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El corte que no estaba planeado by Ed_mx
Soy alguien que tiene gusto por el tapa plana (flattop) desde hace tiempo. No es un corte nada común en los distintos lugares donde he vivido y es complicado encontrar a alguien que realmente sepa hacerlo. A inicios de 2025 me animé por fin a pedir uno. Para lograrlo, tuvo que coincidir una mudanza a un nuevo lugar, el inicio de un nuevo trabajo y hacerlo antes de mi primer día laboral, para evitar comentarios "raros".
En este sitio me encanta leer historias sobre el corte tapa plana. Hay una en particular que me gusta mucho, llamada "Mi primer herradura". En los comentarios de algunas historias vi que se mencionaba que los peluqueros cerca de la zona militar de la Ciudad de México saben hacer este corte. Así que decidí que la siguiente vez que fuera a CDMX tenía que hacérmelo ahí.
Pero no quería ir solo. Quería ir con alguien y que esa persona fuera quien pidiera el corte por mí.
En los comentarios de varias historias vi el mensaje: "Me gustaría conocerte, escríbeme por correo haircut.mexico23@gmail.com…" Así que decidí mandar un correo. Le expliqué lo que me gustaba, que estaba buscando a alguien que me acompañara y si estaba interesado. A los pocos días recibí respuesta: me pasó su Telegram y me pidió que continuáramos la plática por ahí.
Le escribí y le dije que no vivía en CDMX, pero que en un mes estaría allá. Después de platicar un poco, él estaba más que animado. Los tapa planas no son lo suyo; a él le gustan más los rapados, pero le encantó la idea de acompañarme, elegir los detalles de mi tapa plana y decirle al peluquero cómo debía ser. Para efectos de la historia, llamaremos a esta persona Manuel.
Sabíamos que teníamos que armar una historia. Acordamos que, una vez que me sentara en la silla y el peluquero preguntara cómo sería el corte, yo diría:
—Le debo algo a mi primo, él le dirá cómo será mi corte.
Y si el peluquero dudaba o me buscaba para confirmar, yo respondería:
—Sí, lo que él diga. Él tiene que quedar contento.
Platicando más con Manuel, coincidió que él visitaría mi ciudad durante las fechas navideñas y Año Nuevo. Quedamos de vernos primero aquí, en una plaza famosa por tener muchas barberías y peluquerías. La intención era solo conocernos; a lo mucho, si alguno se animaba, que alguien se hiciera un corte "normal".
Acordamos una primera fecha, unos días antes de Navidad. Llegó el día y no nos vimos: tuvo compromisos familiares. Manuel me avisó con horas de anticipación. Aunque le creí, empecé a desconfiar un poco. Temía que el mero día del corte tampoco llegara.
Acordamos vernos de nuevo unos días antes de Año Nuevo, y nuevamente Manuel no pudo llegar. Mis dudas aumentaron. Pensaba que era uno más de internet: escribe, se calienta, se viene y luego bloquea o desaparece.
Por haber cancelado por segunda vez, Manuel se sintió mal y me preguntó:
—¿Cómo te puedo compensar?
Pensé un rato y no se me ocurría nada. Para el día de mi corte no había nada más que pedirle. Lo único que se me vino a la mente fue que él también se cortara el cabello.
No quería que se asustara, así que le aclaré que podía ser el corte que él quisiera: no tenía que ser corto ni radical, incluso podía ser solo un despunte. Lo único que le pedía era que también se cortara el cabello ese día y en una de las peluquerías militares. Yo quería que fuera en una de esas, porque Manuel traía un corte moderno y tenía curiosidad por ver qué pasaría ahí. Además, siempre he tenido la espina de que en esas peluquerías, aunque digas "solo despunte", siempre cortan de más.
La propuesta tomó por sorpresa a Manuel. Me hacía preguntas como:
—¿Y qué pasa si no quiero?
—¿Por qué quieres que me lo corten?
En este gusto, y en cualquier otro, creo que es fundamental respetar límites y que todo sea consensuado. No quería perder la oportunidad de vivir esto con alguien en persona, así que le dije:
—No pasa nada, de verdad. Si no te quieres cortar el cabello, si solo quieres despunte, si quieres pedir algo específico, lo que tú elijas está bien. Solo se me ocurrió esta idea como compensación por haber cancelado dos veces.
