5079 Stories - Awaiting Approval:Stories 0; Comments 1.
This site is for Male Haircut Stories and Comments only.

UN CORTE DE PELO PARA CONSERVAR UN EMPLE by PELUQUERO


UN CORTE DE PELO PARA CONSERVAR UN EMPLEO

El aire en la fábrica de automóviles de Buenos Aires siempre olía a metal, aceite y un sudor obrero que se adhería a la piel. Antonio, a sus cuarenta y cuatro años, había creído que finalmente había encontrado un refugio, un lugar donde su esfuerzo sería recompensado. Pero el destino, o más bien, el señor Martínez, su supervisor, tenía otros planes para su seguridad.

Fue un martes, en plena línea de montaje, cuando Martínez, un hombre con la mirada de un halcón y la voz de un sargento, lo interceptó. Su dedo índice, grueso y autoritario, apuntó directamente a la melena rebelde de Antonio. "Ese pelo, De la Vega, es un peligro. Una polea, un engranaje... y adiós cuero cabelludo. Mañana, lo quiero corto. ¿Entendido? Si quiere conservar su puesto, claro está." La amenaza, velada apenas por un tono condescendiente, se clavó en el pecho de Antonio como una estaca helada.

Esa noche, en la penumbra de su baño, Antonio intentó una solución casera, torpe y desesperada. Tijeras de cocina, un espejo empañado y la esperanza de engañar al destino. El resultado fue un desastre irregular, un mapa de mechones desiguales que solo él, en su ingenuidad, creyó que pasaría desapercibido. Al día siguiente, la sonrisa burlona de Martínez lo recibió en la entrada. "¿No entendió, De la Vega?" Antonio, con la voz apenas un susurro, explicó la cruda realidad: "Hasta que no cobre, no puedo pagar un peluquero, señor." Martínez, con un gesto que mezclaba desdén y una extraña benevolencia, hizo un par de llamadas. "Hoy, al salir, pase por esta peluquería. Juan ya sabe qué hacer. Y ya está pagado." La frase final, más que un alivio, sonó a sentencia.

El camino a la peluquería fue un calvario. Cada paso resonaba con la humillación de la caridad forzada. El letrero de neón parpadeante de "Peluquería Juan" parecía reírse de él. Al entrar, el tintineo de la campanilla anunció su llegada. El peluquero, un hombre corpulento con brazos de herrero y una sonrisa que no llegaba a los ojos, lo recibió. Había algo en su mirada, una chispa de satisfacción, casi de malicia, que a Antonio le heló la sangre. Se sentó en una silla de espera, el corazón latiéndole como un tambor desbocado. Diez minutos después, el cliente anterior, un señor con un corte tan pulcro como impersonal, se levantó. El peluquero, con un movimiento teatral, sacudió la inmensa tela blanca, un sudario inmaculado que parecía esperar su próxima víctima.

"Pase, caballero", dijo Juan, con una voz que era una mezcla de amabilidad forzada y autoridad innegable. Antonio se sentó en el sillón de cuero, que crujió bajo su peso como si protestara. Se vio en el espejo, un hombre de mediana edad con el cabello revuelto, los ojos cansados y la sombra de la derrota en el rostro. Juan, con movimientos precisos, le pasó la tela blanca por delante, ajustándola por detrás con un gancho frío que le apretó la nuca. Luego, un paño más pequeño, doblado con esmero, se anidó en la base de su cuello, atrapando cualquier escape. Antonio estaba tenso, cada músculo de su cuerpo gritaba la inminencia de lo inevitable. Conocía el final de esta historia, y no le gustaba.

Juan se detuvo, apoyó sus manos en los hombros de Antonio y, mirándolo fijamente a través del espejo, dijo con una sonrisa que no auguraba nada bueno: "Bueno, che, si estás acá es porque te mandó Martínez, ¿no?" Antonio, con un hilo de voz que apenas le salió de la garganta, asintió. "Sí." "¿Y qué te dijo?" "Que usted sabe qué hacer." La sonrisa de Juan se ensanchó, revelando una hilera de dientes ligeramente amarillentos. "Me parece muy bien, pero eso va a ser un gran cambio, ¿lo sabes?" Antonio solo pudo balbucear un "Sí, pero eso es lo que él quiere." El peluquero se inclinó, su aliento a café rozando la oreja de Antonio. "Bueno, vamos a ver... ¿te pelo al #1 o al #2?" El nudo en la garganta de Antonio se apretó. La elección, si es que existía, era entre dos grados de humillación muy cortos.

"Sí... no sé... él me dijo que pase, pero no quiero tanto." La súplica de Antonio se perdió en el eco de la risa de Juan. "Ah, pero la cosa va en serio... ¿qué le agarró a tu jefe? ¿Quieres colimba?" La palabra "colimba" resonó en el pequeño espacio, evocando imágenes de reclutas rapados, despojados de su individualidad. "Si no me corta tanto, ¿se dará cuenta que no es la #2?" Antonio se aferraba a una esperanza vana. Juan, con un suspiro teatral, se enderezó. "Mira... él, cuando viene, se pela al cero, ¿sabés? Así que sabe perfectamente cómo queda la cabeza cuando usa esa maquinita, ¿me entendés? Me parece que no tenés salida." La sentencia final, pronunciada con una calma escalofriante, selló el destino de Antonio. Entre su falta de opciones y el evidente entusiasmo del peluquero por raparlo, el combo era perfecto.

