar el clásico CLICK, CLICK, CLICK, del muelle de la cortadora cuando pasaba cerca de mi oreja.
Sentà el hormigueo sobre mi cuero cabelludo cuando las cuchillas subÃan sin pausa hasta casi la coronilla.
Otra franja junto a esa y la nuca iba quedando al ras. Me pelaba como a un niño.
Cada tanto dejaba de cortar y me pasaba las yemas de sus dedos por mi nuca rapada, a contrapelo. Me provocó una excitación que hizo crecer mi entrepierna.
Me peló toda la nuca y, en un momento siguió camino hacia el costado derecho y me lo dejó casi afeitado.
Otra vez giró el sillón y volvà a verme en el espejo. Ahora veÃa mi cabeza pelada y parecÃa más pequeña.
Del mismo modo me rapó el otro costado.
Me habÃa hecho un corte atroz. No se veÃa pelo en los costados. Ni me quise imaginar la parte trasera.
Pareció satisfecho con todo el pelo que me habÃa cortado. Dejó la máquina en el mármol del mueble , tomó un cepillo de cerdas blancas semiduras y me dio una vigorosa cepillada por la cabeza.
Con un pompón que sacó de una talquera metálica me dio una empolvada por toda la nuca y arriba de las orejas.
Estaba esperando que me quitara la tela , que estaba cubierta con gran cantidad de pelo , pero veÃa que se demoraba.
Se me cortó la respiración cuando lo vi sacar de un cajoncito del mueble una máquina más pequeña que la anterior y se preparó para volver sobre mi cabeza.
— ¿Va a cortar más , señor ?.--- le dije aterrado.
— Sólo para refinar. Siempre termino mis cortes emprolijando con esta maquinita para no tener que afeitarlo.
— Por favor, no me corte mucho más. —
— Tranquilo. Bájeme la cabeza todo lo que pueda. Ya estamos terminando. —-
Me la apretó contra el pecho y me peló toda la nuca y los costados con esa maquinita que me imaginé que era la N°00.
Me arrancó todo el pelo de raÃz. No lo podÃa creer, ni el Director tenÃa el cabello tan corto.
Cuando terminó la rapada volvió con el cepillo y el talco. Me peinó con raya al costado con un gel bastante pegajoso.
Me sobó la nuca y me sacó la tela. Pisó el pedal del sillón y me devolvió a nivel del piso.
— Servido caballero. Un corte especial para el Sr. Marsich. lo espero en tres semanas para mantener el corte. Ya no habrá tanto para cortar.---
— Gracias Señor. — pagué y me marché.
En el espejo de casa no me reconocÃa. Me habÃa pelado al ras. No se veÃan ni rastrojos. Sólo el peinado engominado quedaba sobre mi cabeza.
Entrar el lunes a la empresa fue una humillación. Por detrás de mà escuchaba alguna risita cargada de malicia y burla.
La secretaria abrió los ojos como dos platos y se le cayó la mandÃbula. Creo que me miró con lástima.
Me hizo entrar a la oficina del Director quien me recibió con una sonrisa de oreja a oreja.
— !!! Bienvenido a System Tools, Suarez !!! parece que el Señor Meléndez cada vez corta mejor.----
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