Pasó Año Nuevo y, a pocos días de vernos, Manuel me escribió. Me dijo que acababa de hacerse un corte para un evento familiar, pero que no le gustó cómo se lo dejaron. Que mi propuesta le había metido la espinita de pelarse y que ahora tenía aún más motivo para hacerlo. Luego me dijo algo que no esperaba:
—Quiero que tú me pidas el corte. Puede ser pelón o militar, pero quiero que tú lo pidas.
Manuel me había contado que antes ya se había rapado al #3 en un par de ocasiones: para la cartilla militar, cuando vivió en otra ciudad y cuando un amigo le hizo un mal corte. Aun así, no esperaba su propuesta. Durante nuestras pláticas yo había sentido que él era más dominante, y eso era parte de lo que le había atraído de mi propuesta: tener control sobre mi corte.
Platicando más, me dijo que es 50/50: disfruta tanto ser dominante como sumiso. Y mi propuesta despertó su lado sumiso. Lo que menos esperaba era que quisiera ir más allá del #3. Cuando me pidió fotos de referencia para su corte, yo mandé un estilo militar con #2 arriba. Él me mandó fotos aún más cortas, no más largas que un #1 arriba.
Acordamos que, así como él decidiría los detalles de mi tapa plana, yo decidiría los de su corte: entre un #0 y un #1 arriba.
Manuel también quería una historia. Tiene 24 años. Decidimos que diríamos que éramos hermanos y que él necesitaba fotos para la cartilla militar. Nuestro "papá" me había encargado llevarlo para que lo dejaran bien pelón.
Quedamos de vernos a las 8 a.m. en una cafetería cerca de Plaza Sedena, para platicar y bajar los nervios, y luego ir a la peluquería de mi corte. Después caminaríamos a las peluquerías de Puerta 8, las veríamos de reojo y Manuel elegiría dónde cortarse.
La noche previa fue complicada. Estuvimos texteando que ambos estábamos muy nerviosos. Yo casi no dormí: me despertaba cada hora viendo el reloj.
Llegó el día. Yo llegué primero a la cafetería; Manuel llegó unos minutos tarde por el tráfico. Desde que llegó noté que estaba muy nervioso. Yo también lo estaba, pero trataba de disimularlo. Poco a poco la plática fluyó, aunque los nervios seguían ahí.
Caminamos hacia Plaza Sedena. Entramos, rodeados de militares, y llegamos a la primera peluquería. Era pequeña, con un solo peluquero joven. Había dos clientes esperando. Era ideal… hasta que entró una pareja, una señora con una actitud muy juzgona. La peluquería no tenía música y todo se escuchaba.
Por mensaje decidimos salirnos. Comentamos cómo nos había hecho sentir la situación con la señora y acordamos caminar hacia Puerta 8 para que cada quien eligiera su peluquería. Al llegar, así lo hicimos. Pasamos primero por la peluquería "El Sargento": tenían el tapa plana en la lista de precios, pero se veía que atendían principalmente mujeres, y a ambos nos gusta más que sea un hombre quien nos corte el cabello. A un lado estaba "El Subteniente", que se veía más mixta, con poca gente y más peluqueros que peluqueras. Luego Manuel notó la entrada a un pasillo pequeño; al fondo se veían varias sillas de peluquería y un solo señor atendiendo. Entró a asomarse y, cuando regresó, se le veía contento. Dijo que quería su corte ahí: le agradaron las sillas, no había gente y solo estaba el peluquero. Dimos una vuelta más por la zona, pero no vimos ninguna otra que nos convenciera. Al ver lo entusiasmado que estaba Manuel con ese lugar, decidimos que su corte sería ahí y que él iría primero; después iríamos a otra peluquería para mi tapa plana.
Entramos juntos. Ya le estaban cortando el cabello a otra persona, pero no tardaron mucho; menos de diez minutos. Cuando terminó, el peluquero señaló quién seguía. Yo respondí de inmediato:
—Va mi hermano, es corte para su cartilla militar.