"¿Qué hacemos?" La pregunta de Juan no era una consulta, sino una formalidad cruel. "Está bien, use lo que tenga que usar, pero no tanto", dijo Antonio, la voz quebrada, un iluso hasta el final. Juan sonrió, una sonrisa que no llegaba a los ojos, y con un tono que sonó a orden militar, dijo: "Dale, bajame la cabecita." Antonio obedeció, el cuello se tenso, los ojos fijos en su reflejo distorsionado. Vio a Juan tomar un peine y una maquinita, el zumbido eléctrico llenando el silencio. El peluquero pasó a su espalda, dejándolo de frente al espejo, un espectador impotente de su propia desfiguración.

Cuando la máquina fría y vibrante se apoyó en la base de su nuca, Juan sujetó su cabeza con una mano firme, casi posesiva. Se tomó un momento, un instante eterno, para comentar lo largo que tenía el pelo. Antonio solo pudo murmurar un "Sí", sus ojos fijos en el blanco inmaculado de la tela que lo cubría, un lienzo en blanco para la obra que estaba a punto de comenzar. Con una presión constante, la máquina comenzó su ascenso, lenta, inexorable, hacia la coronilla. Mechones gruesos de cabello, antes orgullosos, caían sobre la tela como hojas muertas en otoño. Sentía la vibración de la máquina contra su cuero cabelludo, una sensación extraña, casi relajante. Subía y bajaba, una y otra vez, rapándolo sin piedad, despojándolo de su identidad, mechón a mechón.

Cuando Juan liberó su cabeza, fue para abordar los laterales. Dobló sus orejas, como si fueran de goma, y las peló sin miramientos, desde la base de las patillas hasta las sienes. Detrás de ellas, la máquina continuó su danza implacable, hasta el borde de la cima de su cabeza. Fue entonces cuando Antonio comprendió la magnitud del rapado. Su cuero cabelludo, ahora expuesto, asomaba blanco y vulnerable, como un campo recién trillado, despojado de toda vegetación. Solo quedaban pelitos milimétricos, una fina capa de vello que apenas cubría la piel.

Un cepillo cargado de talco, áspero y frío, sacudió los restos de su cabello de sus hombros. Juan desabrochó la capa, la sacudió con un chasquido seco y la volvió a anudar al cuello. Antonio, con un movimiento tembloroso, se pasó la mano por la nuca. Casi se desmaya. Estaba totalmente rapado. Se vio en el espejo, los ojos llenos de lágrimas no derramadas. El peluquero, notando su angustia, intentó consolarlo con la frase trillada: "Ya le va a crecer." Pero Antonio sabía que pasarían meses, meses de vergüenza y miradas curiosas.

Con la tijera de entresacar, Juan se dedicó a la parte superior de su cabeza. Más cabello caía, esta vez en el piso, formando un montículo oscuro alrededor del sillón. Cortó y cortó, con una precisión casi sádica, hasta dejarlo bien corto, un contraste brutal con la desnudez de su nuca y laterales. Cuando finalmente le dio un respiro a la tijera, Antonio lo vio tomar otra maquinita. Un escalofrío le recorrió la espalda. "¿Tiene que cortar más?" preguntó, la voz apenas un susurro de desesperación. Juan, con una sonrisa de suficiencia, respondió: "Vos me dijiste que haga lo que tenia que hacer, ¿no? Recién te pasé la #2... ahora voy con la cero... lo tenías muy largo..." Antonio ya no entendía nada, solo quería escapar. Otra vez la cabeza hacia abajo, otra vez el zumbido de la #0 subiendo y bajando por su cabeza. Nunca imaginó que podía ir más corto. Peló los costados, y fue entonces cuando se dio cuenta de que casi no tenía pelo. Era una calvicie forzada, una burla cruel a su vanidad.

El cepillito volvió a aparecer, y la "máquina de la tortura" fue dejada a un lado. Juan enjabonó suavemente debajo de las patillas, detrás de las orejas y en la base de la nuca. Afiló una navaja en un afilador que colgaba del sillón, el sonido metálico un presagio ominoso. Con movimientos expertos, rasuró los bordes, la hoja fría rozando su piel desnuda. Sentía el raspado de la navaja, una sensación íntima y humillante. Limpió con una toalla y volvió a entalcar con el cepillo, como si estuviera preparando un lienzo.

Finalmente, Juan tomó un espejito de mano y lo acomodó detrás de la cabeza de Antonio. "¿Qué tal? ¿Conforme? Ahora Martínez no puede decirte nada, ¿eh?" La imagen en el espejo era la de un extraño. Estaba pelado al ras, su cabeza brillaba bajo las luces de la peluquería. Juan, con un gesto final de dominación, pasó la palma de su mano a contrapelo por la nuca de Antonio. "Podría pelarme bien rasurado todo", añadió, una sugerencia que a Antonio le pareció una amenaza. Fue la humillación definitiva.

"Listo, señor..." dijo Juan, mientras desabrochaba la tela blanca. Antonio bajó del sillón, las piernas temblorosas, los ojos empañados. Salió de la peluquería, el aire frío de la calle un alivio y una tortura a la vez. Lo único que deseaba era no encontrarse con ningún conocido en el camino de vuelta. Todavía faltaba el día siguiente, la entrada a la fábrica, las miradas de sus compañeros. No podía dejar de acariciarse la nuca, sintiendo la piel desnuda, un recordatorio constante de su nueva realidad. Al llegar al trabajo, tuvo que pasar por el control de su jefe. En ese momento, lo odió con todas sus fuerzas. Sus compañeros lo miraban con una mezcla de lástima y curiosidad, una humillación silenciosa que se sentía más profunda que el corte de cabello. Antonio, el hombre que había buscado un nuevo comienzo, había encontrado en cambio un ritual de despojo, un recordatorio constante de su lugar en el mundo.




Your Name
Web site designed and hosted by Channel Islands Internet © 2000-2016