El peluquero no reaccionó en absoluto. Manuel se sentó en la silla y el peluquero le colocó la capa. Manuel le preguntó si le daba chance de quitarse la playera para no llenarse de pelos; a él le gusta sentir la capa directamente sobre la piel. El peluquero tampoco respondió del todo: solo le levantó un poco la capa, cortó una cinta blanca de papel, se la colocó en el cuello y volvió a cerrar la capa, esta vez más ajustada.
Yo, estando parado a un lado del peluquero y de Manuel, dije:
—Será un corte para la cartilla militar. De los lados y atrás va afeitado con navaja; de arriba estoy entre el cero y el uno. ¿Qué tanta diferencia hay?
El peluquero volvió a no reaccionar como esperaba y respondió:
—Entonces de los lados se lo rebajamos poco y arriba con tijera.
Manuel traía un drop fade y arriba un crop top texturizado. En ese momento, al ver que no había reaccionado a nada de lo que habíamos dicho antes, me di cuenta de que el peluquero estaba medio sordo y no escuchaba bien. Así que dije casi gritando, varias veces:
—¡No! ¡A los lados y atrás con navaja, arriba al cero!
Después de repetirlo en varias ocasiones, por fin preguntó:
—¿Máquina cero?
—Sí —respondí—. Máquina cero. Lados y atrás con navaja.
El peluquero sonrió, tomó la máquina y, sin ningún titubeo, empezó a pasarla por la cabeza de Manuel. En menos de cinco minutos, todo el cabello que traía terminó en el suelo. Luego me preguntó hasta dónde quería la navaja. Me puse de pie y le señalé bien alto, marcando claramente el límite. El peluquero fue por el gel de afeitar y lo empezó a aplicar en los laterales y en la parte trasera de la cabeza de Manuel; después tomó la navaja y comenzó a afeitar. Durante todo ese tiempo no dejé de observar el rostro de Manuel: estaba atónito, ido, como si aún no alcanzara a asimilar lo que estaba pasando, y mucho menos la rapidez con la que todo había ocurrido.
Cuando terminó, entró un militar grande. Me miró y preguntó:
—¿Luego vas tú?
—No, solo mi hermano, para la cartilla.
—Está muy corto… pero bueno.
Manuel me había pedido que al final de su corte hiciera algún comentario como "quedaste muy pelón". Sin embargo, con el militar ahí dentro, preferí no decir nada en tono de burla. Me dio miedo que no le agradara el comentario y que respondiera algo como "ahora por burlarte sigues tú". Honestamente, no habría sabido cómo negarme a un militar en una situación así.
Al terminar el corte de Manuel y salir de la peluquería, le dije que camináramos a la vuelta para platicar un poco. Quería que me contara cómo había vivido la experiencia. Nos sentamos y, por unos momentos, Manuel apenas podía hablar; seguía sin procesar del todo lo que acababa de pasar. Yo imaginaba que estaba pensando en cómo todo había cambiado: de una experiencia en la que solo yo recibiría el corte y él tendría un rol dominante, habíamos pasado a este escenario en el que yo seguía con el cabello medio largo, mientras él había estado completamente sumiso en la peluquería, acatando todo lo que yo le decía al peluquero, y ahora tenía la cabeza rapada al cero y afeitada en los laterales y la parte trasera.
Dejé de hablar y le di unos minutos para que pudiera asimilarlo. Manuel me comentó que tenía ganas de tomarse fotos para la cartilla militar con ese corte, así que, para hacer tiempo y seguir platicando, le propuse que fuéramos de una vez por sus fotos. El local quedaba a unos pasos de donde estábamos.
Una vez que le entregaron sus fotos, le expliqué a Manuel el plan para mi corte. Le dije que quería ir a la peluquería de "El Subteniente", que preguntaría por un peluquero que me habían recomendado y que, si él no estaba pero nos atendía otro peluquero, nos quedábamos; pero si quien nos atendía era una peluquera, regresaríamos a la peluquería de Plaza Sedena. Manuel, todavía medio ido, solo respondió:
—Está bien.
Entramos a la peluquería. Pregunté por el peluquero que me habían recomendado y me confirmaron que sí estaba ahí. Antes de sentarme, pregunté por el baño para pasar antes del corte; me indicaron dónde estaba y fui. Al regresar y sentarme en la silla, dije:
—Mi primo le va a decir cómo será mi corte.
El peluquero me respondió:
—Ya me dijo todo.
Resultó que mientras yo estaba en el baño, Manuel ya le había dado todas las indicaciones. Estaba nervioso: por un lado me emocionaba pensar en lo que le habría dicho, y por otro me excitaba no saber exactamente qué instrucciones había recibido el peluquero. Lo único que me preguntó fue:
—Me dijeron que te pasara la navaja hasta arriba en los lados, ¿está bien?
—Sí —respondí—, lo que él haya dicho está bien.
En ese momento yo todavía traía un corte completamente distinto a lo que estaba por venir: un corte moderno, partido a la mitad, con una de las secciones teñida de rojo. Si lo peinaba hacia el frente, una parte del cabello me llegaba hasta la nariz. El peluquero observó mi cabello durante unos segundos y luego comentó:
—Este corte no queda con todos los cabellos, pero con el tuyo sí va a quedar. Se va a ver un poco raro cuando empiece a cortar y poco a poco va a ir tomando forma.
Tomó la máquina, sin peine, y empezó a cortar los laterales y la parte trasera. La capa comenzó a llenarse rápidamente de cabello y todavía no había tocado la parte de arriba.
Después agarró un peine, me pidió que me sentara derecho, que levantara la cabeza y que no me moviera. Sabía perfectamente que venía la parte de arriba. Por los videos que había visto, esperaba que primero peinara mi cabello hacia atrás y luego lo secara, pero no fue así: levantó mi cabello con el peine y, sin titubear, empezó a cortar la parte superior.
Era la segunda vez que tenía un tapa plana. Aunque no podía verlo bien en el espejo, sentía que estaba quedando más corto que la vez pasada. Después de cortar un poco arriba, el peluquero volteó a ver a Manuel y le preguntó:
—Que se vea el cráneo arriba, ¿cierto?
—Sí —respondió Manuel.
El peluquero tomó otra máquina, acomodó mi cabeza y esta vez la pasó justo por el centro de la parte superior. Sentir eso por primera vez fue muy emocionante. En el espejo ya podía ver una "mancha" en mi cabeza, y sabía que era la herradura que acababa de marcar. Luego tomó un poco de gel, me peinó, y pensé que ya había terminado, pero siguió cortando más arriba. Yo creía que solo estaba nivelando, pero podía ver cómo seguía cayendo más cabello.
Cuando quedó satisfecho con el corte, el peluquero volvió a dirigirse a Manuel:
—¿Le paso la navaja solo en los contornos o bien arriba?
—Bien arriba —respondió Manuel.
El peluquero fue por la espuma y la brocha, y empezó a aplicarla en todo el lateral derecho, bien arriba. Luego tomó la navaja y comenzó a afeitar. Cuando terminó ese lado, repitió el proceso del otro. Yo estaba nervioso, preguntándome si también pasaría la navaja por la herradura; una parte de mí lo deseaba, pero otra parte no, al ver qué tan grande había quedado. Cuando terminó de afeitar, volvió a tomar el peine y otra máquina, y empezó a nivelar nuevamente la parte superior.
Mientras trabajaba, el peluquero me preguntó:
—¿Y eso, por qué quisiste este cambio?
—Se la debía a mi primo —respondí—. Él decidió. Cuando me dijo que viniéramos a esta zona pensé que me pediría un rapado, no esperaba un tapa plana.
—Pues te va muy bien —dijo el peluquero.
—No sé qué les voy a decir a mis amigos cuando me vean —comenté.
—Que tienes un gran corte —respondió—. Este es de los cortes más difíciles de hacer. No con cualquier cabello se puede. Al principio dudé un poco por tu cabello, pero luego vi que sí se podía sin problema y está quedando muy bien.
Cuando terminó con los detalles, me pidió que me pusiera los lentes para ver el resultado. Me los puse y, al verme por primera vez en el espejo, solo pude decir:
—Wow.
—Eso fue lo que me pidió tu primo —dijo el peluquero—. Está bien, te quedó muy bien el corte. Solo es la impresión.
Al observarme mejor, confirmé que la herradura era grande; no estaba afeitada, pero sí era claramente visible apenas inclinara un poco la cabeza.
Me quitó la capa y luego me tomó unas fotos con su celular. Mientras tanto, alcanzaba a escuchar comentarios de las personas alrededor; alguien decía:
—Eso se llama un tapa plana.
Al salir, Manuel y yo caminamos hacia Plaza Toreo para platicar sobre todo lo que había pasado. Durante la caminata, Manuel me decía lo mucho que le había gustado la experiencia: estar sentado en la silla, que yo diera las indicaciones, ver su cabello caer directamente al cero, sentir la navaja. Me comentó que había despertado su lado sumiso. Me contó que él ya había rapado a otras personas, pero que nunca había hablado de dejarse rapar él mismo.
Le pregunté entonces si ahora consideraría volver a raparse o incluso afeitarse por completo. Me dijo que sí. Así que le propuse:
—Bueno, si lo estás pensando, ¿por qué no hacerlo ahorita? Vamos de regreso a que te afeiten. Yo lo pago.
—¿En serio? —preguntó.
—Sí, pero vamos ahora, antes de que se te pasen las ganas.
Manuel sabía que había barberías modernas cerca de la plaza, así que caminamos a verlas para que decidiera. Afuera había una especie de tianguis y, de manera sorpresiva, encontramos un puesto con dos sillas, atendido por un chavo que hacía cortes de cabello. Pasamos de largo, vimos dos establecimientos más, y al final Manuel decidió regresar al puesto ambulante. Me dijo que le gustaba la idea de que fuera un joven quien lo afeitara.
Esta vez decidimos que no habría historia de por medio. Manuel simplemente llegaría y pediría ser afeitado. Así fue. Al sentarse, el barbero le puso la capa y preguntó:
—¿Qué te hacemos?
—Pásame la navaja por arriba.
—¿Así te haces el corte normalmente?
—Sí, me gusta estar pelón. Lo llevo así como desde hace seis meses.
Vi cómo el barbero tomó el gel de afeitar y lo empezó a aplicar por toda la cabeza de Manuel. Luego tomó la navaja y comenzó a afeitarlo con calma: primero un lado, luego la parte superior y después el otro lado. Se tomó su tiempo.
Cuando terminó, regresamos a la plaza para seguir platicando. Manuel me contaba lo mucho que le había gustado la experiencia. Hablábamos de cómo pasamos de que solo yo tendría un corte, a que él terminara primero rapado y luego completamente afeitado. Estaba fascinado con su apariencia y decidido a mantenerla así por un tiempo.
Después de platicar un rato, nos despedimos. Nos habíamos visto alrededor de las 8 de la mañana y nos despedimos casi a las 5 de la tarde. Fue una gran experiencia. Aunque los rapados y afeitados no son lo mío, poder hablar de esto en persona y vivirlo más allá de la fantasía fue increíble.
Aún no me acostumbro a mi nuevo corte; me veo más grande y no sé qué dirán mis colegas y amigos cuando me vean en estos días. Pero no me arrepiento de haberlo hecho, y sobre todo, me alegra haber conocido a Manuel. Más allá del corte, me gustó mucho conectar con él y compartir algo tan personal en persona.
La primera vez que me hice un tapa plana, hace un año, solo fui a retocarlo una vez. Lo dejaron tan mal que no regresé y lo dejé crecer. Todavía no sé cuánto tiempo mantendré este corte: si lo dejaré crecer pronto o si iré a retocarlo en dos semanas. Pero sé que habrá una siguiente "transformación". Para esa ocasión me gustaría tener el frente más largo y la herradura más delgada, pero afeitada. Ojalá también haya un roleplay; le agrega mucho más que ir solo a pedir el corte.
Si quieren platicar de este tema, me pueden contactar por Telegram. Mi usuario es @lmd4de